El agua que pasa de largo: la voz de Castilla-La Mancha en el Día Mundial del Agua
Dicen que el agua es vida, y que donde hay agua, hay futuro. En Castilla-La Mancha lo sabemos bien, quizá porque llevamos demasiados años viendo cómo la vida pasa de largo, canalizada en tuberías, ríos y un trasvase que atraviesan nuestra tierra sin quedarse. Somos una región con nombres que evocan al agua (Guadiana, Tajo, Júcar), pero que muchas veces la siente como un bien ausente, esquivo, casi prestado.
Cada 22 de marzo, al celebrarse el Día Mundial del Agua, nos acordamos de algo que, más que recurso, es un derecho. Y, sin embargo, aquí en el corazón de España, aún tenemos que reivindicar lo evidente: el agua debería servir primero para sostener nuestra tierra, nuestras familias y nuestros pueblos.
No puede ser que, mientras el trasvase lleva vida a otras zonas, decisiones políticas tomadas durante décadas desde despachos lejanos hayan convertido nuestros ríos en simples vías de paso. Mientras tanto, nuestros agricultores siguen mirando al cielo esperando una lluvia que no siempre llega, ni una planificación justa que les permita regar y producir sin endeudarse.
La agricultura familiar, heredera de generaciones que aprendieron a trabajar el campo con esfuerzo y respeto, necesita agua no para hacer negocio, sino para mantener vivo el entorno rural. Sin agua no hay cultivos, sin cultivos no hay trabajo, y sin trabajo el pueblo se marchita. El abandono de los campos no es solo consecuencia de la sequía climática, también de una sequía política que ha relegado a Castilla-La Mancha a ser tierra de paso.
Pero la injusticia no termina ahí. En los últimos años, estamos viviendo otro fenómeno que preocupa: la privatización del agua destinada al consumo humano. El agua de beber, la que debería estar garantizada por ser un bien básico, empieza a convertirse en un producto más, con tarifas que castigan a quienes menos tienen y con una gestión que a menudo se aleja de la gente. El agua no puede ser un negocio; el agua es un derecho. Y ese derecho debe estar protegido por leyes, pero también por conciencia social.
Castilla-La Mancha no puede ni debe resignarse. Somos una tierra de secano, sí, pero también de ingenio, de lucha y de esperanza. Desde los pueblos más pequeños hasta las ciudades, deberíamos levantar la voz para reclamar una gestión del agua que piense en la región como un todo, que entienda que sin recursos hídricos propios no hay desarrollo posible. El agua no solo riega los campos: riega las raíces de nuestra identidad.
En este Día Mundial del Agua, miremos nuestros ríos con respeto, pero también con exigencia. El agua que nos atraviesa no puede seguir siendo símbolo de pérdida, sino de justicia. Que se quede, que se reparta con equidad, que sirva para vida y no solo para consumo ajeno. Porque el futuro de Castilla-La Mancha, sus campos, sus pueblos y su gente, también depende de que el agua deje de ser un espejismo y se convierta por fin en un derecho garantizado. No pedimos privilegios, pedimos justicia. Y la justicia empieza por algo tan sencillo como que el agua de nuestra tierra sirva también para sostenerla.