Delcy Rodríguez y las opciones de Trump para controlar Venezuela
Una vez decidido a quebrar abiertamente el derecho internacional, quedaba por saber cuál era la opción preferida de Donald Trump para controlar Venezuela.
Consciente de que, por mucho que sea el malestar de la población local con una dictadura tan corrupta como ineficaz y represora, la captura de Nicolás Maduro no iba a provocar el aplauso unánime de los venezolanos y su sumisión entusiasta al dictado de Washington, el tándem Donald Trump-Marco Rubio se veía obligado a hacer algo más para lograr su propósito.
La ocupación militar
La primera opción a considerar era, siguiendo el modelo aplicado en Irak, la ocupación militar del país. Un país de más de 900.000 km2, con una compleja orografía y algo más de 5.000 km de fronteras terrestres y otros 4.000 de costa, muy porosas y muy afectadas por comercios ilícitos y movimientos de grupos armados de todo tipo.
Esto solo podría hacerse desplegando un contingente militar significativamente muy superior al que actualmente tiene en la zona (en torno a los 15.000 efectivos y una docena de buques), con un alto riesgo de quedarse empantanado por tiempo indefinido en un escenario de creciente violencia en el que tanto los restos de las fuerzas armadas como los grupos paramilitares de adscripción chavista previsiblemente optarían por una guerra irregular.
Seguir ese rumbo no solo le supondría a Trump un coste apreciable entre sus simpatizantes, ilusoriamente convencidos de que se trata de un pacifista y un no intervencionista, sino que le forzaría a detraer recursos militares de otros escenarios, especialmente del que hace referencia a la contención de China como principal rival estratégico en la región Indo-Pacífico.
Los aliados locales
La segunda posibilidad era echar mano de actores locales que sirvieran fielmente a sus planes. En otros casos Washington ha podido contar con actores locales, tanto políticos como militares, que les han servido como instrumentos de control directo para evitar el colapso, encargados de mantener el nuevo orden y de gestionar la vida nacional en todos los ámbitos; todo ello sin tener que implicarse directamente.
En esa línea, parecía evidente en primera instancia que María Corina Machado y Edmundo González serían los elegidos para la tarea, en la medida en que para los críticos de Maduro parecían representar la alternativa más sólida y ambos habían sido encumbrados y respaldados tanto por Washington como por otras capitales occidentales. Una creencia que el propio Trump se encargó de dinamitar en su primera comparecencia pública tras dar a conocer que ya tenía al dictador venezolano en su poder.
Tanto Delcy Rodríguez como Vladimir Padrino y Diosdado Cabello eran calificados hasta hace bien poco como narcotraficantes que había que poner en manos de la justicia
Más allá de las simpatías o antipatías que pueda haber en Washington sobre una figura tan controvertida – alineada con un genocida como Benjamin Netanyahu y defensora de las ejecuciones extrajudiciales que Trump lleva ordenando en el Caribe desde septiembre pasado–, su defenestración responde a un cálculo mucho más pragmático que ideológico. A fin de cuentas, ni Machado ni González están físicamente en el país, no han logrado nunca aglutinar a toda la oposición a Maduro y, sobre todo, no controlan ninguno de los mecanismos de poder real –ni económico ni político ni, mucho menos, militar– sobre el terreno.
Son esos factores los que, en definitiva, han llevado a Trump-Rubio a decantarse por Delcy Rodríguez, como representante principal del régimen chavista. Es cierto que eso supone una aparente contradicción, en la medida en que tanto ella como los otros dos más destacados figurantes de dicho régimen –Vladimir Padrino, ministro de defensa, y Diosdado Cabello, ministro de interior– eran calificados hasta hace bien poco como narcotraficantes que había que poner en manos de la justicia.
La “transición apropiada”
Pero hay que recordar de inmediato que lo que según el propio Trump se busca en Venezuela no es una “transición democrática”, sino una “transición apropiada”. Y al igual que está claro que el golpe estadounidense no responde a la lucha contra el narcotráfico, también lo está que tampoco viene guiado por la defensa del bienestar y la seguridad de los venezolanos, sino por el interés de EEUU por lograr el control absoluto de todo el continente, con sus recursos naturales y sus minerales críticos incluidos, impidiendo por todos los medios que potencias extracontinentales (es decir, China y Rusia) puedan aprovechar algún resquicio para cuestionar el statu quo implícito en la actualizada doctrina Monroe.
Lo que Trump busca en el resto del continente no son aliados (mucho menos democracias), sino vasallos. De ahí que, por chocante que sea echar mano de actores como Rodríguez y compañía, su colaboración se convierte en la vía más conveniente para asegurar el control de un país al que pronto pueden seguir Cuba, Colombia, Nicaragua y más allá.
Ella y quienes la rodean tienen más interés –por simple supervivencia personal– y más capacidad real para evitar que Venezuela colapse y para, en clave lampedusiana, que parezca que todo cambia cuando nada va a cambiar
Es ella y quienes la rodean –todos ellos miembros del núcleo duro de la dictadura encabezada por Maduro– los que tienen más interés –por simple supervivencia personal– y más capacidad real para evitar que Venezuela colapse y para, en clave lampedusiana, que parezca que todo cambia cuando nada va a cambiar.
O al menos eso es en lo que Trump y Rubio confían. Si les sale bien, y logran evitar el estallido violento generalizado mientras se hacen con todos los activos del país, mal para Venezuela porque perderá la ocasión de llevar a cabo una transición verdaderamente democrática, prolongando la etapa de gobernantes corruptos y represores, manejados ahora desde Washington. Y si les sale mal, y Venezuela se sume en una guerra fratricida, mal también sin remedio para los venezolanos.
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