Vacaciones en Paz: el derecho a la infancia de los menores saharauis
Tindouf está en Argelia. Allí se asientan temporalmente miles de saharauis en mitad del desierto del Sáhara, en mitad de la nada, en mitad del olvido. Viven mayoritariamente en jaimas, sin luz eléctrica ni agua potable, resistiendo gracias a la ayuda humanitaria internacional porque carecen de los recursos más básicos. Sus campamentos de refugiados son la antítesis de la vida cómoda del mundo desarrollado y el castigo para quienes, día tras día, siguen esperando la tan ansiada noticia que les permita volver a su única y verdadera casa. Esa espera dura cincuenta y un años, pero nunca han olvidado el camino de retorno.
Mientras tanto, la mirada de muchos niños y niñas se pierde a través de la verja que constituye ese desierto, prisioneros en el espacio y el tiempo. Crecen con las historias que les narran sus progenitores y abuelos, experiencias personales que cada uno guarda con nostalgia en su particular y endeble caja de cartón, llamada recuerdos. La edad de la inocencia, de descubrir, experimentar, reír, soñar y jugar es una etapa caracterizada por un inmenso vacío de bienestar y una sensación de rutina diaria, que les condena a crecer sin expectativas presentes ni futuras.
El programa de acogida temporal Vacaciones en Paz nació en la Transición, gracias a la colaboración entre el Partido Comunista de España y el Frente Polisario, y permitió la llegada de los primeros niños y niñas saharauis a determinados lugares del territorio español en el verano de 1979. Cuatro años antes, el Gobierno de Franco entregó el Sáhara Occidental a Marruecos y Mauritania, que lo invadieron y ocuparon, obligando a los saharauis a iniciar un éxodo. El destino final fue Tindouf. Desde entonces, su población adquirió el estatuto de refugiado y los niños y niñas de distintas generaciones que nacieron y viven allí son la herencia de un pueblo que resiste.
Este proyecto no constituye unas vacaciones como las que disfruta el alumnado de nuestro país. Tampoco un viaje de placer ni mucho menos un premio por haber aprobado un curso académico. Todo lo contrario. Se trata de una oportunidad única para arrancar a esos menores de los brazos y el corazón del desierto argelino y de sus condiciones extremas, salir de un marco geográfico donde reciben el castigo diario de las altas temperaturas y desprenderse temporalmente de la pesada mochila del sentimiento de no pertenecer a ningún lado porque a nadie le interesa su pueblo, salvo para explotar sus recursos minerales y pesqueros.
El objetivo es que, durante unas semanas, tengan una infancia acorde con su edad y con todo lo básico que necesitan, pero también que la experiencia les sirva como aprendizaje y crecimiento personal. Los meses de julio y agosto de cada año marcan la oportunidad de salir de su particular isla, rodeada de arena, donde sus abuelos, madres y padres llevan varados durante décadas, soportando sus frustraciones. Solo esperan que su estirpe no continúe con esa pesada herencia.
Año tras año, las familias que acogen a esos menores demuestran que ese período del desarrollo infantil está por encima de cualquier ideología y marco político, abriendo sus casas para integrarlos en sus respectivas familias y fomentando que se relacionen con otros niños y niñas de su edad, que los reciben con los brazos abiertos. Además, este caso está justificado porque los saharauis se han convertido en apátridas y sufren la represión constante de Marruecos. Esas familias hablan desde el corazón y se suman al mensaje internacional que demanda un Sáhara Occidental libre, así como que se proteja a esos menores para que no vivan en condiciones infrahumanas.
Cuando se comprende esa realidad adversa y se tiene conciencia de hasta dónde llega su sufrimiento, entonces se asimila que hay que tomar partido en esta causa. El camino es formar una voz colectiva que, una vez tras otra, reclame que esos niños y niñas deben crecer de una manera sana y bajo el paraguas del cumplimiento de los derechos que los ampara, cuyos pilares constan en la Convención de los Derechos del Niño (1989), adoptada por Naciones Unidas.
Esto ha desembocado en una red de familias por todo el territorio español, que aúnan esfuerzos y voluntades para ayudar y reconfortar a estos menores, que necesitan mucho más que cariño. El resultado es un compromiso con la libertad y los derechos básicos, sobre todo la dignidad, que perdura en el tiempo y crea un vínculo que, en muchas ocasiones, les permite regresar verano tras verano con la misma familia. Cada una simboliza un triunfo frente al olvido de esos pequeños, demostrándoles que no están solos, a pesar de la lejanía geográfica, porque cualquier apoyo moral es un pilar básico para seguir adelante.
Asimismo, Vacaciones en Paz en una denuncia pública sobre la situación del pueblo saharaui, que sigue a la espera de la aprobación de un referéndum de autodeterminación que no llega y donde la ONU y el Gobierno español se han lavado las manos. Aquí, en el primer mundo, estamos acostumbrados a los desahucios por el impago de una hipoteca; ponemos el grito en el cielo cuando una familia se va a la calle. Los saharauis fueron desahuciados de su tierra para que otros países se la apropiaran; los abandonamos a su suerte porque ya no eran rentables para los intereses de la antigua metrópoli.
Hace unos años, una amiga me comentó la historia de uno de esos niños acogidos en la Península. Se sentó en la orilla de una playa. Permaneció inmóvil durante horas, mirando fijamente aquella masa de agua que tenía enfrente. Nunca había visto el mar, una extensión azul tan grande como inabarcable. No sabía qué era una ola ni su movimiento envolvente, suave al principio, furioso y dominante al final. Desconocía el olor a sal. Quiero pensar que cuando ese niño, quizás ya adulto, se siente derrotado en los infernales días en el Tindouf, cierra los ojos y recuerda aquel instante, símbolo de la libertad.
Sobre este blog
Espacio de opinión de Canarias Ahora
0