El llanto de los niños

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Al lado de mi casa hay una guardería. Cada día, alrededor de las ocho menos cuarto de la mañana oigo llorar a un niño. El llanto entra por el patio de mi casa, sube las escaleras y llega hasta mi almohada. Es desgarrador. Me digo a mí misma que no es nada, que es normal, que los niños pequeños lloran sin parar hasta las nueve de la mañana; que no es que los maltraten, que no es que no los quieran, que no es que tengan dolor alguno, que los niños muy pequeños lloran porque estaban en casa calentitos y felices en sus cunas y los sacan, visten y alborotan para llevarlos a lugares que les resultan extraños mientras mamá y papá se van a trabajar; que los niños pequeños lloran, sencillamente, para agrandar sus pulmones, para fortalecer los huesos y los músculos de su caja torácica o porque la vida, la sociedad y sus malditas formas de entender la familia y el progreso, son así de crueles con ellos.

Intento justificar a los culpables del llanto de ese niño. Se los juro. Pero no puedo. Hasta mi almohada llega el miedo, la sensación del abandono, el espanto de la pérdida, la zozobra de su cuerpo diminuto al sentir cómo se desprende su boca del pezón sonrosado de la madre y de los brazos cálidos del padre. Pienso entonces en los miles de niños que lloran a esas horas. Pienso en la sed, en el hambre, en el dolor incesante de sus vientres vacíos, hinchados, reventados por el sol y la falta de agua y alimentos. Y me pongo a temblar. Pienso en las bombas que retumban en sus cabezas, el fuego que arde sobre sus cuerpos y los cuerpos de otros niños que han caído al suelo desprendidos de los abrazos seguros de sus padres. Por poner sólo un ejemplo: leo en un comunicado de Save de Children que sesenta y siete niños murieron tras la escalada de violencia en Gaza y muchos de los que aún viven ya han pasado por tres guerras y siguen teniendo pesadillas. Y entonces pienso en la ira de los adultos, en el odio de los adultos, en la gran herida de los adultos que se vengan de sus enemigos matando, torturando y desapareciendo aquello que más ama un adulto: sus hijos.

Y ya no tiemblo. Me entra la rabia sorda, la impotencia y el desconsuelo. Me asaltan las dudas sobre las verdades y mentiras que nos contaron en los dos últimos siglos sobre la libertad y las decisiones que debemos tomar respecto de nuestra vida social y los comportamientos adecuados respecto de nuestros hijos. ¿Qué hacer con la conciliación familiar? ¿Es de nuestra incumbencia organizar lo mejor posible esa conciliación? ¿Deben los padres organizarse para trabajar y ganar un sueldo para sobrevivir decentemente teniendo que dejar a sus hijos en otras manos durante horas? ¿Es equilibrada la educación que damos a los hijos fuera de la casa? ¿Debe el estado ocuparse de ellos desde que tienen unos meses de vida colocándolos en centros especializados, estatales o particulares? ¿Puede ser ideal la República de Platón donde se propone separar a los hijos de sus padres para darles una educación igualitaria y eficiente y ser el estado el encargado de hacerlo? ¿Es bueno que un organismo determinado se dedique al bienestar de los niños ocupándose de que vayan a la escuela, no anden solos por la calle, no se les torture, pegue, y maltrate? ¿Dónde está el límite?

Ante tantas preguntas me temo que no tengo las respuestas mejores o más acertadas. Sí puedo confirmar que un bebé, si la madre y el padre son cariñosos y procuran lo mejor para él, tiene en casa y en la familia la mejor de las respuestas y habría que ayudarlo, como ya se hace en muchos países más civilizados que el nuestro, para que sean los padres los que se encarguen de la felicidad de sus hijos al menos hasta los tres años y, algunos, hasta los seis, y no tengan que ir a guarderías y a escuelas infantiles. Hablo de padres y madres. Comprobado queda que la crianza de esos niños es la mejor si lo que les rodea es amor. Así en Finlandia, por ejemplo. Pero así también en muchos países de África o de América o de Oceanía cuando los niños se quedan pegados a la madre y a sus pechos durante mucho tiempo hasta que ya casi pueden subsistir por sí mismos tal y como lo hacen muchas especies. Son niños felices arropados por los brazos de hombres y mujeres que se encargan de que así sea. Si hay comida y agua, si no hay bombas que destrocen sus casas o sus países, si no hay trata de esclavos, si no hay guerras ni muertes a manos de empresas mineras, traficantes de armas o locos sanguinarios, son felices, lo afirmo. No lo pongan en duda. Nuestra sociedad ha creado los mismos monstruos que ahora nos devoran. Luchar contra ellos no es fácil. El dinero, asociado al trabajo de unos para el enriquecimiento de otros, ha generado costumbres y hábitos que son difíciles de erradicar; roles que deben cumplir las mujeres y los hombres para diferenciarlos y hacer de esas diferencias una guerra que los separe cada vez más. Y, como siempre, los niños en medio. Los niños con su llanto incesante, con su dolor y sus heridas a cuestas.

Elsa López

7 de junio de 2021

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Publicado el
7 de junio de 2021 - 12:44 h

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