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En Abierto es un espacio para voces universitarias, políticas, asociativas, ciudadanas, cooperativas... Un espacio para el debate, para la argumentación y para la reflexión. Porque en tiempos de cambios es necesario estar atento y escuchar. Y lo queremos hacer con el “micrófono” en abierto.

¿Deben los niños y niñas “venir educados de casa” a la escuela?

Varios niños en las mesas del colegio realizan ejercicios al inicio del curso escolar.

Bernard Bossous

Psicopedagogo experto en desarrollo de la personalidad del menor —

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La cuestión de si los niños y niñas deben ir a la escuela “educados de casa” ha derivado en un debate muy usual durante los últimos años, presente tanto en las salas de profesores como en la calle. De un modo u otro, estemos a favor o no de esta afirmación, nuestras opiniones no decantarán la balanza, pues la respuesta no deja lugar a dudas a la luz de los datos. Según el informe anual de la OCDE Education at a Glance 2025, la escuela se ha convertido, de facto, en el espacio donde nuestros menores (de 0 a 11 años) pasan más horas. Dedican una media de 7 horas diarias al centro escolar entre semana, frente a 3,5 horas (no necesariamente tiempo de calidad) con sus padres y madres (o con uno de ellos).

En otras palabras, los profesores y profesoras se han convertido en los referentes educativos más estables de los hijos e hijas de muchas familias españolas.

Por tanto, ¿cómo pueden llegar a la escuela bien educados y emocionalmente equilibrados cuando vivimos en una realidad en la que cada vez es más difícil que niños y niñas crezcan con un referente afectivo sólido? Las exigencias laborales, los horarios imposibles, las custodias compartidas mal avenidas, las dificultades económicas y la tensión social hacen que muchos menores pasen su día a día sin un vínculo estable, continuo y seguro con su figura principal de apego.

Tal y como indica la psicóloga clínica Erika Komisar, el estilo parental moderno conduce habitualmente a menores a estados hipervigilantes de estrés derivando en diversas disfunciones emocionales y psicológicas. La cruda realidad sacude, desgraciadamente, a nuestros menores.

Los datos y la experiencia de los profesionales en educación y salud mental lo confirman: aumento de conductas disruptivas, expedientes, diagnósticos de TDAH, dificultades de atención y un clima cada vez más tenso en las aulas. Los docentes sienten la presión —y no sin motivo— de unas familias desbordadas: padres que exigen resultados imposibles, que sobreprotegen, que denuncian y amenazan al profesorado…

Infinidad de actitudes por parte de padres y madres que dificultan la cohesión con el centro escolar no hacen más que poner de manifiesto una verdad incómoda y difícil de identificar, que rara vez toma cuerpo: en realidad no atacan a los docentes, están gritando auxilio y desesperación sin saber cómo formularlo. Un grito silencioso de incertidumbre, miedo y dolor en busca de ayuda, orientación y escucha al centro educativo, a la espera de que este compense lo que ellos no pueden ofrecer: tiempo de calidad, protección, atención y amor. Pero no pueden, no llegan. Están exhaustos.

Vivimos en una era en la que gran parte de la población sobrevive emocionalmente y la mayoría de las decisiones se toman desde el miedo.

En ese contexto, nos toca ahora recoger el relevo a los profesionales de la educación, poniendo el foco en el hecho de que muchos menores llegan a su lugar de referencia más constante —la escuela— y se encuentran con educadores que no siempre están alineados con la responsabilidad humana, educativa y profesional que necesitan. Muchos de ellos por desconocimiento, otros por estar desbordados por la carga burocrática que les exige su trabajo.

Sin embargo, nos guste o no, los tiempos han cambiado. Y la evolución social y laboral ha generado una fricción casi imposible de resolver a corto plazo en materia de conciliación familiar, cediendo el testigo en gran parte a los profesionales de los centros educativos, hasta que las instituciones pertinentes doten a escuelas, familias y ayuntamientos de los medios necesarios.

Todos los profesionales de la educación que hoy forman parte del contexto escolar se encuentran ante un reto inaudito, un punto de inflexión generacional – probablemente nunca vaticinaron este cambio de paradigma cuando eligieron esta profesión – en el que se espera menos de sus habilidades pedagógicas y más de sus fundamentos humanos: educar más desde el corazón, más desde la escucha y más desde la empatía.

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