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Galdós y Marañón

Teo Mesa / Teo Mesa

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Gregorio Marañón visitaba el hogar de D. Benito, en la calle Hilarión Eslava, 5, de Madrid, desde que aquél era un mocoso, junto a su culto padre, también dilecto amigo de Galdós y tertuliano en la casa del novelista. Desde ahí su enraizado aprecio y confidencias. Y con los años, hasta la muerte del augusto literato: su mágico doctor de cabecera.

Política y humanísticamente idealizaron en estos y muchos preceptos, y en la misma asunción por un gobierno republicano y de reformismo liberal. Fundador, junto a Ortega y Gasset y Pérez de Ayala, de la Agrupación al Servicio de la República. Promovió Marañón, por su influencia social, una reunión el 14 de abril de 1931, haciendo de receptor en su propia consulta, para dar por finiquitada la monarquía de Alfonso XIII, con una salida decorosa y pactada, y para ello, concertaron, el monárquico Romanones y Alcalá-Zamora, quien era el presidente del Gobierno Provisional de la República, para el advenimiento de la II República.

Gregorio Marañón pudo haber escrito una dilatada y sustanciosa biografía de los secretos comentados, por sus largas habladurías, de Galdós. Pero su ética y honor, fidelidad a su conciencia y deber, con el amigo y genio de la novela (que también pudiera haberlo sido del arte plástico, por su talento innato para ese menester, pero prefirió el arte de la pluma creativa, en su lenguaje para manifestarse).

Después de haber sido un alegantín, con el Maestro de la escritura, durante la niñez, recuerda Marañón, la ternura con que trataba a los niños: 'sin infantilismo ni tonos falsos, y por supuesto a mí'. Le habló de: viajes, astronomía, medicina, política, ideales, filosofía, y formas de entender la vida, etc. Y con el devenir del tiempo, el joven se hizo doctor en medicina, siendo su confidente y facultativo en la enfermedad que dio fin a su fértil vida de creación literaria: la uremia.

La socarronería intrínseca de D. Benito, hizo llamar, a su sobresaliente amigo de la atalaya en la ciencia hipocrática, 'la Facultad' . La vida, tan sarcástica, que de siempre fecundó en la personalidad humorada del escritor, que de todo se burlaba, deja patenta huella, los dibujos caricaturizados, de su imaginación y soberbia mano, sobre los amigos canarios residentes en Madrid, y tertulianos del café Universal; y de la futura construcción del teatro, a orillas del mar, en nuestra ciudad, y que luego llevaría su honorífico nombre.

En una de las ofrendas a la estatua de Galdós, en el parque del Retiro madrileño, manifestó Marañón, el 4 de enero de 1933, que deseaba ser para Pérez Galdós, lo que Eckermann había sido para Goethe: para dejar sobre el papel las confidencias, pensamientos y su humanismo. Pero se retractó de lo dicho, porque no era el momento, para glosar la vida del hijo preclaro de Gran Canaria, deformada aquélla, por intereses espúreos y sectarios, de los que jamás quisieron oír ni leer las verdades noveladas en las obras del Maestro. Porque Galdós fue sincero, con principios éticos, y honesto consigo mismo, sin importarle las consecuencias a las represalias por los poderes fácticos.

Gregorio Marañón demostró su leal afecto a la amistad, de toda una vida, a D. Benito, costeando una placa en la ciudad Imperial, y recuerda, que había memorizado todo el callejero de la ciudad toledana para escribir, parte de su obra Ángel Guerra (mayor de las novelas del misticismo). Y al escritor y dramaturgo, dedica el científico galeno, uno de sus capítulos, en su obra literaria Elogio y nostalgia de Toledo.

En la madrugada del 4 de enero de 1920, pasadas las 3,30 horas, se produjo el óbito del noble Abuelo y luchador en la prolija fecundación literaria. Fue llamado de urgencias el doctor 'la Facultad', quien con la ayuda de su colega Bonilla, embalsamaron el cuerpo de excelso talento, ido. De los muchos escritos, enalteciendo la figura y obra de Galdós después de su muerte, hizo Marañón un profundo artículo, de los pocos no médicos: Galdós íntimo.

Marañón, llamó de inmediato, al escultor Victorio Macho, para que realizara la mascarilla, en el rostro inerte del Patriarca. La amistad, respeto y cariño que sintió, desde que conoció a Galdós en Santander, y al cual le hizo el primer busto (1914), a quien llamaba, el Abuelo, se negó a ello. Pero sí, deseó hacerle un magnífico dibujo a lápiz, que se custodia entre las obras realizadas por el artista (tenía Galdós, una barba de varios días, en momento del eterno sueño en los éteres). Y no se explicaba Macho, escribía en su libro Memorias, con sentida admiración, cómo en aquel hombre, tan afamado y prestigioso escritor, anidara en corpulenta fisonomía, tanta bondad, humanidad y nada envanecido.

Teo Mesa

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