El negocio con las personas: adopta a un abuelo
A nadie se le ocurriría montar una empresa con forma de fundación bajo el nombre 'Adopta un adulto', o 'Adopta un parado', o 'Adopta un fontanero', o 'Adopta un cántabro', o 'Adopta un inmigrante'. Sonaría desagradable y llevaría en sí una carga brutal de cosificación, desprecio y victimización de la condición de adulto, desempleado, fontanero, cántabro o inmigrante, pero parece que las personas mayores son un campo fértil para los negociados camuflados de bondad.
Algo me había llegado sobre un programa en Madrid que llevaba ese infame título: 'Adopta Un Abuelo' (AUA). La cosa se sube a la moda del 'combate' contra la soledad no deseada —una de las milongas sociales que más dinero mueve— y utiliza decenas de imágenes de viejas y viejos felices porque un/a voluntario/a les ha dedicado tiempo. El selfie en compañía y con sonrisa incorporada es clave para extender el negocio. Si durante muchos años sufrimos los coloniales programas de 'Adopta un niño en África', esto podía llegar hasta la puerta de nuestra casa.
El negocio toma dimensiones siderales: recepción en la Casa Real, premios a la “innovación social” y ofertas de empleo que parecen de Google: flexibilidad para el teletrabajo, vestimenta informal, viaje anual de equipo, espacios abiertos, 31 días de vacaciones. Escucho su publicidad en una de las emisoras de radio nacionales con más audiencia en horario de lujo. Indago. En una página donde los buscadores de empleo hablan sobre las promesas y las realidades en las empresas hay decenas de mensajes alertando sobre la “estafa” de AUA, sobre la alta rotación laboral, sobre el uso y abuso de las personas mayores, sobre el cobro a voluntarios…
Esta 'ONG' no tiene director, sino CEO, Alberto Cabanes —chico blanco con cuerpo de gimnasio, MBA carísimo en el currículum y felicidad incorporada en su perfil de Linkedin con miles de seguidores y frases de filosofía casera buenas para las tazas de Mr. Wonderful—, que ya exporta su 'producto' a varios países y recibe premios como emprendedor social, mientras los medios de comunicación multiplican su negocio sin plantearse los límites éticos de esta supuesta actividad benéfica —el viaje de empresa debe entrar en la categoría de 'plusvalía moral'—.
En este sistema, las personas somos negocio o no somos. Por eso, hay multinacionales dedicadas a las residencias de mayores, la Inteligencia Artificial contra la soledad o los cuidados a domicilio, pero no hay atendiendo a inmigrantes menores no acompañados o a personas sin hogar
Esta especie de Tinder para tranquilizar la moral es, en realidad, la punta del iceberg de algo tan grave como la monetización de la vida y la cosificación de las personas mayores, que son presentadas como un grupo homogéneo frágil, que sufre de esa enfermedad inventada que es la soledad no deseada (consecuencia y no causa; sentimiento y no patología) y que genera grandes oportunidades de 'negocio' (si no, que se lo pregunten a los gurús de la silver economy o a los gestores de la Feria de Mayores que está por empezar en Santander).
En este sistema, las personas somos negocio o no somos. Por eso, hay multinacionales dedicadas a las residencias de mayores, la Inteligencia Artificial contra la soledad o los cuidados a domicilio, pero no hay atendiendo a inmigrantes menores no acompañados o a personas sin hogar. Los seres que no son negocios son menos humanos que unos 'viejitos' a los que podemos tomar fotos o grabar vídeos con ese aspecto tierno, o de los que podemos afirmar que todos son “geniales”, obviando su biografía personal —algunas cargadas de maldad como otras son heroicas— o las realidades que los abocan a la soledad —en caso de que la vivan como un problema—. El siguiente paso será un 'emprendimiento' que proponga adoptar uno de los niños o niñas (36% del total) que llegan con hambre a la escuela y que las voluntarias los esperen a la puerta del centro con un bocata de mortadela; u otro que permita “adoptar un torero”, donde los voluntarios aguanten la muleta y limpien la sangre después del ritual de muerte… tiempo al tiempo.
Hay que abrir una reflexión profunda sobre los límites de la 'bondad' hecha negocio, de este “humanitarismo” cool que nos permite ignorar las pateras de la muerte, el genocidio en Gaza, los presos políticos o los millones de desplazados forzados que vagan por el planeta a cambio de dedicar dos horas de nuestra vida a jugar al parchís con una persona mayor que vive en una residencia.