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Jesús Villa-Rojo nos da a sus 86 años una lección de modernidad en la Semana de Música Religiosa de Cuenca

4 de abril de 2026 13:17 h

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Jesús Villa-Rojo (1940, Brihuega, Guadalajara) es, sin matices, uno de los compositores españoles más determinantes de la música contemporánea de finales del siglo XX y principios del XXI. Su obra -audaz, rigurosa y profundamente personal- ha situado la creación española en un nivel de exigencia y modernidad comparable al de cualquier centro europeo. Sus aportaciones al repertorio instrumental, especialmente al clarinete, y su exploración de la notación no convencional han sido auténticos vectores de cambio en la música de nuestro país.

A sus 86 años, lejos de cualquier retirada, Villa Rojo acaba de estrenar en la Semana de Música Religiosa de Cuenca Canciones del alma en paz, una lectura íntima y luminosa de la Noche oscura de San Juan de la Cruz para soprano, contratenor y conjunto instrumental. Tuve ocasión de escuchar el estreno el pasado 1 de abril en el Auditorio 'José Luis Perales', y lo que allí sucedió fue una lección de cómo un creador veterano puede seguir desafiando inercias estéticas sin renunciar a la claridad expresiva.

En esta obra, Villa-Rojo se aparta deliberadamente de su vertiente más experimental para construir una experiencia sonora capaz de transformar el amor humano del poema místico en un impulso hacia lo trascendente. El Plural Ensemble, dirigido por Fabián Panisello, junto al contratenor Carlos Mena y la soprano Celia Alcedo, dio vida a una partitura que rehúye tanto la abstracción vacía como los clichés de la música religiosa contemporánea.

El compositor apuesta por un conjunto instrumental insólito —flauta en sol, oboe de amor, chalumeau, corno di bassetto, chirimías— que genera un color tímbrico inédito, ajeno al barroco y también a la estética contemporánea más estandarizada. La combinación de soprano y contratenor refuerza esa voluntad de escapar de lo previsible. La obra parece escrita para resonar en Cuenca, en su espiritualidad y en su geografía sonora, como si el compositor dialogara con la ciudad y su memoria.

La trayectoria de Jesús Villa-Rojo se ha construido desde una concepción integral del arte. Su catálogo, amplio y diverso, abarca prácticamente todos los géneros y contiene obras que figuran entre lo más relevante de la música española de las últimas décadas. Su pensamiento compositivo, siempre en evolución, nunca ha cedido a modas pasajeras ni a presiones estilísticas.

Como intérprete, Villa Rojo ha sido un clarinetista de referencia. Su investigación sobre las posibilidades técnicas y expresivas del instrumento abrió caminos inéditos y estimuló a generaciones de compositores e intérpretes. Buena parte de esa labor se articuló a través del Laboratorio de Interpretación Musical (LIM), fundado por él en 1975, que se convirtió en un espacio imprescindible para la experimentación y el estreno de nueva música en España.

A ello se suma su faceta como escritor, docente y divulgador. Sus libros —El clarinete y sus posibilidades, Juegos gráfico-musicales, Notación y grafía musical en el siglo XX— son hoy referencias obligadas. En sus ensayos y artículos, Villa Rojo reflexiona sobre historia, sociología y estética musical, y traza un autorretrato intelectual que revela su poética y su concepción del acto creativo.

Jesús Villa-Rojo, Premio Nacional de Música en dos ocasiones y Medalla de Oro de Castilla‑La Mancha, merece que su región le otorgue en vida el reconocimiento más valioso que puede recibir un creador: hacer que su obra suene. Igual que los artistas plásticos cuentan con exposiciones en los museos, sería deseable que las instituciones culturales del gobierno regional impulsaran una serie de conciertos que recorrieran Castilla‑La Mancha con la música de uno de sus creadores más universales.

Ya que se invierten recursos generosos en figuras extranjeras —como Weiwei, Viola o la Colección Polo— también estaría muy bien que se invirtieran en creadores de aquí, como nuestro compositor de talla internacional, nacido en esta tierra y que permanece insuficientemente difundido.

Nuestra comunidad presume, con razón, de sus vinos. Pero también produce creadores excepcionales cuya obra forma parte del patrimonio cultural de nuestro tiempo y nuestra patria chica. Reconocerlos no es un gesto simbólico: es una obligación cultural.