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De cuando en cuando, en mis regresos

La espuma se divierte, se escapa libre, gozosa, tras emerger por el cuello de la cristalina y verdosa botella. Las carcajadas de los amigos resuenan y acotan cualquier otra posibilidad, y es que no es necesario en esos instantes ningún otro atropello o circunstancia o tesoro que la vida pretenda traernos o mostrarnos. Nada nos quitara de ahí, tras la barra de madera, confesora y madre al tiempo, mientras el sol acomete fuera el paso de las horas extasiadas y fugaces de los días de julio y agosto.

En estos, mis regresos, nombraremos las esquinas visitadas en otros tiempos, y las anécdotas y tropelías acometidas en ellas, ahora en desuso y atiborradas de espesas telarañas, y también las mujeres amadas que nos negaron tantas veces, y tantas veces volvimos a intentarlo, y tendremos la extraña y perdida y triste noción de que en nada somos los que fuimos, ni los que quisimos ser, y daremos cuenta que el trascurso del tiempo ha desmadejado un ovillo para mostrarnos en el realista y elocuente espejo de la edad, que todo queda atrás demasiado deprisa, que son tantos los sueños quiméricos, las cosas que quisimos hacer, que aún deseamos hacer, los viajes eternamente planificados, los gritos de libertad, que guardamos y encerramos en ese cajón insólito denominado "mañana", y que hemos extraviado la vereda primera, el principio de todo, la cosa bonita que nos impulsaba a caminar y a intentar alcanzar con las manos decididas y aventureras, la línea imaginaria de ese horizonte que solo el atisbo de nuestra particular mirada era capaz de descubrir.

De cuando en cuando en la barra del bar las cervezas parecen inéditas y frescas en mis regresos al pueblo de los trece túneles, y del manantial inagotable, y de ese nuevo bastión que es el puente y que acorta y desahucia de manera insultante los trayectos de mi infancia por la carretera vieja, a la que aún regreso, también, de cuando en cuando, para que la brisa de Los Tilos, azore y despeje neblinas y sortilegios de la vida, y tornen las antiguas veredas, las manos decididas, los horizontes alcanzables y necesarios.

En los campos de fútbol improvisados tantas veces en unas y otras calles y caminos y lugares inverosímiles, en mis regresos, cruzan de acá para allá cientos de balones, quizás nunca vi tantos juntos, pero uno tras uno, después de escrutarlos tediosamente, esta vez tampoco encontré el mío, y sin embargo, cada vez que regreso, intento hallarlo para golpearlo y maravillar y maravillarme con él, sentir su gozo y su caricia. Tampoco encuentro los innumerables comics, y los inaugurales libros que embriagaban, y las coloridas canicas, y mi madre me indica que deben estar en las cajas. ¡Todo está en las cajas! Pero en las cajas no queda nada, todo se ha perdido, se ha quedado en las veredas primeras, y mamá no tiene la culpa, fui yo quien colocó todo dentro de las cajas, y más tarde fui yo quien también cerró y empaquetó con cinta marrón, y las dejó allí, en esas veredas primeras.

De cuando en cuando las cervezas se acaban, las explayadas carcajadas convocan silencios, alguien tiene que marcharse, otros que lo acompañan. Los compromisos y responsabilidades finiquitan el clamor y remembranza de otro tiempo, y la espuma se evapora y diluye, y se convierte en líquido, y los rostros agonizan sus años cotizados, mientras cercano a nosotros, en lugar y tiempo, en la plaza de Monserrat, y en el Charco Azul, y el Puerto Espíndola, otros rostros ahora, enhebran y forjan veredas primeras, adecentan esquinas, convocan emociones, alientan futuros y presagios hábiles y necesarios, se entristecen y burlan de manera demagógica con sus actos y diálogos, prestos y valientes, de nuestro proceder caduco y esquematizado.

Pocas cosas traje y cargue a estas veredas presentes, porque siempre he albergado en el pensamiento que una maleta pesada y grande no deja caminar ni lleva a ningún lado, pero ocurre, de cuando en cuando en la barra del bar, en estos, mis regresos, en el clamor de los carcajadas de los amigos y la espuma fresca y divertida de las cervezas, que me apetecería encontrar y abrir las cajas que deje en la veredas primeras, y sentarme sin prisas, y recordarme.

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