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Andalucía frente al 28F

El presidente de la Junta, durante el principal acto del 28F el pasado año.

Alejandro García Sanjuán

Catedrático de Historia Medieval, Universidad de Huelva —

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Hace apenas unas semanas se producía una amplia controversia en torno un ciclo de conferencias sobre la Guerra Civil. El organizador principal, académico y literato que se jacta de carecer de ideología, se vio obligado a tomar la decisión de cancelarlo tras la renuncia de varios ponentes, incómodos por lo que consideraban sesgos manifiestos en la presentación y composición del mismo. Pertrechado en la consabida monserga de la equidistancia, el desideologizado organizador no había dudado en otorgar destacado protagonismo a los descendientes de la jerarquía franquista, bien representados por grandes demócratas como Aznar y Espinosa de los Monteros, mientras que, en cambio, brillaban por su ausencia las víctimas del terrorismo nacionalcatólico franquista. Dotado de una proverbial y chulesca arrogancia, probablemente el ilustre desideologizado consideró que era una idea brillante organizar un ciclo de esa naturaleza en la ciudad de Pico Reja, la mayor fosa común del franquismo, donde con toda probabilidad se encuentran los restos de Blas Infante, padre de la patria andaluza, según el vigente Estatuto de Autonomía. La falsa carencia de ideología constituye, en realidad, una mera coartada para blanquear el fascismo.

Aunque la amplia desmemoria sobre la Guerra Civil y el Franquismo no representa una singularidad local andaluza ni está asociada de manera exclusiva a la llegada al poder de la derecha en 2018, el citado episodio constituye un síntoma de tendencias que sí tienen que ver con un contexto social y político cuyo punto de arranque se sitúa en la llegada al poder del movimiento MAGA a la Casa Blanca en 2016. La reelección de Trump en 2024 reforzó su vocación por cambiar el relato histórico de su país: bajo el pomposo título de «Restaurando la Verdad y la Cordura en la Historia Estadounidense», firmaba hace menos de un año una orden ejecutiva dando instrucciones para «eliminar la ideología inapropiada, divisiva o antiestadounidense» de los museos y centros de investigación gestionados por el Instituto Smithsonian. La batalla, sin embargo, no ha finalizado, ya que, hace solo unos días, un juez federal de Pensilvania ordenaba reinstalar una exposición sobre la esclavitud en un sitio histórico de Filadelfia, a la espera del resultado de un litigio en curso tras la demanda interpuesta por la ciudad contra el gobierno federal por su retirada.

La batalla por el pasado representa, en realidad, parte de una ofensiva para transformar el presente cuyo objetivo principal radica en la liquidación de los servicios públicos y en la promoción de la privatización de sanidad y la educación. Para la consecución de este proyecto, la derecha dispone de herramientas de extraordinaria eficacia, como la xenofobia y la islamofobia. En su cruzada contra lo que denomina «islamización de Andalucía», Vox registró el año pasado en el Parlamento una proposición no de ley relativa a la prohibición del velo islámico que fue admitida a trámite por la Mesa de la Cámara, controlada por el PP. Ahora anuncia otra contra la implantación del menú halal en comedores escolares y hospitales. Se trata, en realidad, de una estrategia que supera el marco meramente local. Esta misma semana, el conocido semanario trumpista The Spectator aseguraba que es «totalmente plausible» pensar que la sharía se ha normalizado en Gran Bretaña. La ultraderecha, de hecho, ha comenzado a presentar en distintos municipios andaluces propuestas dirigidas a regular el acceso a sus dependencias con burka o niqab, atuendos cuya utilización resulta apenas visible en la sociedad andaluza actual. El falso debate sobre la islamización no solo permite a la derecha maquillar su machismo, presentándose como defensora de unas mujeres musulmanas cuyos derechos y necesidades, en realidad, le traen al pairo. Constituye, además, una excelente estrategia para redirigir la conversación hacia lugares apartados del desmantelamiento de lo público.

Los rectores llevan tiempo denunciando la asfixia económica a la que los somete el Gobierno de la Junta, cuyo modelo de financiación cada vez plantea más similitudes con el aplicado en la Comunidad de Madrid, donde algunas universidades públicas están ya al borde del colapso

Dentro de ese proyecto cobra pleno sentido la oleada de creación de universidades privadas que, si continúan proliferando al ritmo actual, pronto superarán a la decena de centros públicos. Los rectores llevan tiempo denunciando la asfixia económica a la que los somete el Gobierno de la Junta, cuyo modelo de financiación cada vez plantea más similitudes con el aplicado en la Comunidad de Madrid, donde algunas universidades públicas están ya al borde del colapso. Para hacerse una idea del nivel académico de algunos de estos centros privados, baste recordar que, estos mismos días, uno de ellos organiza en Málaga un autoproclamado «Curso Avanzado en Comunicación de Alto Impacto y Oratoria» que cuenta entre sus ponentes a mentes tan potentes como Toni Cantó y Albert Rivera. La meritocracia liberal son chiringuitos que permiten colocar a excedentes de cupo a quienes la política acostumbró a la vida cómoda de sueldos fáciles. Esto es lo que el gobierno andaluz consagra en la nueva Ley Universitaria para Andalucía (LUPA), que el PP acaba de aprobar en el Parlamento sin contar con el acuerdo de los sindicatos ni de los rectores de las universidades públicas.

Mientras desmantela a ojos vista servicios públicos, el gobierno andaluz se dedica a regar con inédita generosidad a cofradías y hermandades, que viven en la abundancia gracias al dinero público. En diciembre de 2024, la Consejería de Cultura aprobaba una ayuda de 600 mil € para el Congreso de Hermandades de Sevilla, mientras que, más recientemente, el Ayuntamiento de Málaga aportaba cientos de miles de euros para que unos capillitas se fuesen a Roma de excursión a pasear sus imágenes. Algo similar cabe decir de lo que las autoridades de la Junta gustan en denominar «cultura del toreo», como revelan las ayudas a las escuelas taurinas o la constante promoción de la tauromaquia en la Radio Televisión Pública andaluza, que dedica cientos de horas a la emisión de toda clase de corridas y novilladas. Hace solo unas semanas, el director general de la Agencia Pública Empresarial de la Radio y Televisión de Andalucía se mostraba ufano por los elevados niveles de audiencia de estas retransmisiones.

Gracias a su proverbial equidistancia y moderación, Moreno Bonilla puede envolverse en la bandera de Blas Infante al mismo tiempo que anuncia la concesión de la Medalla de Andalucía a la Cultura a un torero ultraderechista, al que, en un arrebato místico, ha calificado de «leyenda que ha trascendido la historia de la tauromaquia»

El compromiso con la tauromaquia constituye, de hecho, una apuesta personal del presidente, gran aficionado a la «fiesta nacional». Gracias a su proverbial equidistancia y moderación, Moreno Bonilla puede envolverse en la bandera de Blas Infante al mismo tiempo que anuncia la concesión de la Medalla de Andalucía a la Cultura a un torero ultraderechista, al que, en un arrebato místico, ha calificado de «leyenda que ha trascendido la historia de la tauromaquia». Queda la duda de si esa «trascendencia» se refiere a alguna de las máximas de hondo calado intelectual que tan ilustre lumbrera ha dejado para la historia del pensamiento, como aquella en la que proclamaba que «el animalismo y el feminismo son el nuevo comunismo».

Mientras promueve la tortura animal y financia chiringuitos rocieros de amiguetes cantantes que se permiten criticar las subvenciones a colectivos feministas o LGTBI, Moreno Bonilla ha logrado convertir su destrozo del Servicio Andaluz de Salud en el principal problema para los andaluces, según el más reciente barómetro del Centro de Estudios Andaluces, del pasado mes de diciembre. Parece difícil que este síntoma llegue a convertirse en el principio del fin de la apuesta por la Andalucía rancia, cateta y machirula de sotos, bertines y morantes en la que algunos se están forrando gracias a la «colaboración público-privada».

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