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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

¡Europa, párale los pies al Minotauro!

Destrozos en el bazar de Teherán a causa de un bombardeo

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Hace un año, el 10 de junio de 2025, Yanis Varoufakis intervenía en el Parlamento Europeo en un evento organizado por The Left y M5S Europa, junto a Jeffrey Sachs y Giuseppe Conte, para debatir sobre las condiciones económicas para la paz. Lo que dijo entonces no solo no ha perdido vigencia: se ha vuelto más urgente con cada mes que pasa. Vale la pena recuperarlo, porque sus palabras iluminan con precisión incómoda el camino que Europa ha decidido recorrer.

Vivimos en el Antropoceno. Los geólogos así lo han bautizado: la era en la que la acción humana se ha convertido en la principal fuerza transformadora del planeta. El cambio climático no es ya una amenaza futura; es el presente que habitamos. Entre todos los sistemas que sostienen la vida en Europa, uno de los más frágiles y determinantes es el Gulf Stream, esa corriente del Atlántico Norte que transporta calor desde el trópico hacia nuestras costas y garantiza el clima templado del que gozamos. Sin él, inviernos siberianos en Lisboa o en Bilbao. Los científicos advierten de que el calentamiento global está alterando la salinidad del océano y amenaza con debilitar o incluso invertir esta corriente. Un cambio invisible en las profundidades del Atlántico, con consecuencias catastróficas en superficie.

Esta imagen me parece la metáfora más precisa para describir lo que el keynesianismo militar está haciendo hoy con la economía europea. Opera en profundidad, silenciosamente, y sus efectos se percibirán en superficie cuando ya sea tarde para revertirlos.

El concepto no es nuevo. Eisenhower lo advirtió en 1961, cuando al abandonar la presidencia pronunció uno de los discursos más lúcidos y valientes de la historia política americana: cuidado con el complejo militar-industrial, dijo, porque tiene la capacidad de capturar el Estado, desviar los recursos públicos y distorsionar la democracia desde dentro. Lo que Eisenhower veía como un riesgo, Varoufakis lo describe hoy como un sistema consumado y en plena expansión. Un sistema que, como la mafia, no vende seguridad: vende la ausencia de la amenaza que él mismo genera o amplifica. Para perpetuarse necesita conflictos, todos ellos convenientemente lejanos del territorio americano. Necesita que el miedo no desaparezca nunca del todo, porque el miedo es su materia prima y su razón de ser.

Esta es, en realidad, una dimensión nueva del Minotauro Global que Varoufakis describió en su libro homónimo. Más allá de los déficits gemelos —comercial y fiscal— que EEUU utiliza como aspiradora del excedente mundial, el sistema necesita conflictos que lo alimenten. Sin guerras o amenazas de guerra no hay demanda de armamento. Sin demanda de armamento no hay justificación para el gasto público militar. Sin ese gasto, el motor keynesiano del complejo se detiene. El conflicto no es un fallo del sistema; es su condición de funcionamiento.

El caso más extremo y más sangrante de esta lógica es el genocidio que Israel perpetra contra la población palestina, en Gaza y en Cisjordania. Hay una psicología de la impunidad que cualquiera que haya tenido que gestionar una situación de abuso de poder conoce bien: cuando a quien ejerce la tiranía no se le ponen límites, el monstruo crece. Cada acto que queda sin consecuencias redefine hacia arriba el umbral de lo tolerable, tanto para quien lo comete como para quienes lo contemplan. Israel lleva décadas acumulando esa experiencia: cada asentamiento ilegal consentido, cada operación militar desproporcionada que mereció solo una “condena enérgica”, cada flotilla atacada con impunidad, ha sido interpretada como una señal inequívoca de que puede seguir. Lo que Ben Gvir hace hoy —la crueldad exhibicionista, la humillación deliberada— solo es explicable como comportamiento de quien ha interiorizado que no habrá consecuencias. Es la conducta de un Estado que ha aprendido que los límites son decorativos. El resultado es un Estado militarizado hasta los huesos, campo de pruebas de armamento convencional y de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial aplicada al exterminio, que avanza masacrando a la población autóctona con la impunidad de los vaqueros del lejano oeste. La diferencia es que aquello ocurrió hace siglo y medio y lo conocemos por los libros de historia. Esto sucede ahora, en el siglo XXI, y lo estamos viendo en streaming. Quien quiera mirar, puede hacerlo. La pregunta perturbadora es cuántos prefieren no hacerlo.

Y es en este contexto donde Europa cae en la trampa. La Cumbre de La Haya de junio de 2025 fijó el objetivo del 5% del PIB en gasto de defensa para 2035. Un nivel sin precedentes en tiempos formalmente de paz. El problema es que Europa no tiene la arquitectura institucional —ni soberanía monetaria, ni base industrial integrada, ni política de compras común— para que ese gasto genere un multiplicador propio. Una parte sustancial del incremento se irá en importaciones de equipamiento americano. El keynesianismo que se activa no es europeo; es americano. Europa paga, EEUU cobra, y el Gulf Stream de la dependencia no solo no se invierte sino que se refuerza.

El coste de oportunidad es enorme y concreto. Cada euro destinado a defensa es un euro que no va a la descarbonización, a la digitalización, a la transición sociodemográfica de un continente que envejece. Piketty acaba de cuantificarlo con precisión en el Global Justice Report, presentado la semana pasada en París en la Conferencia Mundial sobre Desigualdad: un euro invertido en educación o sanidad genera tres o cuatro veces menos huella material y energética que el mismo euro en industria manufacturera o defensa. La aritmética del keynesianismo militar es, pues, doblemente perversa: destruye más planeta por euro gastado y genera menos tejido productivo transferible a la economía civil.

Cada euro destinado a defensa es un euro que no va a la descarbonización, a la digitalización, a la transición sociodemográfica de un continente que envejece

A todo ello se suma lo que me permito llamar el 'civilwashing' del gasto militar: la operación ideológica por la que se presentan las externalidades civiles de la investigación militar —internet, el GPS, los semiconductores— como argumento para justificarlo. Como si hubiéramos necesitado pasar por la carrera armamentística para llegar al teléfono móvil. Como si no hubiera sido posible invertir directamente en investigación civil con la misma escala de recursos y sin el rodeo por la destrucción. El civilwashing no es solo una distorsión histórica; es la coartada que permite al sistema reproducirse sin ser nombrado.

Pero un buen diagnóstico sin receta es solo un lamento. Y recetas las hay.

Mariana Mazzucato lleva años argumentando que el modelo de innovación de las misiones —ese enfoque que moviliza recursos públicos masivos alrededor de objetivos concretos y transformadores— puede y debe aplicarse a los grandes retos civiles de nuestro tiempo: la descarbonización, la salud, la alimentación sostenible. Es cierto que transponer ese modelo del ámbito militar al civil tiene sus dificultades. Las empresas del complejo militar-industrial están organizadas para satisfacer a un único comprador público con especificaciones cerradas, no para competir en mercados abiertos. Su cultura interna, dominada por la ingeniería de alto rendimiento, es incompatible con la velocidad y la adaptabilidad que exige el mercado civil. Pero conocer el obstáculo es el primer paso para sortearlo. El camino está señalado; lo que falta es la voluntad de recorrerlo.

Varoufakis propone el instrumento macroeconómico para financiarlo: un New Deal Verde europeo respaldado por deuda mutualizada, ese momento hamiltoniano que Europa lleva décadas aplazando. Cuando Alexander Hamilton convenció a los estados americanos de mutualizar sus deudas tras la independencia, no lo hizo por generosidad; lo hizo porque entendió que sin esa palanca financiera común no habría proyecto colectivo posible. Europa necesita su propio Hamilton, alguien que entienda que sin deuda común no hay inversión transformadora, y sin inversión transformadora no hay desacoplamiento de la economía americana.

El Global Justice Report de Piketty añade la dimensión redistributiva que completa el cuadro. El informe, elaborado por 45 autores del World Inequality Lab, propone un sistema de fiscalidad progresiva sobre las grandes fortunas para financiar un Fondo de Justicia Global orientado a la transición ecológica y a la reducción de la desigualdad. La lógica es impecable: los recursos que hoy se acumulan improductivamente en los patrimonios de los ultra-ricos podrían financiar exactamente el tipo de inversión en educación, sanidad y transición verde que el keynesianismo militar desplaza. Es, en definitiva, la misma apuesta por un keynesianismo civil que haga lo que el militar no puede: generar capacidades transferibles, reducir desigualdades y construir resiliencia social.

Y finalmente, la cuestión que subyace a todo lo anterior: mientras Europa siga dentro de la OTAN bajo las condiciones actuales, ninguna de estas recetas tendrá espacio para aplicarse plenamente. La OTAN actúa como esa organización mafiosa de la que hablaba Varoufakis: garantiza seguridad a cambio del peaje del gasto militar y de la compra de maquinaria de guerra americana. Es una dependencia que se autoalimenta y que solo puede romperse construyendo una defensa exclusivamente europea, soberana, dimensionada a las amenazas reales y no a los intereses de la industria americana. Para ello, la Comisión Europea y las instituciones de seguridad del continente necesitan liderazgos que no sean meros gestores de una dependencia heredada, sino arquitectos de una autonomía largamente postergada.

Hay, pues, otro cambio climático pendiente, este también de origen humano, también 'europagénico': el que debe invertir la corriente del keynesianismo militar y sustituirla por una corriente cálida de inversión civil, redistributiva y soberana. El Gulf Stream del Atlántico puede cambiar de sentido por la acción irreflexiva del hombre. El de la dependencia económica europea también puede hacerlo, pero esta vez de forma deliberada y consciente, si Europa decide finalmente ser protagonista de su propio destino en lugar de espectadora de su propia decadencia.

Varoufakis lo dijo hace un año en el Parlamento Europeo. Merece la pena que alguien, por fin, le escuche.

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