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¿Qué hacer cuando deje de llover?

Jesús Marcos Gamero

Investigador especializado en el estudio de los impactos del cambio climático en las sociedades y sus estructuras —

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Se plantean tres cuestiones relevantes que es necesario tener en cuenta tras el ciclo de borrascas que han barrido la península ibérica en las últimas semanas: su evidente vínculo con el cambio climático; los impactos sobre diferentes sectores considerando perdidas y daños en infraestructuras, agricultura y otros recursos económicos y materiales; y por último, la necesidad de prepararnos si estos fenómenos extraordinarios van a ser la norma a partir de ahora.

El impacto del cambio climático

El agua es una bendición para el campo. Pero no de esta forma, por favor. Las organizaciones agrícolas cifran en más de 2.500 millones de euros las pérdidas del sector debido al paso del tren de borrascas por nuestro país. Otros sectores productivos como el turismo o las propias infraestructuras han sufrido este fenómeno y está por ver el cálculo total de perdidas.

Hay que culpar a alguien de este desastre, y aunque lo fácil sería, y más en estos tiempos, culpar al Gobierno, vamos a apuntar al cielo y a nuestros gases de efecto invernadero y, por tanto, al cambio climático, porque todo lo que sube… baja.

Si no ha leído o escuchado ya las explicaciones que explican este fenómeno de borrascas, deberían hacerlo, pero permítanme hacer un breve resumen.

Las puertas del Atlántico se han abierto hacia la península, debido a que 'nuestro guardián' que es el anticiclón de las Azores se ha debilitado y desplazado de su posición habitual. Esto permite que la corriente en chorro (jet stream), que normalmente guía las borrascas hacia el norte de Europa, circule más al sur y dirija de forma persistente los frentes hacia la península 'bérica.

Otro elemento añadido es como en zonas del Atlántico tropical y el Caribe las temperaturas superficiales del mar están anómalamente altas, lo que conlleva a una mayor evaporación de agua. Cuando ese aire húmedo se traslada y conecta con las borrascas, estas se vuelven mucho más intensas de lo habitual para la época del año en la que estamos.

Por tanto, la influencia del cambio climático ante la ocurrencia de este fenómeno, aún más allá de la necesidad de disponer de estudios que permitan cuantificar su influencia, se antoja como fundamental.

Podemos plantearnos si este patrón tan húmedo y persistente se repetirá el próximo año. ¿Estamos ante un episodio excepcional o ante una nueva normalidad en los inviernos de la península ibérica?

De momento lo que observamos es que desde 2024 hay una tendencia clara y en aumento a experimentar borrascas más frecuentes y con mayor impacto. Los episodios de lluvia son más persistentes y con acumulados muy superiores a la media histórica y con una mayor duración.

Pero también debemos entender que entre las características del cambio climático está la de su carácter incierto. Hemos entrado en un terreno desconocido provocado por nosotros mismos al cambiar las reglas habituales del clima.

Los patrones del pasado, basados en un clima estable, ya no sirven para anticipar con seguridad lo que ocurrirá en el futuro.

El impacto en infraestructuras, agricultura y otros sectores

Resulta difícil resumir en poco espacio la cantidad de pérdidas y daños que han causado las lluvias de las últimas semanas, pero se pueden identificar diferentes sectores especialmente expuestos por su función estratégica y su vulnerabilidad a episodios extremos. Analizar su impacto de forma diferenciada permite dimensionar mejor los riesgos y anticipar medidas de adaptación y refuerzo.

Estamos viendo como la red viaria, con carreteras, autovías o puentes, están sufriendo deslizamientos, cortes prolongados y daños estructurales por crecidas; la red ferroviaria, ya fuera convencional o de alta velocidad, está sufriendo desde la inundación de sus plataformas, corrimientos de tierras y en general interrupciones prolongadas del servicio; otro caso es el de los fuertes vientos que están provocando problemas en el suministro de la red eléctrica; en cuanto al saneamiento y drenaje urbano, ya estamos observando el desbordamiento de alcantarillado o inundaciones urbanas; otro de los principales problemas es el relativo a la gestión de las presas, con una gestión más compleja de desembalses o el estrés que están sufriendo esas estructuras sobre todo en el caso de las más antiguas.

Los puertos e infraestructuras costeras sufren daños por temporales marítimos más frecuentes, sobrecarga en diques y problemas operativos continuos; los hospitales y otros centros críticos están en riesgo ya fuera por inundaciones, accesos anegados o posibles fallos eléctricos; las telecomunicaciones pueden sufrir cortes de fibra y suministro eléctrico que afectan a la conectividad en amplias zonas; el problema en viviendas y urbanismo en zonas inundables conlleva un incremento de daños estructurales, inhabitabilidad recurrente y encarecimiento de seguros o pérdida de asegurabilidad.

La cuestión de los seguros también es relevante en el caso de la agricultura. Este último sector ha sufrido especialmente los últimos fenómenos climatológicos, con pérdidas millonarias en el sector con cultivos anegados durante semanas, pérdida o deterioro de caminos rurales, daños en sistemas de regadío y drenajes o daños en instalaciones físicas entre otros. Estas afecciones no solo comprometen la producción inmediata, sino que pueden reducir la capacidad productiva de las explotaciones durante varias campañas, encareciendo costes y dificultando la recuperación del sector.

Necesidad de elevar el nivel de protección y adaptación ante una nueva normalidad

Imaginemos que estos periodos lluviosos en invierno se van a repetir cada año con la misma o mayor intensidad que los dos últimos. Este escenario también sería una expresión clara del cambio climático, aunque no tuviera que ver directamente con las cada vez más altas temperaturas del verano. El cambio climático no es solo calor: es alteración de patrones, de ritmos y de equilibrios que dábamos por estables.

Conviene recordarlo frente a quienes, como Donald Trump y otros negacionistas patrios, confunden el tiempo de un día concreto con el clima de décadas. El clima se mide en tendencias largas y comportamientos repetidos, no en episodios aislados de frío o lluvia. Por eso, hablar de cambio climático es hablar también de borrascas más persistentes, de inviernos más extremos o de fenómenos que se encadenan con mayor frecuencia.

Si proyectamos esta tendencia hacia los próximos años, y las borrascas se intensifican aún más, el desafío dejaría de ser coyuntural para convertirse en estructural. Nuestra atención debe centrarse en las infraestructuras y recursos críticos -energía, transporte, agua, agricultura- y en la necesidad de reforzarlos y adaptarlos ante un futuro más incierto y exigente.

Ante ese escenario, la respuesta no puede ser improvisada, sino estratégica y multinivel: planes de adaptación coordinados entre el Estado, las comunidades autónomas y los municipios, alineados con los marcos europeos y sectoriales.

Será necesario actualizar planes de emergencia, invertir en infraestructuras resilientes, revisar normativas urbanísticas y reforzar los servicios públicos que sostienen la respuesta en crisis -protección civil, sanidad, gestión del agua y energía- frente a las dinámicas de privatización que no hacen sino debilitar su capacidad operativa. Además, la adaptación debe incorporar a la ciudadanía, al tejido productivo y a la comunidad científica en procesos participativos que generen corresponsabilidad, prevención y cultura del riesgo.

Pero también hay una cuestión que debemos tener en cuenta y es cómo nos va a afectar esta nueva normalidad, tanto a nivel colectivo como individual. Como sociedad, pondrá a prueba nuestra capacidad de organización, solidaridad y apoyo mutuo ante unas emergencias cada vez más frecuentes, así como la equidad en la distribución de ayudas y recursos.

Y en el plano individual, la repetición de episodios extremos, la incertidumbre constante y las pérdidas materiales pueden generar ansiedad, fatiga emocional y sensación de vulnerabilidad, convirtiendo la salud mental en un factor clave de resiliencia colectiva.