La gente joven ya sabe lo que es un diluvio
Cuando llegamos a La Palma en 1950, uf, qué viejo se ha vuelto uno, llovía a cántaros, llovían chuzos, llovían perros y gatos, que eso dicen los ingleses. Charcos de agua en todas partes, las botas de agua eran el regalo favorito de los niños, llovía como si en los cielos se hubiesen dejado todos los grifos abiertos, como si hubiesen orinado líquido celestial todas las nubes, todos los ángeles sobre la tierra, como si lloviera todo de una vez y para siempre. Bueno, en eso estamos otra vez, según parece, pero las predicciones han variado, antes un vecino se asomaba a su ventana y decía “viene un temporal” y no fallaba, ahora para tener pronósticos plausibles necesitamos radares, satélites y televisión en directo. Vamos, una verbena. Alcaldes y concejales de aquí para allá, sudorosos y dramáticos. Como hay muchas carreteras, pues mucha piedra cayendo, mucho derrumbe y avenidas de agua con videos domésticos haciéndose virales, ay, cómo nos gusta un desastre en directo. Bueno, sorry, no a los afectados directamente, como a Puerto Naos, donde después de un problema gaseoso que van superando les toca un problema líquido que amenaza el hotel. Eso sí, agradecería a los nuevos ayatolás de la meteorología que me hablen clarito y no me vengan con monsergas como “células de convección” y “avalanchas hídricas”, que a mí lo que me acojona realmente son esos enormes peñascos que no saben lo que es la piedad y la fragilidad humana y sólo respetan la ley de la gravedad.
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