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Análisis

Groenlandia es la punta de lanza de Trump para destruir la OTAN y deslegitimar a Europa

Donald Trump habla con periodistas antes de subir al Marine One el pasado 9 de enero
14 de enero de 2026 23:30 h

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El 12 de enero, el congresista por Florida Randy Fine presentó la Ley de Anexión y Estado de Groenlandia, “centrada en garantizar los intereses estratégicos de seguridad nacional de Estados Unidos en el Ártico y contrarrestar las crecientes amenazas que plantean China y Rusia”. “Quien controle Groenlandia controlará las rutas marítimas clave del Ártico y la arquitectura de seguridad que protege a Estados Unidos”, declaró Fine, que previamente ha sido ejecutivo de casinos. “Estados Unidos no puede dejar ese futuro en manos de regímenes que desprecian nuestros valores y tratan de socavar nuestra seguridad”.

En el último año Donald Trump y miembros de su gobierno han intensificado la ofensiva sobre Groenlandia. Este no es un estado independiente, sino parte del Reino de Dinamarca. Desde su capital, Nuuk, se gestionan los asuntos internos, pero Dinamarca conserva la responsabilidad formal de la política exterior, la defensa y la seguridad, en coordinación con el Gobierno de Groenlandia.

La semana pasada Trump declaró al New York Times que las medidas que le ofrece el Gobierno de Copenhague para calmar la situación –como desplegar más tropas de Estados Unidos y la OTAN y aumentar el número de bases militares de Washington en ese territorio (tiene una en Pittufik, en el norte de la isla) no son suficientes. De hecho, este miércoles ha asegurado que cualquier cosa que no sea el control completo de la isla es “inaceptable”.

En 1948 la Administración del presidente Harry Truman quiso comprar la isla, pero Dinamarca se negó. Pero en 1951 los dos países firmaron un acuerdo según el cual Estados Unidos puede aumentar el número de sus bases y efectivos militares en Groenlandia y “controlar aterrizajes, despegues, fondeaderos, amarres, movimientos y operaciones de barcos, aviones y embarcaciones”. Pero nada alcanza.

Imagen del 13 de enero de 2026 del presidente de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, y de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. EFE/EPA/LISELOTTE SABROE DENMARK OUT

“La propiedad es muy importante”, dijo Trump a los periodistas del Times. “Es lo que psicológicamente se necesita para tener éxito. La propiedad te da algo que no puedes conseguir con un contrato de arrendamiento o un tratado. La propiedad te da cosas y elementos que no puedes obtener con solo firmar un documento”.

En la misma entrevista le preguntaron si existen límites a sus poderes globales. Trump respondió: “Sí, mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. “No necesito el derecho internacional”.

Junto con dejar de lado el Derecho Internacional, Trump ha recuperado de la historia imperial de su país la Doctrina Monroe (que data de dos siglos atrás) y el concepto de “control hemisférico”. En el pasado, Estados Unidos ejercía la hegemonía sobre América Latina, pero ahora “el hemisferio” a controlar arranca en Groenlandia y llega hasta el Atlántico Sur. (Como respuesta a esta ofensiva geopolítica, la semana pasada China, Sudáfrica Rusia e Irán hicieron maniobras navales conjuntas en aguas sudafricanas).

Dos pájaros de un tiro

Sin duda, el control de rutas navales alrededor de Groenlandia y el Polo Norte es un interés estratégico de Washington, y de Europa, al igual que acceder en el futuro a minerales (tierras raras) que yacen bajo las capas de hielo de la isla, pero eso no justifica apoderarse de un territorio que, bajo la forma de semiautonomía, es parte de la soberanía de Dinamarca, un fiel aliado de la OTAN.

Cécile Pelaudeix, especialista en el Ártico escribe en Le Monde que las amenazas híbridas de Rusia generan preocupación y que la cooperación chino-rusa se está desarrollando en el Ártico a lo largo de la Ruta del Mar del Norte. “Pero la Administración Trump quiere ignorar que en 2025 Dinamarca ha incrementado la defensa territorial de Groenlandia con un importe total de dos planes de financiación de casi 6000 millones de euros”.

De hecho, el empeño respecto a Groenlandia de Trump, el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, así como Stephen Miller, poderoso asesor del presidente, van, paralelamente a esos intereses, en otra dirección.

Primero, si Estados Unidos se apodera, mediante la coacción o la ocupación progresiva, creará una crisis que, según la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, será un golpe mortal para la OTAN. Desde que se firmó el Tratado del Atlántico Norte, la OTAN se creó para contener un posible ataque de la antigua URSS, luego para realizar operaciones extraeuropeas (por ejemplo, en Afganistán y Libia), y más recientemente para disuadir a Rusia de agredir a Europa.

Lo que nunca se previó fue que el aliado más poderoso y hegemónico durante siete décadas pudiese violar la soberanía de otro aliado. Esto abre puertas abismales, especialmente porque Trump ha expresado también la necesidad de que Canadá se integre como el estado 51 de Estados Unidos.

Segundo, Trump y su vicepresidente, J.D. Vance, no ocultan su odio hacia Europa. Aborrecen la democracia europea, y apoyan explícitamente a los “patriotas” de las ultraderechas de este continente. Consideran que, según la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, publicada en noviembre, Europa está siendo invadida por la migración, y que precisa la ayuda de Washington para salvarse.

Trump y los multimillonarios de las empresas digitales estadounidenses comparten el odio hacia las regulaciones de la Unión Europea. El supuesto declive económico europeo que señalan en la Estrategia se debe “en parte a las regulaciones nacionales y transnacionales que socavan la creatividad y el trabajo”. Ese declive obedece también, se afirma, a “la desaparición de la civilización”.

Entre las razones de esta crisis civilizatoria europea “se encuentran las actividades de la UE y otros organismos transnacionales que socavan la libertad política y la soberanía, las políticas migratorias que están transformando el continente y creando conflictos, la censura de la libertad de expresión y la represión de la oposición política, el desplome de las tasas de natalidad y la pérdida de las identidades nacionales y la confianza en sí mismas”.

Imagen de Nuuk en Groenlandia.

Pese a estas dos amenazas explícitas, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, no ha convocado a los miembros de la alianza para tomar posiciones hacia la potencial agresión. Al contrario, Rutte, quien llama a Trump “papito” (daddy), está eludiendo el tema y el 12 de enero, como si fuese el secretario general de alguna otra organización, declaró que “todo va bien”, y que la OTAN “avanza en la dirección correcta”.

El Financial Times tituló el 11 de enero que “El silencio de la OTAN ante las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia inquieta a los aliados europeos”. Curiosamente ha sido la primera ministra Giorgia Meloni una de las voces más claras en que la OTAN debe reunirse y discutir el tema. Los mandatarios de Alemania, Dinamarca y Groenlandia, España, Francia y Polonia emitieron un comunicado el 6 de enero señalando que “Groenlandia pertenece a su pueblo. Corresponde a Dinamarca y Groenlandia, y solo a ellas, decidir sobre los asuntos que afectan a Dinamarca y Groenlandia”.

En abril de 2025, antes de la ofensiva visita del vicepresidente Vance a Groenlandia, Ulrik Pram Gad, del Danish Institute of International Affairs, escribió que la UE debía acelerar su presencia y acuerdos con Groenlandia como forma de contrarrestar la ofensiva de Washington. “La Comisión Europea debe reforzar su representación en Nuuk con el fin de acelerar la cooperación con el Gobierno de Groenlandia en materia de comercio, inversión y desarrollo de recursos humanos”.

Las opciones

La cuestión de Groenlandia ha pasado de no ser tomada en serio a convertirse en un peligro inminente. Ahora la pregunta que recorre Europa no es si Trump tomará ese territorio, sino cómo lo hará. En principio hay tres escenarios.

Una es comprar Groenlandia, algo descartado por los gobiernos de la isla y Dinamarca.

Otra es la invasión. Estados Unidos aprovecha su superioridad y las bases militares que tiene en Groenlandia para desplegar una operación rápida de “hechos consumados” aprendiendo de Israel y su política en Palestina.

La tercera opción es promover la independencia, que una parte de la población de Groenlandia desea, pero bajo la tutela de Estados Unidos. Según la Administración Trump, si la isla se declara independiente, podría ser tomada por Rusia o China. Por lo tanto, el plan sería, como ha declarado al Financial Times Alexander Gray, director del Consejo de Seguridad Nacional durante el primer mandato de Trump, que Estados Unidos proporcione “un paraguas de seguridad” y asociación como el Pacto de Libre Asociación que tienen las islas de Palau, Marshall de Norte y Micronesia.

Sería un acuerdo de libre asociación. Estados Unidos tendría acceso militar exclusivo a cambio de pagos financieros. Washington, además, presionaría para que Groenlandia pasara a formar parte del acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá. Desde ahí, la anexión sería cuestión de tiempo.

En los gobiernos europeos se quiere evitar a toda costa la ruptura de la OTAN y se está explorando ofrecer a Washington un aumento de la inversión en la defensa de Groenlandia y libre acceso a Estados Unidos para la futura explotación de minerales. Esperan que esto sirva para que Trump pueda declarar que con su presión ha logrado que los europeos defiendan la zona ártica.

¿Un camino posible?

Foreign Affairs publicó esta semana un artículo de política ficción de Jeremy Shapiro, director de investigación del European Council on Foreign Relations (ECFR) en el que describe cómo la Administración Trump podría utilizar en Groenlandia inversiones, contratistas privados y ONG para proyectos de desarrollo, acuerdos culturales con la población local, becas y financiación para periodistas locales. Así mismo, expandiría sus actividades militares bajo el acuerdo de 1951. Todas estas medidas estarían orientadas a promover la ruptura del gobierno y una creciente mayoría de los 57.00 habitantes de la isla con el de Dinamarca.

Al cabo de unos pocos años, y dejados de lado el Derecho Internacional y las normas entre estados, “Dinamarca impugnaría las medidas de Estados Unidos ante la Corte Internacional de Justicia, pero el caso quedaría estancado en un limbo procesal (…). Las opiniones de los groenlandeses seguirían divididas: algunas élites acogerían con satisfacción las inversiones estadounidenses, pero la mayoría de los residentes advertirían sobre la degradación medioambiental y la desaparición cultural que se avecinaría. Nada de eso importaría”.

“Los contratistas estadounidenses continuarían prestando servicios. Washington concluiría su acuerdo de asociación con Nuuk, asumiría la plena autoridad sobre los asuntos de defensa y seguridad de Groenlandia y afirmaría que la isla representa una 'zona económica especial' de Estados Unidos. Trump declararía la victoria”.

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