Cantabria Opinión y blogs

Sobre este blog

La portada de mañana
Acceder
El Congreso estudia expulsar a los agitadores Quiles y Ndongo permanentemente
La derechización andaluza en una década: de feudo de izquierda a mayoría del PP
Opinión - 'El arte de mediar (a propósito de unas ratas nadadoras)', por A. Garzón

Para tener la razón

13 de mayo de 2026 21:16 h

0

Tener la razón tiene evidentes beneficios para la persona que posee tan preciado tesoro: mejora la sensación de bienestar emocional del sujeto; ayuda al alimento de la autoestima; permite identificar al resto como errados —en el mejor de los casos— o como enemigos; supone triunfar en las comidas con amigos o familiares porque se puede desplegar la razón propia con el extra de combustible que da la posesión total de la razón; es casi garantía de éxito en la reunión de la comunidad de vecinas o en la asamblea del movimiento social al que vayamos para restregar nuestra razón al resto; es la tinta de cientos de pancartas; supone abono de calidad para la pureza moral del moralista, y es una de esas posesiones que no se desgastan ni se desvalorizan. Apenas requiere algo de gasto en el mantenimiento para reforzar cada cierto tiempo las convicciones y asegurarse de que las dudas no generen pérdida de aceite.

En este tiempo tener la razón sólo requiere de cierta vocación esencialista, de limitar la contaminación con ideas ajenas a las nuestras, de evitar el roce con personas, colectivos o garrapatas que puedan disentir ante nuestras razones, y salpimentar la pureza con cuatro datos que eviten las heridas que podrían generar las astillas de los interrogantes. Trump o Putin están convencidos de tener la razón; Sánchez y Núñez Feijóo sólo coinciden en que ambos tienen la razón; estoy seguro de que usted tiene la razón y, a veces, hasta yo debo tener la razón.

Para tener la razón sólo hay que tener la razón. Parece un pleonasmo pero es la fantástica fórmula de la infalibilidad. Ese convencimiento personal y absoluto ya nos da la razón. Luego, buscamos a otras u otros que carguen con las mismas razones en la mochila o que tengan menos argumentario que el propio para poder apabullarlos y meterlos en nuestra trinchera. Porque la razón propia es trinchera desde la que lanzar el ataque dialéctico, sí, pero también refugio en el que parapetarse.

Hay razones rotundas, y tienen que ver con la religión o con la ideología política —la religión de la Modernidad occidental—; hay razones instrumentales —siempre útiles en momentos de asedio—; hay otras razones que son estructurales —el yo patriarcal, la razón racista, el sesgo fascista o el moralismo vanguardista—, y hay algunas razones vulgares que sólo sirven para defender la tortilla de patatas con cebolla contra aquella que adolece de este género de amarilidáceas.

Es importante no confundirse: no es lo mismo “tener la razón” que guiarse por la razón, al igual que no es equivalente lo racional a lo razonable. “Tener la razón” es un triunfo en sí, es un acto onanista que no atiende a razones, es negar la razón del otro, es poder estrellarte tercamente contra una pared estando seguro de que estás atravesando una campiña. Parafraseando al gran Perich —que nos dejó hace demasiadas décadas— “un fanático es un individuo que tiene razón aunque no tenga razón”. Cuando en realidad, siguiendo con el genial escritor y dibujante y sus aforismos, lo único “totalmente cierto (es) que no existe nada totalmente cierto”.

La que fue mi hermana de elección —y que también me dejó hace ya demasiados años— solía decir que confiaba en la gente que podía cambiar de opinión; es decir: la gente que podía descabalgar su propia razón y atender a otras razones dispuestas a frenar el trote triunfal de los que están en el lado correcto de la historia.

Para tener la razón sólo hay que tener la razón. La más pura, la más inexpugnable, la más arrojable. Tener la razón nos permite tener la certeza del único dios verdadero, conocer la única ideología por la que merece dar la vida, enarbolar la bandera de la única nación elegida, optar por el mejor modelo educativo para nuestras crianzas, militar en el partido o sindicato que no se equivoca, o defender los colores del único equipo que merece ascender de categoría… Tener la razón es maravilloso. El problema es que suele ser poco razonable, nos obliga a relacionarnos solo con los que tienen una razón similar, y nos impide disfrutar de la diversidad y de las contradicciones de la vida. Me apunto a no tener la razón.