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Ay, qué pedrada, Dania

Dania Dévora.

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Eternamente romantizado por el inicio de la primavera, marzo puede parecerte sin embargo un mes de mierda si un mes de marzo ves marchar a personas que amas. Es mi caso. Así que, según se iba acercando el final de este marzo del 26, iba pensando, buff, parece que esta vez se irá sin llevarse a nadie. Me equivoqué. El jueves, día 25 de otro maldito mes de marzo, un mensaje de whatsapp cayó como un obús en el móvil. “Ha muerto Dania Dévora”. Muchos, entre los que me incluyo, quedamos en shock. “De vez en cuando la vida te da con una piedra en la cabeza”, que diría Steve Jobs. Y eso fue exactamente lo que pasó.

Odio, y disculpen la primera persona del singular, escribir textos sobre personas que han muerto. Básicamente porque en el periodismo escribir obituarios consiste muchas veces en un gran ejercicio de hipocresía. Pero también porque, si no hay falsedad, la mayoría de las veces es imposible retratar con palabras la tristeza. Así que me pensé muy mucho si debía escribir sobre la marcha de Dania. La respuesta al final fue sí.

Conocí su generosidad, sus risas, su amor incondicional por su trabajo y por la gente, su devoción por la música, mucho, muchísimo antes de que el nombre de Dania se incrustara en la cabeza de decenas de miles de personas por traer el Womad a Las Palmas de Gran Canaria. Concretamente once años antes, cuando ella ya tenía una empresa dedicada a la promoción de la música y yo era una novata total empeñada en hacer programas de radio sobre músicas alternativas. Empeño a cuya ejecución ella contribuyó con paciencia franciscana, generosidad infinita y un amor que diría casi maternal sin hasta entonces conocerme absolutamente de nada.

Ha llovido mucho desde entonces y durante años se acumularon mil anécdotas. La mayoría profesionales, pero también muchas personales, porque Dania siempre estaba ahí, siempre, siempre, siempre, que diría Robe, aunque tú ni lo imaginaras. Cuidando a mucha gente desde la distancia. Incluso aunque esa misma gente no llegara nunca a saberlo. Y ahí lo dejo. Y justo eso es lo que hacía de ella un ser humano cuya belleza estaba a años luz de muchos de nosotros y desde luego mucho más allá del Womad, del Soul Festival, del Juan Tenorio de Vegueta o de cualquier otra proeza organizativa.

Nunca compartí con ella todos los criterios profesionales sobre esto o aquello. Lo cual habría sido, amén de falso, aburridísimo. Pero he de decir que nunca le agradecí lo suficiente el empeño que puso por ejemplo para apoyar desde el Womad el Proyecto Alí que nació en Gran Canaria para ayudar en 2003 a los niños de Irak mutilados por la guerra. El cuidado nuevamente casi maternal con que protegió en el terreno personal a gente de su entorno si tropezaban con las maldades de la vida. El sentido del humor con el que sacaba una carcajada de las situaciones más insólitas o directamente surrealistas. Y sobre todo su amor infinito por la música. La música que hizo brillar en muchos lugares, que encandiló a tanta gente y que sonó también en su despedida.

La vida, qué razón tenías Steve Jobs, nos da con su marcha un ladrillazo en la cabeza. Pero siempre nos quedará como recuerdo y consuelo, por ejemplo, el sonido del blues en una playa bajo la luna llena.

Te queremos, Dania.

Con todo mi afecto para su hijo Sergio Miró, su familia y toda la gente de DD Company.

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