Condenados a conducir por el carril central: el escritor Albert Pijuan satiriza la Catalunya post procés
Si ya es difícil seguir manteniendo la cordura en pleno siglo XXI, imagínense siendo catalán después de haber sobrevivido al procés. Es un verdadero milagro seguir atándose los zapatos sin miedo a trastabillar mientras la televisión escupe cada mañana un nuevo bombardeo. Y luego, por si quedara alguna duda, aixecar de nou la persiana, que dia que pasa, any que empeny; porque, frente al (des)orden mundial y tras una de las etapas más convulsas que ha vivido el país, ¿a qué pueden agarrarse los catalanes para seguir siendo catalanes en este mundo global? Esa es, precisamente, la pregunta que se plantea Albert Pijuan (Calafell, 1985) en Pel carril del mig (La Segona Perifèria).
De hecho, ha llovido mucho desde aquel 2017. Tanta euforia colectiva alumbró un tapiz de momentos en el que, según las sensibilidades, uno podía estar encontrando el sentido de la vida, o, por el contrario, hallarse en la perdición irremediable. En fin, que el procés fueron muchas cosas y los politólogos ya dilucidarán qué fue; aunque, si en algo podemos estar de acuerdo, no hay duda de que el procés fue una centrifugadora de la historia reciente catalana, un acelerador de partículas que dispersó por el espacio y el tiempo la materia gris de El fet català.
Tras la Transición, esa sustancia gris tuvo en Jordi Pujol su representación más sólida, para entendernos. Sin embargo, desde que el líder conservador abandonó el tablero político, el principio rector que ordenaba el país empezó a convulsionar. Con Pujol, me dijo una tarde Josep Ramoneda, no hubiera habido 1 de octubre de 2017. Luego, ya con la sentencia del Estatut y la DUI, todo saltó por los aires. Y así, en medio de aquel acelerón, la historia se precipitó y la clase dirigente nos convocó a la solemnidad. Recuerden: cada comparecencia del Govern adquiría la trascendencia que pedía el momentum histórico. Y así fue que se trenzó el relato de las esencias y el país ya no sabía si era más rauxa o más seny. Sin embargo, proclamar tanta solemnidad siempre implica un riesgo: en algún momento de la actuación, la máscara se resquebraja, y, entonces, desde el fondo, emerge lo cómico en toda su plenitud. Es justo en esa grieta en la que aflora la risa y se derrumba la solemnidad, donde se sitúa el ensayo/ficción de Albert Pijuan.
Todo empezó con un encargo. El editor de La Segona Periferia le pidió a Pijuan una exploración acerca de la catalanidad y la conducción por el carril central; un encargo, por otro lado, nada irrisorio, dadas las fijaciones que tenemos los catalanes. Pijuan, lejos de arrugarse, aceptó la propuesta y supo, de inicio, que quería tomar el pulso a la Catalunya pos-procés. Un acierto, sin duda. Tras la utopía disponible, ¿qué otro marco podría haber ofrecido mejores perspectivas para rumiar el fet català? Posiblemente ninguno. Y así, ataviado de humor y conya, mucha conya, el autor nacido en Calafell recompone el puzle.
La risa empieza a aletear desde las primeras páginas, cuando todos los emblemas de la identidad catalana (ese repertorio de maneres de fer i ser) se suceden encarnados en un elenco de personajes hilarantes; desde concejales, alcaldes y técnicos en seguridad viaria hasta editores, portavoces y jefes de policía de los Mossos d’Esquadra. En fin, todo un coro de voces —un guirigay estructurado en trece prólogos— que deambula sobre una cuestión fundamental: la conducción por el carril central.
El personaje clave de este ensayo de ficción es Felip Roda, un hombre vulgar y corriente —como usted y como yo y como más de uno—, cuya fijación automovilística por conducir por el carril central no es solo una imprudencia temeraria susceptible de ser multada, sino una genuina actitud ontológica. Felip Roda, que, sin duda alguna, responde a una genealogía política identificable —el antiguo votante pujolista, el català emprenyat, el protector de la unión orgánica del poble— simboliza un sentir amplio de la sociedad catalana que se pregunta, tras el procés: i ara què? Pues, poca cosa, limitarse a conducir por el carril central i anar fent. ¿Resultado de todo ello? Un retrato divertido, cómico y satírico, repleto de absurdos y guiños y juegos, como si Pijuan se disfrazara del Valle-Inclán que retrató la España de 1920, aunque sin el peso trágico de la historia. En Pel carril del mig hay humor, ligereza y verdad, un entramado muy al estilo de los Monty Python.
Cabe preguntarse, sin embargo, ¿qué se vislumbra en el horizonte, mientras se conduce mascullando por el carril central con el libro de Pijuan en el salpicadero? Una Catalunya repleta de desafíos. Encarecimiento de la vivienda. Precariedad laboral. Vida encapsulada en la era digital. Crisis climática. Y un sinfín de cosas más. El libro de Pijuan, por suerte, nos recuerda el humor, la capacidad de reírnos de nosotros mismos y, así, nos humanizamos un poco. Ya se sabe: una sociedad que se ríe de sí misma es mucho más madura. Solo riéndose de uno mismo frente al espejo cada mañana antes de ir a trabajar, se podrá alcanzar, algún día, la revolución.