“A Antidio Cabal fue la poesía la que le salvó la vida”: conversación con Antonio Jiménez Paz
Con la publicación de Ciudad y Reposo en la Hélade (El sastre de Apollinaire, Madrid, 2025) escuchamos de nuevo el nombre de Antidio Cabal, un poeta casi desconocido para la mayoría de lectores ya que a Canarias no llegaron noticias suyas hasta 2000, año en el que se publica aquí el más conocido de sus libros, Campo nublo. La crítica española destacó el uso de un lenguaje poético nada convencional así como su originalidad compositiva, diferenciando su obra de las tradicionales publicaciones de poesía en nuestro país.
Antidio Cabal (Las Palmas de Gran Canaria, 1925-Costa Rica, 2012), exiliado de España tras la Guerra Civil, es dueño de una trayectoria personal más que azarosa, cuyos ejes discurren entre España, Venezuela y Costa Rica. En este último país, se asentará vital y profesionalmente de manera definitiva como profesor de Filosofía en una de sus dos universidades más importantes. En los dos países americanos destacó como fundador de editoriales y suplementos culturales, pero sobre todo por publicar libros de poesía de otros autores, sin preocuparse tanto de los suyos; entre ellos, destacan el nicaragüense Ernesto Cardenal, el español Celso Emilio Ferreiro (ambos, exiliados también entonces en Venezuela) y numerosos poetas costarricenses.
Hoy en día, ya podemos acceder a sus dos últimos libros (hasta ahora inéditos) debido al impulso del poeta —también canario— Antonio Jiménez Paz, quien se ha propuesto publicar toda la obra de Antidio Cabal posible desde que en 2008, en vida del autor, el intento de una colección completa compuesta por treinta volúmenes fracas, pues solo llegaron a publicarse los once primeros títulos. Una tarea ingente en la que Jiménez Paz lleva inmerso desde hace más de una década, por lo que es un profundo conocedor de la poesía de Antidio Cabal, como también lo es de otro autor canario excepcional, Félix Francisco Casanova, quien, al igual que Cabal, se sitúa fuera de los cauces poéticos al uso.
En estos días, Ciudad y Reposo en la Hélade (dos libros en un solo volumen) han previsto sus primeras presentaciones: el 11 de septiembre, en la Casa de la Cultura de Los Llanos de Aridane a las 20:00 horas, acompañado Jiménez Paz de Elsa López y de Ricardo Hernández Bravo, y el 12 de septiembre, en el Teatrino de la Casa del Quinto de San Andrés y Sauces, esta vez junto a Elsa López y Anelio Rodríguez Concepción. También se ha proyectado su presentación en Santa Cruz de La Palma, con fecha y lugar todavía por confirmar.
Ana María Cabezola Martín. Antidio Cabal es poeta y filósofo; Antonio Jiménez Paz, también. ¿Son acaso esas coincidencias las que te han impulsado a publicarlo, a conocer su obra más a fondo?
Antonio Jiménez Paz. Quizás estés realizando un análisis a posteriori, lo que hace que encuentres paralelismos o coincidencias de afinidad muy fácilmente. Pero no es así. De esas dos dedicaciones, la única que más o menos coincide es la de poeta. Porque cuando supe de él, yo era un poeta que conoció a otro poeta, y que desde el mismo momento que hojeé (ni siquiera lo había leído entero ni con total dedicación) el primer libro suyo al que tuve acceso, me dejó noqueado. A partir de ahí, todo fue admiración y búsqueda de encuentro. Quedé convencido de que no era para menos, siempre desde mi punto de vista y con esta situación intermediaria, claro. Hubo, desde ese primer momento, algo que me conectó con su escritura, como si me viera interpelado, al mismo tiempo que cómodo en ella; algo que tenía que ver conmigo, como lector y como escritor, que me pertenecía; pero al mismo tiempo no sabía de dónde había salido ese libro ni mucho menos quién era realmente su autor. Toda una sorpresa, pero también todo un desconcierto.
AMCB. ¿Y lo de filósofo?
AJP. Eso ya es otro cantar. Yo soy un simple licenciado en Filosofía, carrera que me ha valido principalmente para ganarme la vida como docente. Ser filósofo es otra cosa. El filósofo tiene un conjunto de ideas sobre determinados temas, más o menos acertadas, pero también el deber de darlas a conocer. En comparación, como mucho, yo quedo en simple discutidor, que no es lo mismo.
Antidio Cabal sí que podría considerarse un filósofo, con la característica añadida de que su propio pensamiento lo expresaba fundamentalmente mediante el arte de la poesía, entendiendo que una y otra se acompañan irremisiblemente: una apuesta literaria nada fácil de asumir, sobre todo, por el riesgo de no conseguir con esta imbricación buenos y grandes logros poéticos. Para él, poesía y filosofía, aunque en el fondo no sean lo mismo… Él está convencido de que sí o de que, al menos, deben acompañarse mutuamente, encaminándose en su mismo ejercicio de conjunción hacia la consecución de un producto artístico final, o mejor, estético, literario, en su caso. A más luz, mayor ahondamiento. De ahí, el poema, de ahí, su poesía, tan esencialista. Filosofía y Poesía prestándose una a otra lo propio de cada cual —sin conflictos, en armónico pero peligroso maridaje— hacen que la obra cabaliana se exprese en un estilo distinguible de otros. Incluso esta simbiosis explica que su obra sea tan extensa, compuesta de numerosos libros, pues bien sabe, en este caso, el filósofo que todo lo dicho queda a la vez por decir, siempre hay algo que matizar, aspectos que revisar, miradas que añadir. Por estos motivos, en su obra es muy difícil separar una de la otra, manifestándose como filosofía poética o poesía filosófica, una de dos, o tal vez las dos al mismo tiempo, por qué no.
En este sentido, yo quedo más bien como un divulgador de la filosofía. Eso sí, tal vez mi especialización hizo que su poesía me ganara de forma inmediata y me dotara de cierta capacidad para digerirla tras su impacto apabullador primero… Aclarado esto, también es el momento para destacar otra de sus dedicaciones reseñables, la de editor y activista cultural. Él fue, tanto en Venezuela como en Costa Rica, un editor casi impulsivo. Fundó editoriales, levantó proyectos de edición para dar a conocer o difundir a otros poetas, no necesariamente a él mismo, que fue de quien menos se preocupó. De hecho, la mayor parte de su obra empezó a publicarla en Costa Rica a partir de 1997, desde su poesía de juventud hasta la más tardía, por lo que otra de sus singularidades como poeta es empezar a publicar su obra muy alejada del tiempo de escritura, algo que muy pocos poetas pueden soportar: décadas y décadas después, aparecen ante nuestros ojos curiosos como un tesoro oculto. De forma paralela a estos menesteres, también fundó revistas culturales, tanto en un país como en el otro, pero ya con un registro más amplio que el de las editoriales; si bien acogían sus páginas de literatura, más que nada publicaban artículos y ensayos de carácter político y en ellas colaboraron importantes representantes o líderes de la izquierda latinoamericana.
AMCM. Entonces, otra coincidencia: ¿tú no eres también editor?
AJP. Yo no. En mi caso, he sido editor en otro sentido: dentro de editoriales distintas y ya establecidas, ajenas a mi pertenencia, he luchado y peleado para que sus obras se den a conocer en España. Y no por otra cosa, sino por estar convencido de su valía poética, elaborada con riesgo y personalísima. De esto estoy seguro: un poeta distinto cuya mayoría de libros, cuando yo lo conocí, permanecían inéditos. Siempre he celebrado la aparición de un libro suyo como si fuera uno mío. Ahora, con este tomo en la editorial El sastre de Apollinaire desde Madrid, también.
AMCM. Hace unos meses —por recomendación tuya— abrí por primera vez un libro de Antidio Cabal. Se trataba de Campo nublo, su obra más reconocida, y la sorpresa fue monumental porque revelaba a alguien excepcional, dueño de una concepción poética muy diferente a cualquier otra que yo conociera. Usaba los mismos recursos que otros poetas, pero sus imágenes, metáforas o juegos de palabras subvertían en muchos sentidos la tradición literaria. ¿Es esa dislocación una de las claves de su obra?
AJP. Así lo creo yo. Esa es parte de su gracia, de su singularidad. Un autor que mezcla todo, sin conflicto alguno: los temas más trascendentes con los más leves u ordinarios, apuntes biográficos con otros arraigados en los mitos, lo subjetivo con lo objetivo, lo juguetón con la sabiduría más rigurosa, apuntes casi de un diario con otros profundamente ensayísticos, en definitiva, alta y baja cultura, trazando un camino propio, como quien elabora un cesto con técnicas variopintas.
Ese libro, que fue el primero que conocí de los suyos y al que me refería en la pregunta que me hiciste al principio, me parece maravilloso, casi como una marca de agua, las posibilidades poéticas de Antidio Cabal reunidas en un solo libro. Mientras se lee, uno se va de un lado al otro, se suben y se bajan escalones, se dan vueltas interminables como en un laberinto, asoman sonrisas, pesadumbres, sonrojos, rabias, un sinfín de sobresaltos. Leyéndolo, uno tan pronto puede levitar como ser golpeado. Todo el conjunto expresado con esa especie de neblina a la que hace referencia su propio título. Por este y otros motivos, a mí me parece su libro central, nuclear, del cual participan todos los demás de una forma u otra. Es lo que yo denominaría el libro representativo de su manifestación poética tan versátil, el libro-madre del que participan todos los demás. Además, un libro publicado en 2000, cuando realmente fue escrito en 1956.
Tras su aparición, fue el crítico español Vicente Luis Mora, tan conocedor de la poesía contemporánea española, quien señaló que lo que más le interesaba de este libro era «el tratamiento del yo y de la subjetividad», pues «a esas alturas del siglo XX (1956), solo había otro poeta que tenía en sus textos un tratamiento tan directo y consciente del yo elocutorio o poético y su relación con el yo ‘real’ del autor. Su nombre era Luis Cernuda».
AMCM. ¿Se puede entender la biografía de Cabal como la odisea de un hombre que huye, que no se conforma con la realidad que le toca vivir?
AJP. Biográficamente hablando, el itinerario vital de Antidio Cabal resulta también particular, creyendo yo que participa en la concepción misma de su poesía. Si no recuerdo mal, me parece que fue en el año 1949, con 23 años, cuando opta por el exilio en una goleta de forma clandestina desde el sur de Gran Canaria con destino a Venezuela, una vez regresó a su isla de origen tras abandonar sus estudios universitarios en Madrid. Aunque se negaba a ser soldado de Franco al servicio de la Dictadura —su padre, aunque militar, permaneció en el bando republicano—, esta no fue la única razón que le llevó a un destino tan azaroso. En esta decision también tuvieron que ver problemas familiares y consigo mismo. Es por esto por lo que Antidio Cabal, más que un exiliado, se consideró siempre un huyente, tal como él repetía cada vez que tenía la ocasión. Al fin y al cabo, huía de todo, desde las presiones internas a las más externas. Una situación más que dramática, la búsqueda de una nueva vida, volver a empezar en un territorio ajeno a todo lo que hasta entonces le pertenecía y le identificaba. Entre Venezuela y Costa Rica se desarrolló el resto de su vida (descrito por él mismo como «un país donde llueve con confianza»), más una breve estancia en Nicaragua, en Solentiname. En el primer país culminó sus estudios de Filosofía en la década de los sesenta y, aunque en los dos, en el segundo ejerció de profesor hasta su jubilación (en una de sus dos universidades más importantes). Esta súbita desaparición de nuestro panorama isleño nos impidió el seguimiento de su trayectoria desde que de jovencito se relacionaba con «amigos en la poesía», como él solía expresar, en Gran Canaria, donde publicó sus primeros poemas en la prensa y hasta llegó a dar a conocer su primer librito, Lenta madrugada, elogiado y calificado como «existencialista» por la entonces atenta al panorama de las letras canarias María Rosa Alonso. Como tú misma lo dices, huyó, lo abandonó todo. Lo único que le acompañó fue su poesía, «un estado natal de mi espíritu» —con palabras suyas—. Escribirla, prácticamente sin publicarla, fue para él cumplir de alguna manera con su destino en este mundo. Y sí, su periplo biográfico se puede asemejar al experimentado, salvando las distancias, por la filósofa española María Zambrano.
AMCM. Su poesía es la de un filósofo que lo cuestiona todo, que reflexiona sobre las grandes preguntas que la humanidad lleva siglos tratando de responder. Cabal no ofrece recetas ni soluciones, ¿nos provoca, pues, para que hallemos nuestras propias respuestas?
AJP. Es que la Filosofía nace con el objetivo metódico de cuestionarlo todo, para lanzar preguntas una tras otra con el fin de provocar respuestas. En la Filosofía (esto lo sabe casi todo el mundo) interesan más las preguntas que las respuestas, pues estas dependen de la formulación de aquellas. Cuanto más incisivas y afinadas sean, mayor la posibilidad en su puntería. La filosofía surge para reventar las certezas a las que el ser humano suele aferrarse, sea por necesidad o cobardía. Nada es seguro, empezando por la propia Filosofía, por la racionalidad, un ejercicio de la libertad de pensamiento en la que casi todo es válido menos la mentira. La poesía de Cabal, en cuanto ya la sabemos entretejida con la Filosofía, conlleva una responsabilidad racional, sí, pero, sobre todo, ética. Precisamente, la ética fue como una insignia que configuró su personalidad, muy presente como tema en toda su obra. No en vano, se tituló en Filosofía con una tesis que interpretaba la ética incursa en El Capital, de Karl Marx. Retomando tu pregunta y enlazándola con este apunte último, sería de ingenuos esperar de Antidio Cabal respuestas, soluciones. Lo contrario es su clave, su peculiaridad, el meollo de todos sus libros. Antidio, como buen sabio —que me consta que lo era—, lo es, no porque sabe, sino porque quiere saber, asuntos muy distintos. Si la Filosofía o la Poesía te vende recetas o soluciones, mal asunto. O te estás dejando autoengañar o permitiendo que alguien te venda una moto cuando tú lo que buscas es otra cosa. Su poesía, antes que nada, resulta indagadora, sospechando de todo lo ya constituido, dándole la vuelta continuamente a cada situación o concepto. Pero también es eminentemente ética, contexto y límite desde los que analiza, como lo fueron sus ideas, acciones y decisiones. El afán de búsqueda no desestima la perdición. Pero de eso nada ni nadie nos salva, a no ser nosotros mismos.
AMCM. La mitología, los presocráticos, Eurípides, Séneca... están vivos y presentes en sus versos. ¿Siempre Grecia, siempre los clásicos?
AJP. Esos y muchos filósofos menores. Y también los grandes que trazan todo el devenir de la Historia de la Filosofía. Pero siempre Grecia, los clásicos. Siempre volver a los orígenes de nuestra cultura, para entendernos mejor y comprender mejor el germen de nuestra cultura. Consideraba la enseñanza de los clásicos como una enseñanza actual, no acabada ni agotada en sí misma, no como algo antiguo, sino abierta y proyectada hacia nuestro futuro. Igual que en la construcción de una casa, la primera piedra es fundamental. En sus conversaciones demostraba ser un gran conocedor de los clásicos; de hecho, desde muy joven tradujo, por ejemplo, obras de autores latinos.
AMCM. ¿Serías capaz de aclarar o explicar algunos de los conceptos que jalonan sus obras como ‘belleza’, ‘sustancia’, ‘Dios’, ‘alma’, ‘conocimiento’, ‘amor’, ‘poesía’...?
AJP. Para eso fundó editoriales, suplementos culturales, redactó introducciones a libros (como los de Ernesto Cardenal), escribió ensayos, políticos y literarios, y confeccionó tantos libros de poesía… para intentar explicar esos y otros muchos conceptos. Creo que no lo consiguió, como nadie puede conseguirlo; somos seres que damos vueltas en torno a grandes conceptos. Tanto es así —y soy testigo—, que si él viviera hoy y cada uno de sus libros publicados, volviera a editarse las veces que fuera, los estaría mejorando, afinando, incluso, completándolos. Me parece que estaba convencido de que toda palabra, todo concepto, todo poema y, por lo tanto, todo libro estaría permanentemente en fase de desarrollo. Y muriendo así, incluso con la intención de reescribir su famoso Campo nublo. Se exigía demasiado a sí mismo, consideraba que la vida le iba en ello. De hecho, podríamos decir que a Antidio Cabal fue la poesía la que le salvó la vida. Me parece un planteamiento maravilloso como aportación a la literatura. Creo que su poesía, a grandes rasgos, o en su mayor parte, hunde sus raíces en el desencanto, una poesía desencantada, descreída. Y es que a mayor conocimiento, más gigante se vuelve el desconocimiento… Atendiendo con más precisión sobre lo que me pides, uso apuntes de Campo nublo con la intención de que sea él mismo quien te responda. Veamos. Belleza: «He adivinado la belleza; no, no, no he adivinado la belleza, yo soy un animal conducido, no sé lo que adivino». Sustancia: «La humanidad es su propio envase y su propio residuo». Dios: «Lo mejor es aceptar el sistema métrico decimal como sagradas escrituras». Alma: «Cuerpo y alma. ¿Para qué dos océanos?». Conocimiento: «El conocimiento que no coincida con la poesía no coincide con el conocimiento». Amor: «El amor me engaña cuando no me convence. El amor me engaña cuando me convence. El amor me engaña cuando existe». Poesía: «La poesía es un trueno que ninguno oye, o si se le oye, no es reconocido. Y si no es útil, es porque nosotros no somos útiles».
AMCM. Con Ciudad y Reposo en la Hélade, ¿cuántos serán los libros de Cabal publicados en España? ¿Estos dos nuevos aportarán algo más a lo ya contenido en Campo nublo, su obra más emblemática?
AJP. En vida del poeta fueron once los primeros en publicarse como parte del proyecto de su obra completa en España, proyecto editorialmente tan ambicioso, que quedó en eso. A día de hoy, se han sumado, ya de forma póstuma, seis libros más, contando con estos dos últimos en un solo volumen que vamos a empezar a presentar en estos días, Ciudad y Reposo en la Hélade. Desde mi punto de vista, estos dos últimos no suman nada particular a Campo nublo, pues redundan, temática y estilísticamente, en uno de los aspectos fundamentales ya expuestos ahí: el problema del ser, dicho de otra manera, de la sustancia. Quizá no sean libros para no iniciados en su obra, pero qué duda cabe de que son indispensables, siempre cualquiera encontrará, aunque sea, briznas, intensas como fogonazos poéticos, o nimias pero espectaculares… Ambos atienden un problema de fondo, nada fácil de tratar en poesía. Generalmente, estamos acostumbrados a la poesía en la que priman los estados emocionales, sobre el amor y el desamor, sobre la vida y sus amarguras, sobre los gozos y las desilusiones, etc. Pero entre los libros de Antidio se encuentran obras enteras de sonetos, de epitafios, de haikus. Esto nos informa de un autor amante y conocedor de las formas poéticas clásicas. Temáticamente, también escribió libros dedicados al amor y al desamor, a la muerte, al registro paisajístico, al activismo político, etc. Pero hay algo en Antidio que le urge atender desde la filosofía en la poesía, un problema mucho más trascendente. Para poder entenderlo mejor, a nivel popular decimos Todo tiene solución menos la muerte, lo que dicho en versión antidiana sería Todo tiene solución menos el ser, lo que es muy distinto. Es decir, una botella, primero, es algo antes de ser botella, ‘es’; un árbol, antes que árbol, ‘es’. Todo lo que existe, visible o invisiblemente, es primero un ser antes de lo que decimos que aparenta ser. Pues estos dos libros profundizan en esta cuestión —para él, más primordial que la que atiende la poesía más facilona, la que se queda con una sola cara de la moneda—. Reposo en la Hélade, en su caso, se comporta como un debate poemático al modo de los presocráticos, con ellos y contra ellos, con acuerdos y desacuerdos; es el libro que más directamente atiende este fervor por la primera filosofía. Al menos con este libro, Antidio regresa a la discusión primera de la filosofía, de la que han partido todos los aciertos y confusiones posteriores hasta el día de hoy, hasta alcanzar el colapso de la vida humana en la ciudad contemporánea, lo que intenta plasmar en el otro libro, Ciudad. En ambos, lo común es el atendimiento del problema del ser. Y acabo con una frase suya dictada a una periodista costarricense: «Yo no pretendo evangelizar a nadie, ni a mí mismo; la poesía y la filosofía están ‘intraunidas’ desde el arjé [del griego, ‘principio, fundamento, comienzo’]. Ello se advierte en la poesía tradicional popular y anónima; en esta, pensar e intuir fluyen según una ‘antropología silvestre’, sin compartimientos».
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