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Cuando desperté, el presente había dejado de existir. El pasado no pesaba ni como raquítico recuerdo. Solo en el futuro adquirían forma los hechos. Allá, en un universo tan distante, la conciencia era de penúltima generación. Las emociones se fabricaban con materiales sintéticos. Allí no se sufría el zarpazo de una pérdida, ni desgarraba un desamor. Lo impalpable -todo eso que ocurre piel adentro- estaba maquinalmente programado. Ni sufrimientos, ni deseos. El corazón latía solo para mover las piernas. Volví a dormirme y ya solo éramos anclajes en el tiempo; aquella pista de baile resbaladiza donde no hacíamos pie.
¿Paraíso o apocalipsis? Cuando se sueña con el futuro no hay término medio. Un mundo cómodo y seguro gracias a una tecnología adaptada a nuestras necesidades. O, quizá, un planeta aún más deshumanizado que camina hacia la catástrofe. ¿Distopía o sueños de revolución? Si pregunto a los hijos, dicen que no quieren saber nada, solo les interesa el plan de esta tarde. Si cuestiono a los abuelos, estos no se atreven a hablar más allá de pasado mañana. Lo demás queda muy lejos. No me extraña. La pregunta tiene miga. Imaginar el futuro no es tarea fácil. Esta es una faena para valientes.
O para visionarios atrapados en una idea. Las mareas de la historia nos devuelven unas cuantas botellas con mensajes proféticos dentro. En 1830, desde Londres, Marcelino Calero y Portocarrero fabuló con el tren antes de que circulara. Algo que solo ocurrió en España muchos años después. Hacia finales de ese siglo XIX, Narcís Monturiol ideó el ictíneo que incorporaba propulsión anaeróbica; nunca pudo navegar los océanos. Y unas décadas más tarde, Emilio Herrera Linares inventó la escafandra astronáutica, un prototipo de traje especial que cayó en el olvido.
Inventos fallidos que llegaron antes de su hora. Mentes que sortearon el desbarajuste dimensional y anticiparon las urgencias de las sociedades futuras. Desde los días de Tomás Moro, un buen número de escritores han planteado sus particulares utopías. Francis Bacon lo hizo en 'Nueva Atlántida'. Siguió la senda Louis-Sébastien Mercier con 'El año 2440'. En este árbol narrativo de soñadores del porvenir no faltan las ramas de Jack London, Yevgueni Zamiatin, Aldous Huxley, George Orwell, Ray Bradbury o Stanislaw Lem.
Todos estos anhelos creativos conforman un género literario propio en cuyas raíces participó Enrique Gaspar y Rimbau, autor del célebre 'El Anacronópete', la primera máquina imaginaria para viajar en el tiempo. Antes de H.G. Wells -muchísimo antes del DeLorean DMC-12 de 'Regreso al futuro'- el escritor español demostró que la ciencia ficción era una buena herramienta para imaginarse el mañana. Si algo es el futuro es poliédrico. Hay tantas formas de imaginarlo como personas habitan la Tierra. Para algunos puede ser un refugio cuando el ahora ahoga. Otros no abandonarán nunca la placentera nostalgia del ayer. Depende del afán de huida o del miedo. El padre, ante el panorama del paro. O la joven, a punto de iniciar su curso de Erasmus. ¿Cómo percibimos nuestro destino?
Tal vez, en el asunto escurridizo del futuro, también tiene mucho que ver el conocimiento
De eso se trata; de la percepción de peligro o de la ilusión del cambio. Tal vez, en el asunto escurridizo del futuro, también tiene mucho que ver el conocimiento. “Si yo supiera cómo va a ser la literatura del año 2000, ya la estaría haciendo”, dijo Valle Inclán en 1932. Hace casi cien años, el prestigioso periódico 'Ahora' entrevistó a numerosas personalidades para que explicaran su visión del mundo en el año 2000.
Las respuestas abundan en los avances científicos o artísticos. “Todos creen que el futuro está preñado de bienaventuranzas y coinciden en que la vida será más fácil, más alegre, más sabia, más larga y mejor”, resumía el diario. En las contestaciones particulares, encontramos curiosas premoniciones. Apuntaba Gregorio Marañón en el reportaje: “No se morirá nadie por enfermedades infecciosas y solo habrá enfermos del sistema nervioso, el corazón y las arterias. La tuberculosis y el cáncer serán enfermedades históricas”.
El ejercicio periodístico incluía opiniones como la del portero Ricardo Zamora, quien creía que el fútbol llegaría a ser el verdadero deporte nacional. Para otros expertos, se extendería mayoritariamente el uso del automóvil. Incluso se perfilaba la creación del “hombre mecánico”, que estaría en nuestras casas, “por poco gasto” y serviría lo mismo para encender el fuego de la cocina que llevar la contabilidad. Menos prosaico, el escritor Eduardo Zamacois estimaba que en el segundo milenio “no se conocerá el dolor de amar”. Quizá, el futuro es apenas un estado de ánimo.
El nuestro, en pleno siglo XXI, gravita entre el desencanto y la convicción de que hace falta un nuevo rumbo. Las señales del farragoso presente nos hacen interpretar el destino desde una perspectiva amenazante. Según algunas encuestas recientes, una mayoría de las personas cree que la jubilación se retrasará a los 75 años y las pensiones serán ínfimas. Otro gran porcentaje de ciudadanos considera que habrá una nueva pandemia, que las consultas de salud mental serán más frecuentes y que aumentará la violencia y la desigualdad social. Más soledad, más delincuencia y un planeta más deteriorado.
Pese a las innovaciones y mejoras que nos rodean, la sensación latente es que todo va a ir a peor. ¿Aún peor? Cuando pienso en el futuro, prefiero imaginar que los abrazos han recuperado su sitio. Las conversaciones transcurren sin pantallas de por medio. El diálogo se impone por encima del ruido. En nuestra mente, el futuro es maleable. Serán nuestros actos los que determinen que cualquier ensoñación sea realidad. Este es el gran secreto sobre el futuro. En verdad, no es aleatorio ni estático. En nuestras manos está su transformación. Aunque parezca muy lejano, el futuro solo es un cosmos remoto que nos coge de camino.