Cristina y Guillem, la pareja de libreros que duerme en la calle para no separarse

Pol Pareja

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Solo se tienen el uno al otro y no se quieren separar. Esa es su suerte, pero también su desdicha. Cristina y Guillem, 34 y 68 años, son una conocida pareja que vende libros en una calle del barrio de Gràcia. Él no se puede levantar de su silla de ruedas y ambos llevan casi un año sin hogar, malviviendo y sin un lugar donde almacenar los ejemplares que venden. La administración les ha ofrecido alternativas, pero todas pasan por separar su vidas. “Prefiero estar en la calle antes que sin él”, resume Cristina.

"Es imposible encontrar un coche de sustitución si vas en silla de ruedas"

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La habitación que tuvieron alquilada durante más de un lustro, en el distrito de Nou Barris, se inundó de aguas fecales hace poco menos de un año. Se vieron de golpe en la calle, saltando de hostal en hostal, sin posibilidad de alquilar una estancia a pesar de tener el dinero para pagarla. Cada día, Cristina cambia el pañal a Guillem en plena calle y le lleva a todos lados en su silla de ruedas.

En la Barcelona de la pandemia fue posible sobrevivir en hostales con sus exiguos ingresos. Ya no. Desde Semana Santa los precios han vuelto a subir y no pueden pagarse una habitación cada noche.

Son ya cinco semanas durmiendo en cualquier sitio. Han pasado por los lavabos de las urgencias de todos los hospitales de la capital catalana, donde ya no les dejan entrar porque saben que se cuelan ahí para descansar. Otras noches han pernoctado en el autobús nocturno. Desde hace unos días duermen escondidos en el lavabo de un parking subterráneo. 

Él tiene una pensión no contributiva y ella, el Ingreso Mínimo Vital. Entre estas ayudas y lo que obtienen de su librería callejera superan los 1.000 euros. Tienen el dinero y quieren alquilar una habitación, pero nadie les ofrece un lugar. Son una pareja, uno de ellos tiene una discapacidad y encima trabajan en la calle. Siempre les dicen que no. Alquilar ellos mismos un piso tampoco es una opción: les piden contratos de trabajo, fianzas, comisiones de las agencias inmobiliarias…

“No pedimos que nadie nos regale nada”, afirman los dos. “Simplemente queremos una habitación y tenemos el dinero para pagarla”.

Totalmente desamparados, Guillem y Cristina solo tienen el apoyo de una red vecinal que les adora y ayuda en todo lo que puede. Los vecinos del barrio y algunas tiendas de la zona les guardan los libros por las noches. Otros les traen comida o les calientan lo que lleven. En el estanco les fían el tabaco y en el horno les dan lo que ha sobrado al final del día. Algunos vecinos incluso hicieron gestiones para que el distrito les diera una licencia para vender los libros en su lugar habitual, un permiso que acabó el pasado 31 de diciembre y que no ha sido renovado.

“Todo el mundo les aprecia, llevan muchos años vendiendo libros aquí”, señala Mercè Sesé, una profesora jubilada de 61 años, que trata de echarles una mano de todas las formas que le son posibles. “Entre todos los ayudamos porque su situación es inaceptable”.

Cientos de libros a la venta

Son las 9:30 h de la mañana y Cristina, que se encarga de todo, empieza a poner cientos de libros encima de un plástico en la calle Asturias. Se acerca un momento a una tienda adyacente, donde recoge dos grandes bolsas llenas de ejemplares. “Aquí tengo los buenos, los de Anagrama”, dice con una sonrisa cómplice antes de disponer en la parada varios títulos de Enrique Vila-Matas. 

La jornada acaba de empezar, pero ambos están visiblemente cansados. Han pasado la noche en un lavabo de un parking. Él ha dormido sentado en la silla de ruedas y apoyado en la pica del baño. Lleva semanas sin estirarse y sus piernas empiezan a notarlo. Ella se ha tumbado en el suelo con un saco de dormir. 

“La gente cada vez lee menos”, explica Cristina mientras va montando su parada. Se confiesa una fan de toda la generación beat y dice que los ha leído a todos. El libro reciente que más le ha gustado ha sido Los asquerosos, de Santiago Lorenzo (Blackie Books) y admite tener predilección por otro clásico, La conjura de los necios de John Kennedy Toole.

“Aunque estemos a la intemperie, esto es una librería”, apunta Guillem. Los títulos que venden salen de las donaciones de los vecinos. Cada poco rato se acerca alguno con libros bajo el brazo y se los deja en la parada. Ellos los venden a la voluntad de cada cliente. “Menos enciclopedias, cualquier libro es bienvenido”, señala ella. 

Cristina ya conoce los gustos de sus clientes habituales, a los que les guarda libros o les informa por WhatsApp de las novedades que le han llegado. Sabe que a una vecina le chifla la novela histórica. Sabe, por ejemplo, que Lorenzo García, de 82 años, se quedará cualquier título de Arturo Pérez-Reverte. “Me los llevo todos y ella ya me los guarda”, admitía el lunes frente a decenas de libros apilados en el suelo.

La relación de Cristina y Guillem surgió hace siete años en los aledaños del Centre de Asistencia Sociosanitaria Baluard, en el barrio del Raval de Barcelona. “Él me perseguía, pero al principio yo pasaba de él”, recuerda ella. Con el tiempo se unirían dos vidas azarosas, llenas de baches, que acabarían cristalizando en esta librería callejera.

Guillem habla cuatro idiomas y se ganó la vida como traductor durante años. Nacido en el acomodado barrio de Sant Gervasi, pasó 10 años de su infancia en un internado en Düsseldorf (Alemania) y después en el colegio alemán de Barcelona. “De joven viajé por los cinco continentes”, asegura él. Dos hernias discales sin operar le fueron postrando en una silla de ruedas y desde hace cuatro años es incapaz de caminar. Hasta hace poco no sabía lo que era dormir en la calle.

Cristina se fue a los 17 años de su casa en el barrio de Collblanc (L’Hospitalet de Llobregat), enfrentada a unos padres que según ella no la comprendían. “Me fui a Mallorca con dos mudas de ropa y 100 euros en el bolsillo”, recuerda. Lleva ya más de media vida en el alambre, intercalando trabajos precarios con etapas en las que pidió dinero y durmió en la calle. “No tengo ni una solo foto de mi vida”, aseguraba la semana pasada. 

Ambos rompieron hace años con sus familias, con las que no tienen relación, y solo se tienen el uno al otro. “Mi única familia es Cristina”, explica él. Ella, parca en palabras, asiente con la cabeza.

Durante un tiempo, Cristina pidió dinero en el mismo sitio donde ahora está situada la parada de libros. Un vecino de Gràcia le entregó decenas de obras que iba a tirar y decidió ponerlas a la venta. Eso fue hace siete años, justo cuando conoció a Guillem. “Me encantan los libros y lo vi como una buena opción”, apunta. “Pedir me daba mucha vergüenza, pero venderlos es otra cosa”.

La administración ofrece soluciones, pero separados

Los servicios sociales siguen el caso de esta pareja desde 2018, aunque aseguran que han tenido dificultades para mantener el vínculo con ellos. Fuentes del distrito de Gràcia aseguran que tanto a Guillem como a Cristina se les han ofrecido soluciones. Él podría vivir ingresado en un centro sociosanitario en el que le pudieran atender. Ella, señalan, podría estar en el albergue para personas sin hogar con adicciones o bien intentar acceder a una vivienda de protección oficial.

El problema es que cualquier salida implica separarse. Y ninguno de los dos contempla esta opción. “Lo saqué del centro sociosanitario porque eso es un matadero de abuelos”, dice Cristina sobre los meses en que Guillem estuvo ingresado en uno de estos equipamientos. “Tenemos claro que adonde vayamos será juntos”, remacha su compañero.

Cuesta imaginar qué sería de Guillem sin la ayuda de su pareja. Cristina lo lleva arriba y abajo en la silla de ruedas, se encarga de montar y desmontar cada día la parada, le cambia, le afeita y trata de atender una lista de necesidades que no parece tener fin. “Imagino que le tendrían muerto de asco en un hospital”, apunta Cristina. “Pero él quiere seguir viviendo”.

Sobre las ocho de la noche Cristina recoge la parada y pone los libros en bolsas de plástico. El día no ha sido malo, han facturado unos 40 euros. Una vecina pasa a recoger unos cuantos libros que guardará en su casa. Otra vecina les deja el cuarto de luces de su comunidad para almacenar más ejemplares. El resto de títulos los deja en una tienda de marcos que queda a pocos metros de ahí.

Cristina recoge las pocas bolsas en las que llevan sus pertenencias y arrastra la silla de Guillem hasta el metro. Se van hasta plaza Tetuán a cenar a un chino en el que por menos de 10 euros pueden comer caliente los dos. Piden arroz tres delicias y cerdo agridulce. Están cansados, pero es demasiado temprano para recogerse. 

“En invierno, que oscurece temprano, o cuando teníamos un hogar nos íbamos antes a casa a preparar la cena o a mirar la tele”, señalan. “Pero ahora hay que hacer tiempo hasta que nos podemos ir a descansar”.

Sobre la medianoche, exhaustos, se dirigen al lavabo del parking en el que llevan unos días durmiendo. Cada vez queda menos gente en la calle, desde la que se aprecia la vida en el interior de los pisos a través de las ventanas.

De camino se encuentran una Biblia y la recogen, explican que es “un best seller” en su librería callejera. Antes de bajar al aparcamiento, Cristina levanta a peso a Guillem hasta sentarlo en un banco. Le recoloca una almohada en su silla y lo vuelve a coger en brazos para sentarlo de nuevo. 

Él está de peor humor que durante la mañana. “Cariño va, no te pongas capullo”, le dice ella con paciencia. A pocos metros del banco, se escuchan voces en una tienda de campaña que queda casi oculta en una esquina de la plaza. “Los conocemos, ellos también están buscando habitación”, explica la pareja. 

Bajan discretamente al parking sin hacer ruido. Entran al lavabo y dicen estar de suerte: alguien lo ha venido a fregar durante el día. Guillem se apoya en la pica del baño y cierra los ojos. Cristina se estira en el suelo e intenta descansar hasta primera hora de la mañana.

El día se hace largo en la parada de libros, pero más largas se hacen las noches sin tener un sitio a donde ir.

Solo se tienen el uno al otro y no se quieren separar. Esa es su suerte, pero también su desdicha. Cristina y Guillem, 34 y 68 años, son una conocida pareja que vende libros en una calle del barrio de Gràcia. Él no se puede levantar de su silla de ruedas y ambos llevan casi un año sin hogar, malviviendo y sin un lugar donde almacenar los ejemplares que venden. La administración les ha ofrecido alternativas, pero todas pasan por separar su vidas. “Prefiero estar en la calle antes que sin él”, resume Cristina.

"Es imposible encontrar un coche de sustitución si vas en silla de ruedas"

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La habitación que tuvieron alquilada durante más de un lustro, en el distrito de Nou Barris, se inundó de aguas fecales hace poco menos de un año. Se vieron de golpe en la calle, saltando de hostal en hostal, sin posibilidad de alquilar una estancia a pesar de tener el dinero para pagarla. Cada día, Cristina cambia el pañal a Guillem en plena calle y le lleva a todos lados en su silla de ruedas.

En la Barcelona de la pandemia fue posible sobrevivir en hostales con sus exiguos ingresos. Ya no. Desde Semana Santa los precios han vuelto a subir y no pueden pagarse una habitación cada noche.

Son ya cinco semanas durmiendo en cualquier sitio. Han pasado por los lavabos de las urgencias de todos los hospitales de la capital catalana, donde ya no les dejan entrar porque saben que se cuelan ahí para descansar. Otras noches han pernoctado en el autobús nocturno. Desde hace unos días duermen escondidos en el lavabo de un parking subterráneo. 

Él tiene una pensión no contributiva y ella, el Ingreso Mínimo Vital. Entre estas ayudas y lo que obtienen de su librería callejera superan los 1.000 euros. Tienen el dinero y quieren alquilar una habitación, pero nadie les ofrece un lugar. Son una pareja, uno de ellos tiene una discapacidad y encima trabajan en la calle. Siempre les dicen que no. Alquilar ellos mismos un piso tampoco es una opción: les piden contratos de trabajo, fianzas, comisiones de las agencias inmobiliarias…

“No pedimos que nadie nos regale nada”, afirman los dos. “Simplemente queremos una habitación y tenemos el dinero para pagarla”.

Totalmente desamparados, Guillem y Cristina solo tienen el apoyo de una red vecinal que les adora y ayuda en todo lo que puede. Los vecinos del barrio y algunas tiendas de la zona les guardan los libros por las noches. Otros les traen comida o les calientan lo que lleven. En el estanco les fían el tabaco y en el horno les dan lo que ha sobrado al final del día. Algunos vecinos incluso hicieron gestiones para que el distrito les diera una licencia para vender los libros en su lugar habitual, un permiso que acabó el pasado 31 de diciembre y que no ha sido renovado.

“Todo el mundo les aprecia, llevan muchos años vendiendo libros aquí”, señala Mercè Sesé, una profesora jubilada de 61 años, que trata de echarles una mano de todas las formas que le son posibles. “Entre todos los ayudamos porque su situación es inaceptable”.

Cientos de libros a la venta

Son las 9:30 h de la mañana y Cristina, que se encarga de todo, empieza a poner cientos de libros encima de un plástico en la calle Asturias. Se acerca un momento a una tienda adyacente, donde recoge dos grandes bolsas llenas de ejemplares. “Aquí tengo los buenos, los de Anagrama”, dice con una sonrisa cómplice antes de disponer en la parada varios títulos de Enrique Vila-Matas. 

La jornada acaba de empezar, pero ambos están visiblemente cansados. Han pasado la noche en un lavabo de un parking. Él ha dormido sentado en la silla de ruedas y apoyado en la pica del baño. Lleva semanas sin estirarse y sus piernas empiezan a notarlo. Ella se ha tumbado en el suelo con un saco de dormir. 

“La gente cada vez lee menos”, explica Cristina mientras va montando su parada. Se confiesa una fan de toda la generación beat y dice que los ha leído a todos. El libro reciente que más le ha gustado ha sido Los asquerosos, de Santiago Lorenzo (Blackie Books) y admite tener predilección por otro clásico, La conjura de los necios de John Kennedy Toole.

“Aunque estemos a la intemperie, esto es una librería”, apunta Guillem. Los títulos que venden salen de las donaciones de los vecinos. Cada poco rato se acerca alguno con libros bajo el brazo y se los deja en la parada. Ellos los venden a la voluntad de cada cliente. “Menos enciclopedias, cualquier libro es bienvenido”, señala ella. 

Cristina ya conoce los gustos de sus clientes habituales, a los que les guarda libros o les informa por WhatsApp de las novedades que le han llegado. Sabe que a una vecina le chifla la novela histórica. Sabe, por ejemplo, que Lorenzo García, de 82 años, se quedará cualquier título de Arturo Pérez-Reverte. “Me los llevo todos y ella ya me los guarda”, admitía el lunes frente a decenas de libros apilados en el suelo.

La relación de Cristina y Guillem surgió hace siete años en los aledaños del Centre de Asistencia Sociosanitaria Baluard, en el barrio del Raval de Barcelona. “Él me perseguía, pero al principio yo pasaba de él”, recuerda ella. Con el tiempo se unirían dos vidas azarosas, llenas de baches, que acabarían cristalizando en esta librería callejera.

Guillem habla cuatro idiomas y se ganó la vida como traductor durante años. Nacido en el acomodado barrio de Sant Gervasi, pasó 10 años de su infancia en un internado en Düsseldorf (Alemania) y después en el colegio alemán de Barcelona. “De joven viajé por los cinco continentes”, asegura él. Dos hernias discales sin operar le fueron postrando en una silla de ruedas y desde hace cuatro años es incapaz de caminar. Hasta hace poco no sabía lo que era dormir en la calle.

Cristina se fue a los 17 años de su casa en el barrio de Collblanc (L’Hospitalet de Llobregat), enfrentada a unos padres que según ella no la comprendían. “Me fui a Mallorca con dos mudas de ropa y 100 euros en el bolsillo”, recuerda. Lleva ya más de media vida en el alambre, intercalando trabajos precarios con etapas en las que pidió dinero y durmió en la calle. “No tengo ni una solo foto de mi vida”, aseguraba la semana pasada. 

Ambos rompieron hace años con sus familias, con las que no tienen relación, y solo se tienen el uno al otro. “Mi única familia es Cristina”, explica él. Ella, parca en palabras, asiente con la cabeza.

Durante un tiempo, Cristina pidió dinero en el mismo sitio donde ahora está situada la parada de libros. Un vecino de Gràcia le entregó decenas de obras que iba a tirar y decidió ponerlas a la venta. Eso fue hace siete años, justo cuando conoció a Guillem. “Me encantan los libros y lo vi como una buena opción”, apunta. “Pedir me daba mucha vergüenza, pero venderlos es otra cosa”.

La administración ofrece soluciones, pero separados

Los servicios sociales siguen el caso de esta pareja desde 2018, aunque aseguran que han tenido dificultades para mantener el vínculo con ellos. Fuentes del distrito de Gràcia aseguran que tanto a Guillem como a Cristina se les han ofrecido soluciones. Él podría vivir ingresado en un centro sociosanitario en el que le pudieran atender. Ella, señalan, podría estar en el albergue para personas sin hogar con adicciones o bien intentar acceder a una vivienda de protección oficial.

El problema es que cualquier salida implica separarse. Y ninguno de los dos contempla esta opción. “Lo saqué del centro sociosanitario porque eso es un matadero de abuelos”, dice Cristina sobre los meses en que Guillem estuvo ingresado en uno de estos equipamientos. “Tenemos claro que adonde vayamos será juntos”, remacha su compañero.

Cuesta imaginar qué sería de Guillem sin la ayuda de su pareja. Cristina lo lleva arriba y abajo en la silla de ruedas, se encarga de montar y desmontar cada día la parada, le cambia, le afeita y trata de atender una lista de necesidades que no parece tener fin. “Imagino que le tendrían muerto de asco en un hospital”, apunta Cristina. “Pero él quiere seguir viviendo”.

Sobre las ocho de la noche Cristina recoge la parada y pone los libros en bolsas de plástico. El día no ha sido malo, han facturado unos 40 euros. Una vecina pasa a recoger unos cuantos libros que guardará en su casa. Otra vecina les deja el cuarto de luces de su comunidad para almacenar más ejemplares. El resto de títulos los deja en una tienda de marcos que queda a pocos metros de ahí.

Cristina recoge las pocas bolsas en las que llevan sus pertenencias y arrastra la silla de Guillem hasta el metro. Se van hasta plaza Tetuán a cenar a un chino en el que por menos de 10 euros pueden comer caliente los dos. Piden arroz tres delicias y cerdo agridulce. Están cansados, pero es demasiado temprano para recogerse. 

“En invierno, que oscurece temprano, o cuando teníamos un hogar nos íbamos antes a casa a preparar la cena o a mirar la tele”, señalan. “Pero ahora hay que hacer tiempo hasta que nos podemos ir a descansar”.

Sobre la medianoche, exhaustos, se dirigen al lavabo del parking en el que llevan unos días durmiendo. Cada vez queda menos gente en la calle, desde la que se aprecia la vida en el interior de los pisos a través de las ventanas.

De camino se encuentran una Biblia y la recogen, explican que es “un best seller” en su librería callejera. Antes de bajar al aparcamiento, Cristina levanta a peso a Guillem hasta sentarlo en un banco. Le recoloca una almohada en su silla y lo vuelve a coger en brazos para sentarlo de nuevo. 

Él está de peor humor que durante la mañana. “Cariño va, no te pongas capullo”, le dice ella con paciencia. A pocos metros del banco, se escuchan voces en una tienda de campaña que queda casi oculta en una esquina de la plaza. “Los conocemos, ellos también están buscando habitación”, explica la pareja. 

Bajan discretamente al parking sin hacer ruido. Entran al lavabo y dicen estar de suerte: alguien lo ha venido a fregar durante el día. Guillem se apoya en la pica del baño y cierra los ojos. Cristina se estira en el suelo e intenta descansar hasta primera hora de la mañana.

El día se hace largo en la parada de libros, pero más largas se hacen las noches sin tener un sitio a donde ir.

Solo se tienen el uno al otro y no se quieren separar. Esa es su suerte, pero también su desdicha. Cristina y Guillem, 34 y 68 años, son una conocida pareja que vende libros en una calle del barrio de Gràcia. Él no se puede levantar de su silla de ruedas y ambos llevan casi un año sin hogar, malviviendo y sin un lugar donde almacenar los ejemplares que venden. La administración les ha ofrecido alternativas, pero todas pasan por separar su vidas. “Prefiero estar en la calle antes que sin él”, resume Cristina.

"Es imposible encontrar un coche de sustitución si vas en silla de ruedas"

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La habitación que tuvieron alquilada durante más de un lustro, en el distrito de Nou Barris, se inundó de aguas fecales hace poco menos de un año. Se vieron de golpe en la calle, saltando de hostal en hostal, sin posibilidad de alquilar una estancia a pesar de tener el dinero para pagarla. Cada día, Cristina cambia el pañal a Guillem en plena calle y le lleva a todos lados en su silla de ruedas.