La Junta de Paz, un juguete en manos de un narcisista con ambiciones planetarias
Finalmente, con la acostumbrada escenografía fastuosa propia de Donald Trump, la “Junta de Paz” ha celebrado su primera reunión en Washington. A la espera de poder juzgarla por sus resultados, tanto en Palestina como en otros rincones del planeta, resulta conveniente no perder de vista los elementos perturbadores que la definen desde su nacimiento.
Es, en primer lugar, un abuso en toda regla por parte Trump de la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU. El texto establecía que la Junta de Paz es “la administración de transición que determinará el marco y coordinará la financiación para la reurbanización de Gaza”; sin embargo, lo que el inquilino de la Casa Blanca ha pergeñado es una instancia con ínfulas planetarias, de la que se ha autodesignado presidente vitalicio (es decir, más allá de su mandato presidencial).
No tiene, por tanto, ningún mandato para ello, pero eso no lo ha frenado, incluso añadiéndole su personal toque crematístico, al establecer una arbitraria cuota de 1.000 millones de dólares para quien desee convertirse en miembro permanente.
También es un intento fraudulento de sustituir a la propia ONU como representante legítima de la comunidad internacional para gestionar la agenda mundial de paz y seguridad. Basta con recordar que la ONU reúne a 193 Estados nacionales, mientras que Trump, de las más de sesenta invitaciones que ha cursado, apenas ha logrado una respuesta positiva de una veintena de jefes de Estado y de Gobierno –mucho más interesados en los favores que puedan recibir de Washington que en la paz mundial o en la suerte de los palestinos–.
Un simple vistazo a la lista de los que han decidido jugar a su juego, desde Javier Milei, Viktor Orbán y Mohamed VI hasta los gobernantes de Bielorrusia, Israel o Arabia Saudí, sumando un total de 26 miembros, deja claro que ninguno de los países relevantes del escenario internacional ha querido sumarse a una iniciativa tan personalista. Una iniciativa, un juguete en manos de un narcisista dispuesto a saltarse la legalidad internacional dónde y cuándo lo considere oportuno, inmiscuyéndose en los asuntos internos de quienes no quieran aceptar sus deseos.
Y todo ello, sin la excusa de poder decir que, gracias a sus desvelos y a la Junta, la paz ha llegado a Palestina. Por el contrario, Israel sigue violando diariamente el acuerdo de alto el fuego logrado con Hamás el pasado 10 de octubre –se contabilizan ya más de 1.600 violaciones, con más de 600 palestinos muertos y más de 1.600 heridos–; el órgano tecnocrático palestino no ha podido comenzar sus funciones; la ayuda humanitaria sigue cortocircuitada a discreción por Tel Aviv y la anexión de Cisjordania (la misma que Trump dijo que no permitiría) está ya en su última fase.
Nada de lo que se ha anunciado al cierre de esa primera reunión de la Junta permite pensar que la situación vaya a cambiar de inmediato.
Por un lado, apenas se ha dado a entender que habrá una aportación de 7.000 millones de dólares para la reconstrucción de Gaza, con otros 10.000 por parte de Washington (una cifra que palidece ante el descomunal apoyo económico y militar prestado por Washington a las fuerzas israelíes que se han encargado de reducir esos 360 km cuadrados a escombros, además de asesinar a decenas de miles de gazatíes).
Por otro, tampoco se ha concretado el plan de despliegue de la Fuerza Internacional de Estabilización, más allá de que Marruecos (fiel aliado de Trump) será uno de los participantes más destacados.
Son apuntes suficientes para concluir que la Junta de Paz (de la que los palestinos están obligadamente ausentes, a diferencia de los israelíes) es, en definitiva, un engendro. De ahí que no sea fácil entender la actitud de algunos países árabes y musulmanes –desde Arabia Saudí a Pakistán, pasando por Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Marruecos y Qatar–, en clara contradicción con su supuesto apoyo a la causa palestina, salvo que se asuma que ya han pasado página, pensando mucho más en sus intereses geopolíticos y económicos que en sus tan cacareados como incumplidos compromisos.
Y en esa misma incómoda posición se retratan tanto algunos de los Veintisiete como la propia Unión Europea. En una muestra más de la enorme dificultad para aunar voluntades a favor de una causa común, ahí están Bulgaria y Hungría, convertidos ya en miembros permanentes, mientras que Chipre, Finlandia, Grecia, Italia, Países Bajos y República Checa han estado presentes como observadores.
Peor aún, si cabe, es que la Unión Europea, como tal, haya querido estar también presente, enviando a Dubravka Suica, comisaria europea para el Mediterráneo, como observadora. Un nuevo gesto más de apaciguamiento, sin atreverse a marcar distancias con una deriva trumpista que también tiene a la UE entre sus objetivos a batir.
El papa León XIV, rechazando de plano de invitación, ha vuelto a demostrar que lo tiene más claro.
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