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Rufián, provincia a provincia

Gabriel Rufián, Emilio Delgado y Sarah Santaolalla en el acto conjunto sobre la unidad de la izquierda bajo el título 'Disputar el presente para ganar el futuro'.
19 de febrero de 2026 21:31 h

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El político de ERC Gabriel Rufián es uno de los que mejor ha sabido leer la urgencia de lo que Trump ha llamado en EEUU las crisis de la “affordabilty”, es decir, la necesidad de hablar a una clase trabajadora que tenía unas expectativas de confort irrealizadas. Una clase trabajadora que come en casa, pasa ropa de hermano a hermano, alquila (con dificultades), no hace viajes de placer, que renuncia a tener hijos y aun así no ahorra. “Una familia, una casa” o el oscurantista “poder digital” son dos conceptos de Rufián que dan en la diana de la orfandad de representación que sienten personas de izquierdas y derechas desconcertadas con un nuevo orden mundial que no esperaban.

Las primeras se están quedando en casa sin votar, o votan de manera atomizada, de modo que el poder se fragmenta. Las segundas se ven cada vez más seducidas por Vox, que habla alto, presentando una sociedad tradicional –la de nuestros padres–, como el lugar óptimo e idílico al que ir a parar de nuevo. Si antes vivías mejor, volvamos a antes (de lo woke).

Que Rufián haya dado con la tecla –en su discurso y en la solicitud de una gran coalición de izquierdas– no quiere decir que fuera un buen líder o un buen presidente. Tampoco que hubiera un lleno total este jueves en la sala Galileo Galilei de Madrid significa que esa ilusión se transformará en voto en unas futuras elecciones generales.

Presentan algo muy difícil de hacer, pero la receta de Rufián y Emilio Delgado acierta: unirse, y luego ver quién lidera “provincia a provincia” con la “ciencia” que apliquen los partidos, que dijo el portavoz de ERC, no se sabe si en serio o con ironía. A veces la ciencia de los partidos son los bajos instintos, orgullos y rencillas, como pasó entre Pablo Iglesias y Yolanda Díaz, o como está viviendo en sus carnes la propia Isabel Díaz Ayuso con los “pocholos”.

El primer obstáculo que debe superar la audaz propuesta es la baja tendencia a la generosidad de los partidos con quienes no son ellos mismos y sus líderes. También la necesidad de que se aparte inteligentemente quien menos posibilidades tenga de seducir a un electorado. Eso supone renunciar a ciertas cotas de poder, posición en listas o dinero público. Pura política darwinista. En ese camino, existen riesgos de dejar fuera ideas interesantes minoritarias y personas interesantes en partidos minoritarios. Pero quizás el tiempo que vivimos no da para matices ni orfebrerías finas.

La ausencia de Yolanda Díaz en el acto del jueves y del próximo sábado hace pensar que estaría dispuesta a dar un paso atrás en Sumar, una plataforma que se inició como “de escucha” y que no ha logrado construirse después de tres años. ERC, Bildu y BNG ya han dado muestras de que no piensan ceder su autonomía ni converger orgánicamente con nadie. Podemos escucha y espera. IU parece preferir otro modelo menos imbricado. Compromís parece de momento el único dispuesto a embarcarse en el modelo Rufián.

Es, desde luego, una propuesta que requiere un cambio mental, un sacrificio. Romper los límites clásicos de los partidos y rebajar sus egos y autonomías en pos de un bien común mayor, que sería un voto menos fragmentado y con más posibilidades. Habría que pactar provincia a provincia, pero también casi todo todo el rato. Un dolor de cabeza, se entiende, que pretende evitar otro mayor.

Pero es una propuesta que no puede tratar solo de frenar a la ultraderecha. Tiene que apadrinar asuntos clave que vagan sin dueño claro: regular las redes sociales, reparar la crisis de la inflación, remediar la emergencia de la vivienda de manera real, tener una política migratoria clara, fortalecer la sanidad y educación públicas, atreverse a regular los excesos cometidos por fondos y monarcas de la economía, una política fiscal realmente redistributiva... Es decir, proponer gobernar de manera clara y decidida para esa ciudadanía que, ausente de información y propuestas directas, tiene la tentación de buscar experimentos o caer en el qualunquismo italiano.

Los partidos de la izquierda se arriesgan a perder todos algo si abrazan la propuesta de Rufián. Por malo que sea, quizás sea mejor que perder todos todo.

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