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La clase de Ciencias Naturales

Las ciencias adelantan que es una barbaridad. Su didáctica probablemente también. Lo que sigue es un recuerdo de hace más de 50 años.

Aula durante una clase en la Universidad de Extremadura

Aula durante una clase de ciencias.

La mayoría de los enseñantes del Instituto no eran propiamente profesores, y García, el de Ciencias Naturales, no era una excepción. García era practicante. Los practicantes entonces iban por las casas para poner inyecciones. Llenaban de agua la cajita de metal que contenía la jeringuilla, empapaban en alcohol un trozo de algodón, le prendían fuego y sostenían con una pinza el envase sobre la llama hasta que el agua hervía. La misma aguja, así desinfectada antes de cada empleo, servía para todo el pueblo. El procedimiento aseguraba a los microbios una muerte científica, pero tenía todo el aspecto de un ritual mágico, lo que a no dudar multiplicaba la eficacia del invento de Alexander Wood.

García era alto y delgado, de unos 35 años, con bigote recortado, siempre de traje gris con corbata, y muy serio. No nos permitía ninguna confianza y no reía nunca. Fumaba mucho, aspiraba aparatosamente y echaba un enorme chorro de humo contra la mesa del profesor, frente a los veintitantos pupitres dobles, mientras nos tomaba la lección, actividad ejecutada con más frecuencia y dedicación que la de explicarla: la lección era estrictamente la que figuraba en el libro. García era un maestro en el arte del interrogatorio: si no sabías la respuesta a una pregunta se detenía ahí, fumando tranquilamente, mirando al tendido como dándote tiempo para que recordaras. Pero tú no podías recordar lo que no sabías y se creaba un silencio absoluto, denso, largo, ocupado por el espectáculo del enorme chorro de humo que salía de boca y narices del dragón, digo, del profesor de Ciencias Naturales.

En ninguna otra clase se oía mejor a las moscas volar, y no pocas veces ese sonido precedía exasperadas explosiones de la ira de García, su vocación docente contrariada por nuestra nula disposición a recibir conocimientos.

En una ocasión hizo subir a la tarima a Menéndez, uno de los menos espabilados de la clase. La lección de ese día versaba sobre el aparato respiratorio. Tras un rato de diálogo deslavazado, que dibujaba muy bien la ignorancia casi perfecta de Menéndez, García pregunta por el nombre del único músculo del sistema respiratorio controlable a voluntad, situado por debajo de los pulmones. Como todos sabíamos que ocurriría, Menéndez guardó silencio.

García fumaba. Una calada intensa…, un chorro inmenso. Mirada a la ventana, a Menéndez, a la clase. Otra calada…, otra nube de humo. Nosotros sentíamos que el timbre iba a sonar en cualquier momento porque no era posible que aquello durara más, pero no, el timbre no sonaba: la ira de García, que sabíamos por experiencia que iba acumulándose en silencio, tenía el poder de detener el tiempo.

Las moscas, mientras tanto, recorrían toda la clase, sin posarse, orgullosas de que se las sintiera presentes: no les pasaba lo mismo en otras aulas, y disfrutaban muchísimo con la novedad.

Finalmente García se decide a ayudar al desgraciado y le da una pista:

—Es el mismo nombre del de una parte de las máquinas de fotos.

Un fogonazo de comprensión ilumina de pronto la cara de Menéndez, que se lanza a responder cual centella:

—¡El flash!

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