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Profe ¿puedo ir al baño?

Sigo buscando un centro en el que no haya que pedir permiso para orinar, sino que cada alumno y alumna vaya libremente, haciendo un uso responsable de su derecho.

PREGUNTA:

-Profe ¿puedo ir al baño?

RESPUESTAS:

-¿Qué pasa, no fuiste en casa? -No, aquí hay que venir sin ganas. -No, solo llevas una hora de clase. - A mí ni me preguntes, no se puede. -Ni hablar, no se puede es una norma del centro, tienes que esperar al recreo. - No, tenías que haber ido en el recreo. - No, espera a que sean las dos. - No, que ya se yo las fiestitas que se montan en el baño. -No, la semana pasada alguien tiró un rollo de papel al wáte  así que no se puede…

Éstas son algunas de las múltiples respuestas que puede tener un alumno o alumna cuando solicita permiso para hacer sus necesidades. Si les preguntamos a nuestros hijos e hijas descubriremos que es más cotidiano de lo que pensamos, incluso en las primeras etapas del sistema educativo.

Esto me hace reflexionar sobre las normas de organización y funcionamiento de los centros, aquellas que están escritas y aquellas que no lo están pero que funcionan.  ¿A qué responden estas normas? ¿Qué motivos inspiran estas prohibiciones? ¿Puede verse en ellas cierto grado de desconfianza respecto al alumnado de los centros educativos?

Todas y todos hemos sido niñas/os y adolescentes, aunque a algunas personas les parezca que queda lejos esta etapa o quizás no hayan tenido la posibilidad de vivir plenamente sus posibilidades. Por tanto, todas conocemos lo expansiva y apasionante que puede llegar a ser. Es un momento de nuestras vidas en que nos conocemos, posicionamos, aprendemos, exploramos, pero, sobre todo, es una etapa alegre, vital, llena de energía. El problema surge cuando todas esas capacidades y potencialidades son ninguneadas, cuando no se les escucha o no se les hace partícipes de su propia realidad, cuando se pretende seguir tratando a un niño/a como un bebé o a un adolescente con a un niño/a. Es entonces cuando se hace inevitable que surjan los conflictos ¿Por qué no explotar todas sus capacidades reflexivas, empáticas, colaborativas y solidarias?  ¿Por qué no hacer uso de toda esa energía vital y conducirla al servicio de la sociedad? Y si aún éstas no se han desarrollado ¿No deberían los centros educativos promocionar tales habilidades?

El ser humano tiene un mecanismo de aprendizaje basado en la observación de modelos, ejemplos de vida con los que vamos identificándonos y copiamos. En palabras del psicólogo Albert Bandura, se trata del aprendizaje por observación. En su teoría del aprendizaje social plantea que muchos  de los aprendizajes humanos se dan en el medio social. Cuando observamos a otros/as, las personas adquirimos conocimientos, reglas, habilidades, estrategias, creencias y actitudes. Aprendemos acerca de la utilidad y conveniencia de diversos comportamientos fijándonos en modelos y en las consecuencias de sus conductas.

¿Qué se les enseña en los colegios e institutos con estas respuestas? Cuando ponemos en primer lugar la desconfianza hacia el alumnado basada en la creencia de su incapacidad para auto gestionar sus derechos o necesidades. Cuando les convertimos en sospechosos de malas acciones aludiendo a “posibles desastres perpetrados por otros/as alumnos/as” y extendemos a todos/as los castigos. Cuando  no les damos la posibilidad de participar en la construcción de sus normas y ponemos en primer término el castigo. En esos casos estamos enseñando sumisión y miedo. Sumisión a las normas que vienen de fuera y en las que no pueden ni deben participar y además son incuestionables. Miedo ante las posibles consecuencias del que ejerce su poder sobre ellos/as. Sin irnos al terreno de lo ético, ¿es esto compatible con las leyes educativas de nuestro país?

No tenemos que ir muy lejos para comprobar que no se corresponde con las leyes que regulan el sistema educativo en España. En la segunda oración del preámbulo de la Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa (LOMCE 8/2013, de 9 de diciembre) se nos dice: “(…) El aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio.” ¿Es esto posible en los ejemplos cotidianos y frecuentes citados anteriormente?  ¿Dónde queda este objetivo en centros en los que no se negocian ni construyen las normas que rigen en el día a día la convivencia y tampoco sus consecuencias?

Se está renunciando de manera tácita y habitual a la labor educativa en los centros de enseñanza. Se vulneran, además, los derechos humanos que tanto criticamos, justificadamente, cuando aludimos a empresas en países cuyos horarios de trabajo no permiten el descanso. ¿Y aquí? ¿Por qué se renuncia a educar en la autogestión responsable de las necesidades básicas? ¿Por qué se les imponen normas sin razonamientos ni cuestionamientos posibles? ¿Por qué se les enseña a asumir castigos en vez de construir sus propios modos de convivencia?

Conozco las dificultades que tiene el profesorado para la gestión de aulas masificadas en horarios agotadores. Pero no podemos renunciar a educar porque prohibir sea más fácil. Este tipo de estrategias también educan, pero en valores como la sumisión acrítica a la autoridad. Valores de los  que deberíamos huir teniendo tan cerca  y presente el fantasma de los populismos extremistas.

Sigo buscando un centro en el que no haya que pedir permiso para orinar, sino que cada alumno y alumna vaya libremente, haciendo un uso responsable de su derecho. Será en estos centros en los que se esté desarrollando una verdadera educación más allá de análisis sintácticos o derivadas e integrales que tan rápidamente se escurren y desaparecen de nuestra memoria. Lo otro, los valores, permanecen para siempre.

*Ana Belén García Sánchez es pedagoga y miembro de la comunidad educativa del IES Las Breñas.

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