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A hijo malo, pan y palo

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Me dicen: es tiempo de cerrar los ojos, de mirar para otro lado? de ser como las veletas que cambian su giro al soplo del aire. Pero no se caminar a ciegas, ni ver torcidos los renglones de la historia, ni aceptar que la justicia llegue con retraso? No entiendo que “si formamos parte de España, Madrid siga estando tan lejos”. La expresión no es un guiño nacionalista, ni la rabieta de “hijos marginados”, sino el reflejo de que las cosas no cambian, aunque las consignas políticas sean diferentes. Soy partidario de una Canarias que se abra a Europa y de una isla que no se quede anclada, en medio de este empobrecimiento general. Aquí la pobreza sí que parece estar bien repartida, mientras duele que a Canarias lleguen menos recursos que a comunidades más afortunadas adscritas presupuestariamente al “maná oficial” del centralismo. Pero, en La Palma, molesta también el segundo reparto, aquél que le hace sentir “la doble insularidad” como un castigo. Entretanto, son muchos los palmeros que languidecen entre las brumas del paro, esperando el despertar de una laboriosidad dormida, y muchos los empresarios que deploran cómo los bancos les niegan el crédito y extirpan de golpe su optimismo, acabando con su libre iniciativa o, lo que es peor, con la voluntad de sobrevivir más que con la esperanza de ser ricos. Son muchos los trabajadores que han dejado de ver reflejado en su sueldo, la lógica compensación al esfuerzo hecho, pero aceptan las dificultades con mansa conformidad al saber que 11.286 personas están en el paro, una parte de ellas en el umbral de la pobreza y sin prestación alguna. En esta tesitura ¿podemos ser indiferentes ante los presupuestos de nuestra Comunidad Autónoma, mermados desde Madrid en partidas que podrían paliar esta agonía? Soy y me siento palmero y, al hablar de mi gente y de sus cosas? lo hago con el grito de isla que me late en la sangre. Ser palmero no quiere decir que “nos miremos constantemente el ombligo”, pero tampoco que, a la hora de “recibir” seamos “tan malos” que se nos niegue el pan y la sal.

Mis respetos a todas las comunidades, a sus raíces históricas, a sus tradiciones y costumbres y a la manera de ser de sus gentes. Me gusta Galicia, desde la empanada “gallega” hasta los berberechos y sardinas en lata que nos llegan de allí, me agradan su cultura y paisajes, tanto como disfrutar de una fabada asturiana, de las gustosas judías de Tolosa o de Guernica, o saborear una sopa de puerros con patatas, un marmitako de atún o un buen bacalao al pilpil, en un recorrido por la cornisa cantábrica. Ahora mismo, me apetecería estar a orillas del Ebro y comer unas truchas con jamón y pimiento o un besugo a la aragonesa, a la sombra misma de El Pilar. Cuando he viajado a Madrid, aparte de pasear y recrearme en museos y monumentos, he probado el cocido madrileño y los callos, y no he podido resistirme ante unos huevos estrellados. En las provincias de los alrededores, siempre me dejado seducir por los buenos asados de la meseta; Creo que me complacería una paella valenciana, si me acercara a tierras levantinas; y si volviera al sur, me dejaría engatusar con unas migas de la sierra de Almería, una olla cortijera o un buen gazpacho andaluz, aunque en Sevilla, siempre dejaría un hueco para unas huevas “aliñás” y los “pescaítos” fritos, que son una delicia en la calle Betis, a orillas del Guadalquivir. Una cosa es que nos guste lo nuestro, y otra bien distinta que no sepamos combinar unas lonchas de jamón ibérico con la exquisitez del queso garafiano. No es verdad que un palmero no se sienta bien en la Península, como tampoco lo es, que un peninsular no se regocije ante el patrimonio natural de nuestra Isla, mientras saborea unas papas arrugadas con mojo picón. Les cuento esto, con la esperanza de que el turismo nacional se recupere y que los palmeros, hagan lo propio y puedan viajar como residentes canarios a la Península, siempre que el precio de los billetes “no se dispare”. De todas formas, no poder viajar como lo hacíamos, duele menos que haber citado la gastronomía peninsular, sabiendo que, en esta Isla, a más de dos mil kilómetros de distancia, son muchas las personas que se conforman con un bocata (a buen hambre no hay pan duro), un simple huevo frito o una tortilla de patatas.

Ahora, los comerciantes del Casco Histórico de Santa Cruz de La Palma ofrecerán descuentos a los desempleados que deseen comprar entre los días 10 y 15 de cada mes. No sabemos cuántos podrán adquirir alguna cosa, pero al pensar que la situación del empresariado tampoco es boyante, he recordado aquella frase de Homero: “Llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga”. Una aseveración que debieran compartir los políticos en lo que llaman “pacto por la Palma”. Creemos que es el momento de que el amor a la propia tierra sea patrimonio de todos, un imperativo ético para los que sintiéndose palmeros de verdad, dejando al margen las siglas respectivas de sus partidos, quieran luchar tenazmente contra la falta de solidaridad y el desinterés demostrado tanto por los de allá, como por los de más cerca. No sé si a la hora de elaborar los presupuestos ha habido “intenciones aviesas” o justificaciones poco claras, pero sí sé que las instituciones están en la obligación de actuar como creadoras e impulsoras de oportunidades laborales y sociales para hacer crecer los sectores más empobrecidos. Y lo mismo que se le demanda a Madrid, cumplamos con ese principio solidario que también falta en Canarias, “no se puede tratar por igual, aquello que es desigual”. Este último apunte es sólo para los que hayan comido, porque como dice el refrán, “una barriga hambrienta ni lee, ni tiene oídos”.

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