CRÓNICA

Casado Soto descansa 'extramuros' como Ilustre de Santander

Paco Gómez Nadal / Santander

21 de junio de 2025 19:51 h

0

¿Cuánto tiempo debe pasar hasta que recordar al padre, al compañero de vida, no suponga derramar lágrimas? ¿Cuántos actos simbólicos serán necesarios para devolver a un ser excepcional lo entregado a su comunidad, a su territorio?

Si “el hambre de la muerte” —como escribiera José Martí— no se hubiera saciado un 4 de septiembre de 2014, este 21 de junio José Luis Casado Soto habría cumplido 80 años. Pero lo que ha ocurrido este sábado, en lugar de una celebración del cumpleaños imposible, ha sido una conmemoración de la memoria, de la cosecha, de la inmensa huella humana dejada en Santander por el escritor, historiador, arqueólogo y museógrafo. Para describir el tumulto de emociones que rondaba el cementerio de Ciriego solo se puede recurrir a los versos sabios de otros hombres buenos.

Escribía Martí que “duele mucho en la tierra un alma buena” y, quizá por ello, ahora los restos de Casado Soto están a algo más de un metro de altura respecto a la tierra, tras una nueva lápida que lo sitúa en el Panteón de Personas Ilustres de Santander, en el cementerio de Ciriego. Antes de depositar la pequeña cajita de madera que contiene un inabarcable recuerdo colectivo y de sellar el cubículo con una pesada losa de mármol, su familia ha trazado el gesto de quien, según su esposa, Rosa Coterillo del Río, —y parafraseando a Antonio Machado— “más que un hombre al uso que sabe su doctrina, fue, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Y duele mucho en la tierra un alma buena.

Rosa recordó lo que alguien contó del cumpleaños del niño que teniendo 6 o 7 años recibió como regalo 25 pesetas —“que era dinero en esos principios de los años 50”— allá por la calle del Alta que había sido rebautizada como del General Dávila y que, sin decirle nada a nadie, se escapó hacia la zona de la también rebautizada varias veces Plaza Pombo a gastarse hasta la última peseta en libros y papeles. “Apuntaba maneras el muchacho”.

Luego, Clara y Carmen, sus hijas, con los ojos inundados del amor indeleble convertido en rocío inesperado de un día de junio muy santanderino, hablaron de la capacidad “de responder a todas las preguntas adaptándose al lenguaje y a los conocimientos de aquel que la hacía”. Fuera una hija, primero, un nieto, después, un alumno o un auditorio lleno de expertos. Por si faltaba una pincelada en este dibujo humano, el generoso y pausado sacerdote Ernesto Bustio llegaba desde Güemes para superar la pequeña loma que aleja a los ilustres del suelo para contar cómo un José Luis de 19 años le acompañó en un largo viaje en autostop desde Cantabria hasta Alemania, donde el religioso iba a visitar a los tresvisanos migrantes. “Allí estuvo conmigo dos meses y, mientras yo cumplía mi misión, él trabajó para ganarse la vida hasta el momento de la vuelta. Aprendió otros conceptos cargados de humanismo”.

Lo que no se escuchó, pero casi podía intuirse, era el run run de las memorias vivas que asistían al acto. Porque entre las 120 personas diversas que conformaban el público de este acto había investigadores, políticos, académicas, amigas y amigos, familia… y parecían escaparse de sus gestos contenidos miles de recuerdos o quizá un único instante congelado en el recuerdo íntimo. “Es impresionante todo el cariño, de todos los sectores, que se mantiene a pesar de haber pasado ya más de una década de su muerte”. Aurelio (Yeyo) González-Riancho era uno de esos grandes amigos de Casado Soto y, por lo tanto, lo sigue siendo. De hecho, hace apenas tres días presentaba en la ciudad que ahora premia al investigador y divulgador científico un libro en el que bajo el título Santander, según José Luis Casado Soto Yeyo ha terminado el trabajo inconcluso del homenajeado. “Por todo el mundo, sin distinción de color político o de forma de pensar”, insistía conteniendo al emoción.

Al acto asistieron otros personajes importantes, pero en el silencio que contiene el ruidoso recuerdo de quienes viven —seguimos con Martí— “la flor del sueño” también se podían intuir complicidades. Porque en el Panteón de Personas Ilustres, que en realidad son dos y franquean la entrada a las eternas rutas de Ciriego, estaba presto a ayudar a Casado Soto en este tránsito quien fuera su mentor y amigo, el arqueólogo, historiador y filólogo Joaquín González Echegaray. Escuchaba el eco del acto en el atestado Panteón que mira al este. En el que mira al oeste, donde se ha depositado hoy los restos del hijo predilecto de Santander (nombrado así en 2014, tras su muerte), y justo unos centímetros por encima de él, otros dos guardianes de la historia y del conocimiento: el prehistoriador Jesús Carballo García y el investigador del folclore Sixto Córdova y Oña.

[Paréntesis necesario: Casado Soto construyó una memoria de la ciudad ajustada a la realidad, con sus proporciones, nombres y realidades contenidas en restos arqueológicos, mapas, documentos… Y si hay que decir toda la verdad, el Panteón en el que ahora descansa no es tan riguroso. De las 19 personalidades reconocidas con un espacio en estos ilustres panteones solo hay una mujer (Sor Ramona Ormazábal). De hecho, según explica el propio Ayuntamiento, su inclusión supuso un cambio en el nombre de este panteón para hablar de ‘Personas Ilustres’, aunque en el frontispicio siga rezando “Santander a sus hijos ilustres”. Ciriego no deja de ser un reflejo de nuestra sociedad y sus calles sin tráfico y sus silencios a gritos reflejan los desequilibrios provocados por quienes no creen en la rigurosidad histórica. De hecho, a unos metros del Panteón de Ilustres que mira a poniente se encuentran los monolitos tallados con los cientos de hombres y mujeres fusilados para limpiar la historia de los rebeldes. Un poco más lejos, en dirección a oriente, está el casi anónimo nicho donde descansan los restos del heroico Rafael Rodríguez Rapún, para quien no hay honores oficiales sino memoria popular. Ahora, en los solemnes panteones del Ayuntamiento quedan cinco oportunidades para que la memoria contenga, además de recuerdos merecidos, justicia con las decenas, cientos de mujeres que ha hecho historia en la ciudad y que, a duras penas, se van abriendo camino en el descompensado nomenclátor.]

Suena un cuarteto de cuerda protegido por una endeble carpa porque la jornada ha amenazado lluvia y algo que no llega a ser chirimiri se cuela en los huesos de vivos y muertos, que hoy comparten cielo y tierra por un rato. Gema Igual, la alcaldesa de Santander, ha loado, como corresponde la biografía de quien “no solo fue un historiador, sino que fue un custodio de nuestra memoria” y un alto porcentaje de la corporación municipal ha hecho presencia. Un concejal reconoce en voz baja no saber mucho sobre Casado Soto; la aparición de Ignacio Diego, el expresidente de la Cantabria, genera algo que tampoco alcanza a ser rumor; por mucho que se busque, no parece haber seña de la actual administración autonómica; hay una vasta representación de asociaciones, fundaciones y entidades que trabajan en la defensa del patrimonio o en la preservación de la memoria; hay bastante uniforme militar —Casado Soto es un referente mundial en la historia naval—; está Gerardo García Castrillo, ya jubilado, el compañero de tantos años junto a Casado Soto en el Museo Marítimo del Cantábrico y su sucesor después del hurto inesperado de la muerte. Hay ausencias más llamativas, pero en estos actos lo que importan son los hilos que quieren tejer memoria en común y no los ovillos que se protegen en algunas atalayas.

El propio José Luis Casado Soto, en un artículo publicado en 1985 por la Universidad Complutense de Madrid sobre Santander, el caso de una villa de desarrollo urbano bajomedieval paralizado en el siglo XVI, sabía describir con precisión cómo el conocimiento de la historia explica algunos comportamientos contemporáneos: “La peculiar organización del espacio urbano a que daba lugar la estratificación social de la población santanderina durante el período considerado, no era otra cosa que una segregación de hecho entre los grupos más acomodados (linajes y sus parientes, así como canónigos, comerciantes y artesanos), asentados dentro del perímetro murado, y el conjunto de los dotados con rentas más bajas (agricultores y, sobre sobre todo, pescadores), habitantes de los barrios extramuros. Tal segregación urbana era tan evidente, que fue asumida por el grupo dominante como justificación radical de las diferencias sociales, tomando ideológicamente como causa lo que era efecto. El procurador general de la villa Juan de Ibarra, representante cualificado de la oligarquía local, lo dejó claramente escrito en su alegato para mantener la preeminencia de Santander contra la pretensión de Laredo, a la cabeza del Corregimiento en 1557, cuando argumenta ‘que los vecinos de Santander habían fecho tantas hazañas, y eran tan preeminentes, que a los pescadores no les permitieron vivir entre sí, y vivieron y viven en las calles más apartadas, fuera de los muros’”. Hoy, los restos del eminente investigador descansan extramuros mientras su obra y su semilla se multiplica por el orbe.