Tiempo de silencio
Qué le pasa a este país con la memoria. Qué ansia tan extraña de amnesia. “Te lo quieren borrar todo, desde que naces” me dice enfadado, mucho, el ectoplasma de Durruti, que después de su desprecio a su Ritz mortal, deambula ahora entre el hotel Wellington y el Príncipe de Vergara. Por ejemplo, pregunté el otro día en un autobús municipal madrileño si alguien conocía a Alfredo Deaño. Silencio. Hubiera insistido preguntando si habían leído algo de sus dos tomitos de Introducción a la lógica formal, en Alianza Universidad,(1974-75), pero temí que me obligaran a bajar antes de tiempo. No le he contado a Durruti que también pregunté por él mientras esperaba el turno en una heladería de la calle Luis Doreste Silva de Las Palmas de Gran Canaria, y en el bar Sanín, en la coruñesa calle del Orzán, el último refugio de las tazas de ribeiro auténticas. Silencio en ambos casos. Por eso, cuando ayer llamé por teléfono a varios hoteles de Madrid, Barcelona y Santa Cruz de Tenerife preguntando por Luis Martín-Santos, insistiendo en que dieran el aviso por megafonía como en “Con la muerte en los talones” de Hitchcock, no me sorprendió que me pidieran mi nombre y me dijeran qué era eso de la megafonía. “Y ese quién era, ¿otro filósofo?” me espeta el leonés. “Casi. Escribió una novela singular, ”Tiempo de silencio“, que en 1962 revolucionó la literatura española.” “Como mucho, revolucionaría a los que leían. O sea, que fue más importante que Cela y Delibes.” “No lo fue porque se murió joven en la carretera.”
Una muy antigua alumna de literatura, Maíta, me regaló el otro día “Tiempo de destrucción” una nueva edición de 2022 de la frustrada segunda novela de Martín Santos. “Fuimos al cine a ver la película de Vicente Aranda. Casi nos enamoramos” dijo Maíta con la entrega del libro. No ocurrió.
Creo que nadie está escribiendo el “Tiempo de silencio” de nuestros días. Quizás Javier Cercas podría hacerlo. Marías fue mucho más allá –¡cómo se cae de las manos el colorín del El País sin sus artículos! Tendría que volver a dar clase para recordarlo. Como no puedo, me puse a leer en voz alta unas páginas del libro que me regaló Maíta en la línea 10 de Cercanías de Renfe en Madrid. Las gentes que pasaban a mi lado, algunas, me dejaban monedas. El ectoplasma de Durruti, que me acompañaba, sonreía desde el asiento. Menos mal que solo yo puedo verlo.
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