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La realidad imparable

José Miguel González Hernández

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Todo empieza por un grupo en la red, y termina convirtiéndose en una unidad de negocio que factura miles de euros. ¿Volvemos al apretón de manos como signo de confianza? La rápida evolución de las innovaciones tecnológicas genera mutaciones en las condiciones económicas de cada entorno, lo que propicia cambios en relaciones sociales. Uno de ellos, en el ámbito del intercambio, es la evaporación de la intermediación, haciendo que la parte consumidora tenga tanta o más información que la oferente.

Pero ¿está suficientemente regulado no en aras de la obstaculización, sino en relación con la seguridad del procedimiento? ¿Qué ocurre si una de las dos partes incumple? Este tipo de intercambios se sitúa en los márgenes de los mercados basándose en la libertad de uso de la propiedad privada donde el vacío legal existente es una realidad, pero lo cierto es que tiene un potencial de facturación a escala mundial sobre bienes y servicios ya fabricados, pero no utilizados, incluido el margen comercial que las propias plataformas electrónicas habilitan.

Es cierto que aquellas partes del mercado que de forma tradicional han suministrado un bien o un servicio se les genera una competencia real con escasas o nulas reglas del juego. No obstante, más allá de las deficiencias detectadas, genera consumo, conocimiento, producción y financiación, aunque, claro está, no de forma altruista. Ante este hecho, los principales costes los tenemos claros, sobre todo para las unidades de negocio que tenían certeza de cómo actuar y en qué términos. Por el lado de los beneficios, aparece el concepto de ahorro a través de la reutilización, con lo que aporta futuro a los procesos de desarrollo sostenible, lo que hace que la gestión de los recursos se vuelve más eficiente.

Se puede decir que es una versión actualizada de lo que se califica trueque, o también como la relación social denominada cadena de favores. Lo cierto es que la economía colaborativa trata sobre aquel sistema de intercambio que, gracias a las nuevas tecnologías, establece redes de cooperación relacionadas con el consumo, migrando de las acciones privadas e individualizadas a otros métodos más participativos sobre un mismo bien o servicio. Como vemos, se trata de destrabarse de la aparente normalidad donde la oferta y la demanda se confunden o donde la abundancia no es lo más relevante, de forma que, si no tienes posibilidad de adquirir un bien o un servicio a estrenar, tienes al menos la oportunidad de probarlo y utilizarlo.

Incluso la propia unidad de mercado tradicional queda en entredicho, porque la red es general, mientras que los territorios y su legislación, no. Lo cierto es que hay actividades que permiten desarrollar innumerables tipos de negocio. Entonces ¿se hace necesario un proceso regulatorio o por el contrario permitimos la supervivencia por la supervivencia? La mejor de las opciones se deberá centrar en la mejora de la eficiencia tanto a la hora de producir como de consumir porque es cierto que las empresas cambian y se adaptan, pero el consumo también. Así que el que no se ha escondido, tiempo ha tenido.

*Economista

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