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Cuando la verdad no importa

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La verdad es la aceptación de lo que somos y el reflejo de la realidad en la que vivimos, pero también la honestidad hecha carne y palabra. Como cualquier otro aspecto de la humanidad, tiene una enemiga acérrima: la mentira. Esta última emerge constantemente con la finalidad de destruir lo que aquella otra representa, en aras de imponerse por el camino de la manipulación y la tergiversación hasta alcanzar su objetivo, que va desde extender el miedo hasta controlar a la sociedad para evitar la pluralidad y el pensamiento crítico.   

Muchas personas y partidos de este país han convertido la política en una actividad empresarial y un subterfugio para sus aspiraciones personales, que no están en consonancia con el bien público, corrompiéndola a conciencia para ocupar las esferas de poder. Paradójicamente, no admiten vivir en democracia o hacen una interpretación ideológica de su significado, pero se valen de ella para desmontar el estado de derecho y la igualdad ante la ley, que tanto ha costado conquistar. Para ello, crean redes clientelares y utilizan el dinero público con evidente lucro, que conduce posteriormente a su imputación por corrupción, además de manipular la información para que el mensaje que reciba la sociedad señale a otros como culpables de las irregularidades y el abuso de autoridad generados por ellos. 

La verdad les molesta y no la aceptan porque solo creen en la suya, que no es más que una mentira construida para engañar a esa misma sociedad e intentar destruir todo el sistema democrático. Transforman la libertad de opinión y expresión en un altavoz de la violencia verbal, el insulto y la falsedad para hundir y denigrar a quienes no piensen igual. Cualquier argumento vale con tal de escalar en la vida política y mantenerte en la cima, aunque seas un tipo mediocre incluso a la hora de expresarte; cualquier desgracia social se convierte en una excusa para atacar al contrario y responsabilizarlo directamente de lo sucedido, sin respetar el dolor de quienes han sufrido las consecuencias.

Al final, todo converge en la megalomanía de quienes aplican sus ideas para perjudicar notablemente la imagen y el trabajo de otros. Su sed de poder les lleva a pisotear la ética. Manipulan a la población con argumentos simples y mucho ruido, canalizando la crispación y la frustración general a fin de incrementarlas, pero también repitiendo constantemente las mismas ideas mediante una serie de palabras clave, que causan preocupación, inseguridad, incertidumbre, rechazo y odio hacia actores políticos concretos y sus acciones de gobierno. El caldo de cultivo está servido para que actúe la irracionalidad. 

Ahora mismo, el panorama político español es eso: un hervidero de mentiras fabricadas por personas grises, que no gobiernan o aspiran a hacerlo a cualquier precio, aunque acaben con el fango al cuello, horadando así los pilares de la democracia para planificar hasta un golpe de Estado sin recurrir a las armas.  

No están solos, sino que han desplegado una amplia estructura, aunque lo nieguen, integrada por empresarios, policía patriótica, jueces y medios de comunicación, entre otros. Esta coalición transversal utiliza los mecanismos y medios que tiene a su disposición, a veces de carácter ilegal, para revertir el actual escenario político. Actúa como quien mueve los alambres de una marioneta: sabes que está ahí, detrás de ella, pero nunca lo ves; manipula esos hilos para que aquella se mueva a su antojo, haciéndole creer que tiene vida propia, cuando en realidad no tiene ni voluntad.

Esta forma de actuación múltiple, pactada para arremeter contra los soportes básicos de la democracia, ha deteriorado la imagen pública de determinados servicios que son claves, precisamente, para el sostenimiento de aquella y para la integridad y la seguridad de las personas. Jueces que interfieren la labor de otros jueces y fiscales, obstaculizando además claramente investigaciones o promoviendo otras de marcado carácter político, dejando así de ser imparciales y equidistantes. Agentes de policía inmersos en asuntos turbios, hasta arriba de mierda en las cloacas del Estado, grabando ilegalmente a políticos, mientras negocian con ellos fórmulas para extorsionar a otros, acusados incluso de coacciones, detenciones ilegales y desaparición de pruebas. Periodistas y medios de comunicación, aliados perennes en esa red de influencias, que redactan titulares cuyo matiz preciso cambia el sentido real de una noticia, dejando totalmente a un lado la responsabilidad que tiene un verdadero profesional de informar objetivamente y sin manipular la propia información.   

Todos y cada uno de ellos han perjudicado y manchado la labor de otros muchos policías, jueces y periodistas que, por el contrario, sí se ciñen a su correspondiente código deontológico y al compromiso con su profesión, algunos con la responsabilidad que confiere desarrollar un servicio público sostenido por los impuestos de la ciudadanía.

De fondo, agitadores de ultraderecha y matones que desocupan inmuebles, patriotas que no respetan las leyes ni creen en la participación ciudadana ni en el pluralismo, pero que están al servicio del dinero. Ambos han encontrado en las redes sociales su piscifactoría de la mentira, donde también crían y engordan la violencia verbal y la expansión de una ideología totalmente antidemocrática, que evidentemente llevan al día a día de las calles mediante la falsedad y la intimidación física.

Este ominoso grupo pretende asesinar la verdad, que espera en el cadalso para cortarle la cabeza. Como esto suceda, comprenderemos lo que significa nacer, vivir y morir gobernados por quienes se consideran por encima de las leyes. Ya lo dice Fito y Fitipaldis en una de sus canciones: “La razón la encuentran los culpables / la verdad se queda en el camino”.

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