Agresividad hacia Latinoamérica, amabilidad con China y foco en Irán: la nueva estrategia de Defensa de Trump, en tres pasos
La Administración Trump ha publicado su nueva Estrategia de Defensa Nacional (EDN), que enlaza con la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en noviembre pasado. Los dos documentos usan un lenguaje amenazador hacia América Latina, Europa e Irán, y tratan con amabilidad a Rusia y China. En ambas estrategias se exalta la figura del presidente Donald Trump (que, dice el documento, conducirá a Estados Unidos a una “época dorada”), se insulta a Administraciones anteriores y se disminuye el papel de los (por el momento) aliados.
Según la EDN, publicada el 23 de enero, los gobiernos que le antecedieron se dedicaron a tratar de “construir naciones” (nation-building) en Estados en crisis, a levantar “castillos en las nubes” como defender un “orden internacional basado en reglas”, y a descuidar la modernización de las fuerzas armadas. El secretario de Guerra, Peter Hegseth, bajo el liderazgo de Trump, piensa “restaurar el espíritu guerrero” para el America first.
Los cuatro campos en los que se desarrollará la estrategia son: seguridad interior y hemisférica; disuadir a China en la región Indo-Pacífica a través de la fuerza, pero sin confrontación; lograr que aliados y socios incrementen su participación en sostener la defensa común; e incrementar la base industrial de la defensa estadounidense.
La forma de estructurar la estrategia es confusa y limitada, mezclando regiones (algunas), países (pocos) y objetivos (repetitivos). Así, se ocupa solamente de la defensa de Estados Unidos (homeland security) y el hemisferio (con prioridad hacia América Latina) en relación con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. En todos los casos la prioridad es que los aliados europeos y asiáticos se hagan cargo de su propia defensa.
Como ocurre con la Estrategia de Seguridad Nacional, no hay análisis políticos ni militares de ningún país; Europa y Rusia son tratadas en pocos párrafos; Asia parece ser solo China y Corea del Norte, no menciona a Taiwán ni a Japón, como tampoco Australia y Nueva Zelanda. Y África aparece de pronto fuera de contexto (siete líneas).
Control férreo sobre el hemisferio
La sección sobre el contexto regional comienza con una exótica nota de color: una ilustración de un mapa antiguo de la actual América Latina, con dibujos de indígenas, un saurio gigante y decenas de carabelas. Esta curiosa aportación gráfica se entiende al ver un recuadro dedicado a la Doctrina Monroe (cuando, en 1823, el Gobierno de Estados Unidos indicó a las expotencias europeas que no intervinieran en sus antiguas colonias) y la necesidad de aplicarla en la actualidad.
Sobre la seguridad interna de Estados Unidos, la estrategia indica que durante décadas se ha descuidado, promoviendo la inmigración y evitando adoptar las medidas necesarias para protegerse del tráfico de drogas –que vincula incorrectamente con la inmigración–. Además, indica que “enemigos del país” han tomado posiciones en el Ártico, Groenlandia, el golfo de América (nueva designación de la Casa Blanca para el golfo de México) y el Canal de Panamá.
El tono conciliador con China es reflejo de la visión de un mundo de poderes múltiples de Trump y el secretario de Estado Marco Rubio (y los gobiernos de China y Rusia), en el que Estados Unidos y estas dos potencias controlan sus zonas de influencia al tiempo que compiten
El plan para “el hemisferio” es garantizar “el acceso militar y comercial de Estados Unidos” hacia los arriba mencionados terrenos estratégicos. Se desarrollarán “opciones militares creíbles para utilizar contra los narcoterroristas dondequiera que se encuentren”. Se colaborará con “Canadá y nuestros socios en América Central y del Sur”. Pero estos deberán respetar y cumplir “con su parte para defender nuestros intereses comunes”.
Cuando no lo hagan, dice que Washington estará preparada “para tomar medidas específicas y decisivas que promuevan concretamente los intereses de Estados Unidos” –como la intervención en Venezuela el 3 de enero pasado–. Este “es el corolario de Trump a la Doctrina Monroe, y el Ejército estadounidense está preparado para aplicarlo con rapidez, poder y precisión”. En esta dirección, la Administración Trump está presionando fuertemente al Gobierno mexicano para que corte los envíos de petróleo a Cuba y le amenaza con intervenciones militares en su territorio contra el narcotráfico.
Convivencia con China, sin problemas con Rusia
Al referirse a China el tono cambia: ante el poder económico, comercial y militar de este país, promete que serán “fuertes, pero no innecesariamente conflictivos”. La cuestión es que los aliados cooperen y paguen: sus contribuciones “serán vitales para disuadir y equilibrar a China”. Con este país se mantendrá “un equilibrio favorable de poder militar en el Indopacífico. El propósito no es dominar, humillar o estrangular a China”.
La referencia concreta en el campo de la seguridad es “erigir una sólida defensa de negación (a China) a lo largo de la primera cadena de islas”. Esta es la zona del Indopacífico que se extiende desde Japón, pasando por Taiwán y Filipinas, hasta Borneo y la península malaya. “Nuestro objetivo es (...) garantizar que ni China ni nadie más pueda dominarnos a nosotros ni a nuestros aliados. Esto no requiere un cambio de régimen ni ninguna otra lucha existencial. (…) es posible una paz decente, en términos favorables para los estadounidenses, pero que China también pueda aceptar”.
Este tono conciliador que choca con el agresivo hacia “el hemisferio” y las actuales ofensivas diarias hacia Europa es reflejo de la visión de un mundo de poderes múltiples de Trump y el secretario de Estado Marco Rubio (y los gobiernos de China y Rusia), en el que Estados Unidos y estas dos potencias controlan sus zonas de influencia al tiempo que compiten, pero buscan el balance de fuerzas para no entrar en guerra. En esta línea, Trump indicó al primer ministro británico, Keir Starmer, la semana pasada que desaprueba los nuevos acuerdos que Reino Unido planea alcanzar con China.
Como muchas políticas que lanza la Administración Trump, hay una distancia entre la simplificación autoritaria y las realidades complejas
Desde esta perspectiva, la EDN trata a Rusia y Europa como una sola cuestión. El primer país tiene intereses en su zona de influencia exsoviética y la segunda tendrá que reforzar su defensa y depender menos de Estados Unidos, porque problemas como la guerra de Ucrania “son menos graves” para Washington, “pero más para ellos, con un apoyo crítico, aunque más limitado, de Estados Unidos”. En la estrategia, Rusia, pese a sus armas nucleares y su discurso agresivo hacia Occidente, no parece ser un problema.
Que Washington exija más esfuerzo en defensa de sus aliados no quiere decir que disminuya su inversión en este campo. Este país tiene el mayor gasto y potencia militar del mundo (997.000 millones de dólares en 2025). Pese a ello, la Administración Trump propone “potenciar” más la industria de defensa, “adoptando nuevos avances tecnológicos, como la inteligencia artificial (IA); y eliminando políticas, prácticas, regulaciones y otros obstáculos obsoletos”. “Aprovecharemos simultáneamente la producción de nuestros aliados y socios no solo para satisfacer nuestras propias necesidades, sino también para incentivarlos a aumentar el gasto en defensa y ayudarlos a desplegar fuerzas adicionales lo más rápido posible”, añade.
Ofensiva contra Irán
En su falta de coherencia, los autores de la estrategia parecen guiarse por la inmediatez. No tiene, por ejemplo, una sección sobre Oriente Medio (en total 15 líneas). No existe la cuestión palestina, como tampoco Líbano, Turquía, Irak o Siria. Parece que esta región nunca hubiese sido importante para la política de seguridad de Washington. Pero dedica, en cambio, toda su atención a Irán.
Dice que la capacidad nuclear iraní quedó “borrada” por los ataques de Washington en junio pasado. Pero como Teherán estaría tratando de volver a tener capacidad militar nuclear, se “empoderará a los aliados y socios regionales para que asuman la responsabilidad principal de disuadir y defenderse de Irán y sus representantes” del “eje de la resistencia” (Hamás, Hizbulá y los hutíes en Yemen).
También, se apoyará la cooperación entre Israel y los países del golfo Pérsico en el marco de los Acuerdos de Abraham, firmados por Israel y varios países árabes durante la primera presidencia de Trump.
La EDN ve a Israel como “el aliado modelo” y agrega: “Ahora tenemos la oportunidad de empoderarlo aún más para que se defienda y promueva nuestros intereses comunes”. De hecho, a partir de la guerra de Gaza, Israel ha extendido su ofensiva a Líbano, Siria, e Irán, convirtiéndose en la primera potencia militar (con armas nucleares) de Oriente Medio.
Esta perspectiva preocupa a las monarquías del Golfo y a Turquía, y la posibilidad de que un ataque de Estados Unidos a Irán desestabilice a Oriente Medio. Trump le exige en este momento al Gobierno iraní que frene el enriquecimiento de uranio que podría permitirle fabricar armas nucleares; que limite la capacidad de sus misiles de alcance intermedio para que no alcancen a Israel; y que deje de apoyar al “eje de la resistencia”.
Significativamente, Arabia Saudí ha indicado que no permitirá que se use su territorio y espacio aéreo para atacar a Irán. Israel, por su parte, se mantiene en silencio, pero aguardando a que Trump lance un ataque que el primer ministro Benjamin Netanyahu ha promovido durante décadas.
El texto, en definitiva, pretende ser un marco conceptual, sin lograrlo, para el secuestro del presidente venezolano en enero de 2026, la ofensiva sobre Groenlandia, y el despliegue actual de fuerzas contra Irán.
Como muchas políticas que lanza la Administración Trump, hay una distancia entre la simplificación autoritaria y las realidades complejas. Posiblemente, no podrá llevar a cabo muchas cosas que plantea la estrategia, pero las posibilidades de generar caos y violencia son muy altas.
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