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ANÁLISIS

Marco Rubio suaviza el tono con Europa, pero no ha venido a cerrar heridas

El secretario de Estado estadounidense Marco Rubio durante una reunión con el primer ministro húngaro Viktor Orbán en la oficina de este último en Budapest, el 16 de febrero de 2026.
17 de febrero de 2026 22:34 h

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Solo si nos ponemos en la piel de un esclavo acostumbrado a la arbitrariedad, los insultos y los golpes de su amo podemos entender el generalizado sentimiento de alivio que parecen haber compartido muchos de los europeos asistentes a la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich tras las palabras del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio.

El simple hecho de que ese día el enviado de Washington no profiriera ningún nuevo insulto ni nos recordara, como hizo su compañero de gabinete, James D. Vance un año antes, que “un nuevo sheriff ha llegado a la ciudad”, terminó por provocar un generalizado aplauso como si, en el fondo, aquí no estuviera pasando nada, los amores trasatlánticos se mantuvieran incólumes, Estados Unidos nos deseara todo lo mejor y estuviera dispuesto a jugársela por nosotros ante cualquier amenaza. Nada más erróneo.

Admitamos que cada actor político tiene su propio estilo y que, por tanto, hay matices entre los acostumbrados exabruptos de Donald Trump y Vance, tan demostrativos al mismo tiempo de su propia ignorancia histórica y su carga mesiánica, y las formas de quien, a fin de cuentas, es el encargado de liderar la diplomacia del todavía hegemón mundial. Pero a partir de ahí, basta con recordar que Trump se ha rodeado de un grupo de figurantes definidos por su lealtad extrema y personal al líder supremo, para entender que todos ellos comparten plenamente la visión definida por el movimiento MAGA (Make America Great Again). Eso, en relación con la Unión Europea, supone el propósito declarado de destruirla. Sin más.

Un amo y sus vasallos

No se puede deducir otra cosa de la repetida declaración del inquilino de la Casa Blanca cuando insiste en que “la UE fue creada para joder a Estados Unidos”. Una inquina contra los Veintisiete que comparte con Vladímir Putin, y que se confirma tanto en la Estrategia Nacional de Seguridad como en la Estrategia Nacional de Defensa emitidas recientemente por la actual Administración estadounidense.

De dichos documentos se extrae la voluntad trumpista de potenciar a los llamados “partidos patrióticos” —es decir, a los partidos de ultraderecha, por definición antieuropeístas, que medran entre los Veintisiete— para que sirvan de punta de lanza en el intento por desbaratar los planes de integración hasta llegar a la unión política. De ese modo, fragmentando la Unión y explotando los anacrónicos resabios nacionalistas todavía tan vivos entre nosotros, cuenta con poder imponer su dominio en la relación con unas potencias medias y pequeñas que, individualmente, tienen poco que oponer al dictado de Washington.

Conscientes del peligro que esto representa para una UE que dice aspirar a la autonomía estratégica y que debe entender que toda dependencia (energética y militar) implica una indeseable subordinación a Washington, queda por ver cómo pensamos reaccionar

Si ya no fue causalidad que, tras su paso por Múnich, Vance se reuniera de inmediato con la líder de la ultraderechista Alternativa para Alemania, Alice Weidel, sin tener tiempo para ver ni al entonces canciller, Olaf Scholz, o al presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, tampoco lo es que en esta ocasión Rubio haya corrido a reunirse con el primer ministro eslovaco, Robert Fico, y el primer ministro (y candidato) húngaro Víktor Orbán, claramente alineados con las posturas trumpistas, sin detenerse a mantener un encuentro con Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad.

Lo que resulta evidente tanto en el tono suave de Rubio como en el prepotente de Vance es que Estados Unidos quiere seguir relacionándose con este lado del Atlántico, pero en unos términos que se asemejan más a la relación de un amo con sus vasallos que a una propia de aliados. Aparentando una paternalista preocupación por el colapso civilizacional de Europa, Trump está dispuesto a jugar sus bazas —sean arancelarias, financieras o de fuerza— para poner fin a la corriente migratoria hacia los Veintisiete, no solo reducir su carga financiera y militar en la seguridad del continente, sino lograr que le compremos más gas y más armas, así como eliminar las normas reguladoras comunitarias para facilitar la invasión de los servicios financieros y los gigantes tecnológicos en un apetitoso mercado de 450 millones de consumidores.

La reacción

Conscientes del peligro que esto representa para una UE que dice aspirar a la autonomía estratégica y que debe entender que toda dependencia (energética y militar) implica una indeseable subordinación a Washington, queda por ver cómo pensamos reaccionar.

De momento, y asumiendo que a corto plazo no hay capacidad real para contar con dicha autonomía, lo más visible es el intento de apaciguar a Trump para que no llegue a desligarse totalmente del vínculo trasatlántico, confiando en que pase la tormenta o, al menos, que amaine lo suficiente para seguir disuadiendo a Putin por un tiempo. Quienes así piensan se autosugestionan creyendo que las palabras de Rubio son una muestra de que lo peor ya ha pasado y de que, como acaba de declarar Friedrich Merz, es posible reparar la relación trasatlántica (el mismo que afirmaba hace semanas que dicho vínculo estaba irremediablemente roto).

Por su parte, quienes no comparten esa actitud genuflexa ante Trump (escasa minoría actualmente) se desesperan ante la inacción de la UE y la renuncia a emplear los instrumentos a su alcance para hacer ver a Washington que hay alternativa a su dictado. Una alternativa que debe materializarse cuanto antes, asumiendo que más que de capacidades (que también se necesitan) el desafío es, sobre todo, de voluntad política para superar el cortoplacismo y el rancio nacionalismo que hoy nos dominan.

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