La otra Edad de Oro de Maruja Mallo
Cuando Maruja Mallo regresó del exilio, muy pocos se acordaban de ella. Regresó en silencio casi treinta años después de su exilio y tuvo que esperar hasta que en los ochenta los niños bien de la movida le asignaran un papel de “musa”, muy alejado del papel estelar que ocupó en el arte español de la tercera década del siglo XX. Su obra había sido amputada de la memoria colectiva. Su regreso no tuvo el regreso icónico de Rafael Alberti. “Cuando volví a España, mis amigos estaban enterrados o desterrados, y yo sola en el hotel Palace”. Siguió el mismo camino de otras mujeres artistas exiliadas y borradas completamente, como la actriz Rosita Díaz Gimeno, la poeta Ernestina de Champourcín o las también pintoras Remedios Varo y Manuela Ballester. Un doble exilio. Geográfico y simbólico. Un vacío que nunca acabaremos de llenar.
La exposición antológica Maruja Mallo. Máscara y compás, que puede visitarse en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid hasta el 16 de marzo, aporta una restitución parcial a una de las figuras clave para entender la generación del 27. Piezas como la serie Verbenas (1927–1928) o Sorpresa del trigo (1936), donde las trabajadoras levantaban espigas como anuncio de pan, reclaman recuperar el espacio icónico que el franquismo les sustrajo. Han tenido que pasar tres décadas desde su fallecimiento para que el gran museo nacional español de arte contemporáneo reivindique su arte más allá de su figura.
En cada sala espera una nueva mirada de Maruja Mallo al mundo. Una incansable creadora que atraviesa etapas con una velocidad poco común, propia de una gran artista. De la primera a la última sala, vamos descubriendo partes del relato del arte contemporáneo que nos habían hurtado. En la primera sala se reúnen, por primera vez desde 1928, las cinco Verbenas. Son el Poema del cante jondo de la pintura española. Una explosión de energía popular, de cuerpos que bailan y observan, de una vida que desborda el lienzo y retrata su tiempo desde la multiplicidad y la complejidad, con decenas de capas de lectura. Un retrato caótico y festivo de la vida desbordante de los años veinte.
Si en esta primera sala el nombre de Maruja Mallo se entrecruza con los de Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna o Ramón María del Valle-Inclán, a lo largo de su trayectoria artística irán apareciendo otros nombres clave. El de Federico García Lorca, con quien compartió una atracción temprana por lo popular; el de Rafael Alberti, de cuya mejor etapa poética fue motor creativo y con quien mantuvo referencias cruzadas constantes; o el de los artistas vinculados a la Escuela de Vallecas, en especial Alberto Sánchez y Benjamín Palencia, con quienes compartió una mirada renovada sobre el paisaje y lo popular.
Trabó relación con Miguel Hernández, en un marco de compromiso cultural y pedagógico, y en París entró en contacto con Joan Miró, Pablo Picasso o André Breton, en un periodo de acercamiento crítico al surrealismo. Durante el exilio fue compañera de viaje y afinidades estéticas de Pablo Neruda, se relacionó con artistas como Jorge Oteiza y mantuvo una estrecha amistad con María Zambrano, cuya reflexión filosófica dialoga con series como Máscaras, atravesadas por cuestiones como la identidad y el exilio. “Tú, tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños… dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas”, escribió Alberti en Ascensión de Maruja Mallo al subsuelo.
La exposición permite leer la obra de Maruja Mallo en continuidad, sin el ruido biográfico que durante los últimos años redujo a la artista a 'musa' o 'amante', convirtiéndola casi en una caricatura secundaria. Una simplificación que afectó de forma sistemática a las creadoras de su generación, esas Sinsombrero a las que habíamos eliminado el nombre propio y excluido del relato compartido. El arte de Maruja Mallo reaparece en esta exposición como un proyecto coherente y central para entender la modernidad artística española del siglo XX.
Al final de la exposición un numeroso grupo de personas se sitúa frente a la proyección de la icónica entrevista que le hizo Paloma Chamorro en el programa La Edad de Oro, en TVE, a mediados de los años ochenta. Sigue siendo la misma anciana excéntrica, provocadora, deslenguada, pero quien fue convertida en personaje televisivo para la cultura de la Movida, tras recorrer las salas, se ha transformado en un espejo que permite reconocer todas las amputaciones culturales que hemos sufrido.
“Perdone lo que pueda creer insolencia en estas letras y considere lo doloroso que resulta para una pintora que se plantea los problemas con toda rigurosidad verse tratada como un suceso de 'ojos negros, vivaces, vivarachos, burlones y, cuando están quietos, melancólicos'. Al mismo tiempo, reciba un saludo de Maruja MALLO”, escribió la propia artista a El Sol en un texto que el rotativo, que presumía de objetividad, no publicó el 21 de mayo de 1936. “Maruja Mallo, entre Verbena y Espantajo, toda la belleza del mundo cabe dentro del ojo; sus cuadros son los que he visto pintados con más imaginación, emoción y sensualidad”, escribió Lorca y el mundo tardó décadas en recordar.