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Espoo Ciné 2012: Muerte de un superhéroe

Eduardo Serradilla Sanchis / Eduardo Serradilla Sanchis

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Otra cosa es cómo y cuándo nos toque abandonar este mundo, y de qué forma. En algunos casos, los seres humanos pueden disfrutar de una existencia casi placentera, siempre y cuando los que te rodean no se metan en tu vida por capricho, sin consultar.

En otros casos, el momento de partir es tan cercano al nacimiento que a la persona ni siquiera le da tiempo de aprender las reglas sobre las que nuestra demencial sociedad se sustenta y poder disfrutar de un momento de tranquilidad.

Donald (Thomas Brodie-Sangster) es un joven de quince años que, enfermo de cáncer, responde al segundo modelo antes citado. Desde bien pequeño ha estado visitando hospitales, salas de urgencia y consultas de especialistas, mientras su cuerpo era sometido a mil y un experimentos, los cuales poco han podido hacer para remedir su situación. Su vida, al revés que las de sus compañeros de clase, significa estar atrapado en una continua y dolorosa pesadilla, de la cual no hay vía posible de escape. Los únicos momentos en los que Donald logra olvidar su existencia los consigue gracias a sumergirse en sus oscuros, pero balsámicos dibujos, instantes en los que el joven deja de ser una víctima y se convierte en un superviviente.

Sus historias gráficas, las cuales transcurren como una suerte de serie animada en su mente, están plagadas de enfermeras sexis, pero sádicas, dementes doctores y hospitales exportados de una antesala del infierno. En medio de tan hostil escenario, el héroe de la historia dibujada por Donald se comporta como lo hiciera el mítico personaje de Den, creado por Richard Corben en 1975, haciendo frente a todas las amenazas sin que le tiemble el pulso.

El problema es que, al revés que su personaje gráfico, la vida de Donald cada vez se resiente más, y nada parecer calmar la creciente ansiedad que vive el joven. Sin embargo, la llegada de una nueva alumna, la contestataria Shelly (Aisling Loftus) y conocer al doctor Adrian King (Andy Serkis), un tanatólogo que también ha perdido a su esposa por culpa del cáncer, le hará afrontar su condicionada vida de una forma diametralmente opuesta.

La muerte de un superhéroe es una película clara, directa, sin edulcorar la situación que les ha tocado vivir a los personajes y que pone sobre la mesa asuntos tan delicados como la calidad y la forma en la que se debe afrontar el momento de la muerte, sin los estereotipos tal del gusto de las mentes “bien pensantes”.

Donald es un adolescente real, con los problemas de cualquier joven de su misma edad, aunque condicionado por una enfermedad que le hace ver las cosas de otra forma. Su rebeldía y hastío está, en su caso, mucho más justificada que en muchos de sus compañeros, los cuales no tienen ninguna razón de estar enfadados con el mundo.

A su lado, unos padres que no saben muy bien qué hacer ante la cruda realidad, un hermano igualmente despistado, y una joven, Shelly, con las ideas un tanto más claras que Donald, algo, por otro lado, normal. La última pieza del puzle, el doctor Adrian King, no sólo le abrirá los ojos al joven en muchos aspectos, sino que, por su relación, también él recordará cosas que quedaron guardadas con la muerte de su esposa.

Además, la película demuele muchos de los tópicos que rodean al mundo gráfico y su nula capacidad para tratar los problemas reales de nuestra sociedad. El uso que de ellos hace el director de la película Ian Fitzgibbon y el guionista Anthony McCarten -autor de la novela original en la que está basada la historia- son una buena muestra de lo equivocados que están los que creen que los cómics son sólo para niños y que quienes disfrutamos con su lectura somos incapaces de aceptar la realidad tal cual es.

Y puede que los superhéroes también mueran, pero su vida y sus actos no pasarán desapercibidos para muchas personas, sobre todo para aquellas con la mente abierta. No para quienes su inmovilismo e ignorancia los hace incapaces de ver qué ocurre a su alrededor. Por todo ello, ésta es una película muy válida y recomendable, a pesar de a lo que recuerde su título.

Eduardo Serradilla Sanchis

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