Ser quien quieres ser

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Por primera vez en la historia de la humanidad, podemos ser quien queramos ser. La globalización, el avance de las nuevas tecnologías, el auge de las redes sociales y los movimientos feministas y LGBTIQ+ nos han permitido, o eso nos dicen, abrir nuestro abanico de identidades y definirnos desde diversas maneras sin importar nuestras características individuales. Pero a pesar de esto, seguimos viendo un corte generalista entre las personas. Observamos individuos que cada vez se parecen más y eluden su propia personalidad, intentando alcanzar un ideal marcado por la cultura visual que consumen y por lo que dictan los influencers o instagrammers del momento, convirtiendo nuestra vida en una actuación estelar que parece que nunca termina.

En relación con este hecho y oprimiendo la supuesta libertad que hemos conseguido, ha desaparecido el espacio, antes existente, entre el lenguaje público y privado. Ahora todo lo que hacemos y vivimos lo hemos vuelto visible y, lo que es peor, validable por el resto de usuarios que nos ven en todo momento, convirtiéndonos en una generación digital que mide su valía con un barómetro marcado por los likes y comentarios que reciba. Incluso un paso más allá, una sociedad virtual que siempre sigue o es seguida por alguien: Facebook, Twitter, Instagram, TikTok…, nos han dado los medios para ello, para actuar según el momento y el contexto. Hemos transformado nuestra vida en un gran espectáculo que transcurre entre bambalinas y, nosotras o nosotros, tristemente, no somos el titiritero que decide, somos las marionetas que son movidas a su antojo.

El resultado de todos estos avances se hace visible en la realidad en línea, las personas empezamos a construir una imagen digital de nosotras y nosotros mismos, a modo de avatar, que nos acompañará cada día y que mostrará al mundo lo que hacemos en cada momento. Ya no disfrutamos de una comida sin antes sacarle una foto para subir una historia, o de una quedada entre amigas sin antes mencionarlas a todas. Nuevamente volvemos al teatro, la escenificación continúa, si no aparece en la red, no ha pasado en la vida.

La identidad virtual pasa a convivir con la identidad física, pero, normalmente, no suelen ser coherentes la una con la otra. La primera es deseable y cuidada, orientada hacia el exterior, para unos seguidores que la observan y deben reaccionar ante ella. La segunda o real, es menos retocada y perfecta, constituyéndose, cada vez más y entre la juventud, de manera insegura e insatisfactoria. Ahora podemos ser quien queramos ser, pero terminamos siendo lo que quiere el resto. El gran público vitorea y tú, ingenua e ingenuo, te sientes bien, y haces lo que haga falta para que no deje de aplaudirte.

Miriam G.A.

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Publicado el
27 de junio de 2021 - 19:38 h

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