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Cuando arde Castilla-La Mancha, arde nuestra memoria

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Hay dolores que no se pueden explicar con palabras. Se siente en el pecho, en la garganta, en la mirada. Uno de ellos es contemplar cómo arde un bosque.

Estos días, Castilla-La Mancha vive con angustia el enorme incendio de la Sierra Norte de Guadalajara. Más de 32.000 hectáreas arrasadas se han convertido en el mayor incendio forestal, por superficie, de la historia de nuestra región. Más de mil personas han tenido que abandonar sus hogares y numerosas poblaciones han vivido el miedo de ver el fuego acercarse.

Detrás de cada cifra hay una tragedia humana. Detrás de cada hectárea quemada hay árboles que tardaron décadas en crecer, animales que han perdido su refugio, paisajes que ya no serán los mismos y personas que han visto desaparecer parte de la tierra que les daba identidad y sustento.

Nuestra tierra, tantas veces considerada pobre, posee una riqueza extraordinaria. Sus montes, bosques, paisajes y ecosistemas son un patrimonio que no se mide solo en términos económicos. Son nuestra memoria, nuestra identidad y una herencia que debemos conservar y entregar a las generaciones futuras.

Por eso duele ver cómo esa riqueza desaparece entre las llamas. Y duele aún más cuando quienes tienen la responsabilidad de protegerla no han estado a la altura.

No basta con lamentar las tragedias cuando llegan. La verdadera responsabilidad comienza mucho antes: en la prevención, en la gestión y el mantenimiento de los montes, en la vigilancia, en la planificación y en decisiones valientes. Los bosques no pueden quedar abandonados a su suerte. Quienes gobiernan tienen una obligación que no pueden eludir.

Proteger el patrimonio natural no es un lujo. En las comunidades con mayores dificultades económicas, el cuidado de los bosques debe ser una prioridad absoluta. La pobreza nunca debe convertirse en excusa para descuidar nuestra verdadera riqueza. Al contrario, debería impulsarnos a protegerla con mayor determinación. Nuestros bosques pueden generar empleo, oportunidades, desarrollo sostenible y futuro. Pero, sobre todo, representan la vida.

La responsabilidad no recae solo en las instituciones. Todos tenemos una parte. La ciudadanía debe exigir, vigilar, participar y cuidar. Debemos recuperar la conciencia de que el monte no es de nadie y, al mismo tiempo, es de todos. Es patrimonio común.

Necesitamos recuperar la dignidad de sentirnos responsables de la tierra que habitamos. Dignidad para no mirar hacia otro lado. Dignidad para exigir a nuestros dirigentes que cumplan con su deber. Dignidad para comprender que la protección de la naturaleza no puede depender de la improvisación ni de la reacción ante la catástrofe.

Mientras celebramos con alegría los triunfos que nos unen como país, contemplamos con dolor el fuego devorando nuestros montes. Esa contradicción debería obligarnos a detenernos y preguntarnos qué estamos haciendo y qué estamos dejando de hacer.

No podemos acostumbrarnos a ver arder nuestros bosques. No podemos aceptar el fuego como una fatalidad inevitable. No podemos resignarnos a que cada incendio nos robe un pedazo más de nuestra tierra.

No podemos permitir que nos roben nuestra riqueza, nuestra memoria y nuestro futuro. Para que, cuando volvamos a mirar nuestros montes, no veamos solo una tierra pobre, sino una tierra viva, llena de historia, de belleza y de posibilidades

El fuego puede destruir en unas horas lo que la naturaleza tardó décadas o siglos en construir. Pero la indiferencia puede ser todavía más peligrosa.

Por eso necesitamos despertar. Necesitamos cuidar. Necesitamos exigir. Necesitamos que quienes tienen responsabilidades públicas comprendan, de una vez por todas, que proteger nuestros bosques no es una opción, sino un deber imperdonable.

No podemos permitir que nos roben nuestra riqueza, nuestra memoria y nuestro futuro. Para que, cuando volvamos a mirar nuestros montes, no veamos solo una tierra pobre, sino una tierra viva, llena de historia, de belleza y de posibilidades.

Castilla-La Mancha merece ser amada, protegida y respetada por todos y para siempre.