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análisis

Por qué el final del tratado nuclear entre Rusia y EEUU allana el camino para una carrera atómica

Imagen del lanzamiento del primer misil hipersónico de Rusia, el 26 de diciembre de 2018.
5 de febrero de 2026 22:32 h

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Por si no fuera suficiente la inquietud que causa la deriva imperialista del trío Donald Trump-Vladímir Putin-Xi Jinping en pleno colapso del orden internacional, desde este 5 de febrero se ha añadido una nueva señal de preocupación. Al agotarse la prórroga acordada en 2021 entre Washington y Moscú, el final del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START III o New START) deja vía libre a la proliferación de las armas de mayor poder destructivo creadas por el ser humano.

Dicho acuerdo, firmado en 2010, formaba parte del instrumental de control con el que ambas superpotencias se habían ido dotando desde la Guerra Fría, nacido del convencimiento de que una guerra nuclear abocaba a la humanidad a un suicidio colectivo en el que nadie podría cantar victoria.

Así, junto con el Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM, anulado por George W. Bush en 2002) y el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, anulado por Trump en 2019), el START III establecía que ninguno de ambos actores podría contar con más de 1.550 cabezas nucleares estratégicas desplegadas, 700 vectores de lanzamiento estratégico [misiles balísticos intercontinentales (ICBM), misiles lanzados desde submarinos (SLBM) y desde bombarderos (ALCM)] y 800 lanzadores en total (desplegados o no).

Tanto o más importante aún, también creaba un sistema de inspecciones in situ, así como intercambios de datos y notificaciones sobre los respectivos arsenales.

Ahora se quiebra una dinámica que había logrado reducir significativamente el número de cabezas nucleares, desde más de 70.000 en plena confrontación bipolar hasta las aproximadamente 12.000 actuales, con EEUU y Rusia acaparando, a partes iguales, prácticamente el 90%.

Se había conseguido asimismo extender indefinidamente la vigencia del Tratado de No Proliferación (TNP), pieza angular del régimen de control a escala planetaria; poner en marcha el Tratado de Cielos Abiertos (anulado por Washington en 2020), el Tratado de Prohibición Completa de Pruebas Nucleares (CTBT, nunca ratificado por Washington y del que Moscú se retiró en 2023) y hasta el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares (TPAN, 2021, aunque no ha sido firmado ni por las nueve potencias nucleares existentes ni por ninguno de los países miembros de la OTAN).

Un panorama desestabilizador

El panorama que se dibuja a partir de este punto es altamente desestabilizador en la medida en que ambas superpotencias, sumidas en los más ambiciosos programas de modernización de sus respectivos arsenales, emiten nítidas señales proliferadoras.

Por un lado, Putin se muestra orgulloso los últimos ingenios creados en sus fábricas, con el misil de crucero intercontinental 9M730 Burevéstnik (SSC-X-9 Skyfall, en terminología OTAN) y el dron submarino Status-6 Poseidón (Kanyon, en argot OTAN) ya operativos, mientras lanza misiles balísticos hipersónicos de alcance intermedio Oreshnik 9M729 contra Ucrania. Y aunque, de momento, ninguno de ellos ha portado cabezas nucleares, el desasosiego es inevitable.

Mientras no se detecta ninguna señal de que Washington y Moscú tengan voluntad de negociar un nuevo tratado y mientras la tecnología está aún muy lejos de garantizar la impenetrabilidad de ningún escudo, todo apunta a una aceleración de la carrera nuclear

Por otro lado, Trump anuncia que ha dado órdenes de volver a realizar pruebas nucleares, algo que Washington no hace desde 1992 (y Moscú desde 1990), sin aclarar si se trata de explosiones en toda regla o ensayos de laboratorio para probar nuevos ingenios. Un anuncio al que se añade la pretensión de contar con un escudo antimisiles –denominado Cúpula Dorada–, supuestamente impenetrable, como si la historia no hubiese dejado claro que, más allá de sus limitaciones tecnológicas, ese tipo de medidas incentiva aún más la proliferación, en la medida en que el potencial enemigo procurará contar con más misiles ofensivos con los que saturar dicho escudo para garantizar que algunos de ellos llegarán con seguridad a sus objetivos.

Fue Putin el que, ya en 2023 –tras la invasión de Ucrania y cuando ambos países habían confirmado que ya habían ajustado sus arsenales estratégicos a los límites acordados–, decidió dejar de cumplir con el tratado, cerrando la puerta a las inspecciones regulares. También fue el líder ruso quien propuso, en septiembre pasado, seguir cumpliendo con dichos límites al menos un año más, sin que Trump haya respondido hasta hoy. Una propuesta, en todo caso, insuficiente si no iba acompañada de la reanudación de las inspecciones recíprocas sobre el terreno.

Sin señales de un nuevo tratado

En definitiva, mientras no se detecta ninguna señal de que Washington y Moscú tengan voluntad de negociar un nuevo tratado y mientras la tecnología está aún muy lejos de garantizar la impenetrabilidad de ningún escudo, todo apunta a una aceleración de la carrera nuclear. Una carrera en la que también hay que contar con una China que se resiste a implicarse en ningún proceso de negociación con el argumento de que su arsenal estratégico (unas 500 cabezas nucleares) está muy lejos del ruso y el estadounidense y que, por tanto, no cambiará de posición hasta que estén en niveles parejos.

Y una carrera en la que también queda por ver cómo actuarán los países de la Unión Europea ante la ruptura del vínculo trasatlántico –es decir, de la garantía de cobertura de seguridad proporcionada por Washington desde hace décadas–, si realmente quieren alcanzar la tan soñada, como de momento inexistente, autonomía estratégica.

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