De cruzar los Balcanes a pie a compartir piso en Barcelona: “Ha sido duro, pero ahora soy feliz”
Hace casi cuatro años, Midu se disponía a migrar por segunda vez antes de haber cumplido los 25. Primero, abandonó su Argelia natal para ir a Turquía. Pero allí no consiguió mejorar su situación y decidió probar suerte en Europa. Así que puso rumbo a Alemania, donde le esperaban algunos familiares.
Surcó a pie buena parte de los 2.000 kilómetros de la Ruta de los Balcanes, una travesía que, aunque peligrosa y dura, es una de las principales vías de entrada de decenas de miles de refugiados y migrantes. Midu consiguió llegar, pero su viaje no había de acabar ahí. Aunque trabajó durante más de un año y medio en una conocida cadena de zapaterías y podía acreditar arraigo, el gobierno alemán le negó el permiso de residencia. Y le tocó volver a empezar.
Esa vez decidió poner rumbo a Barcelona. De eso han pasado apenas 10 meses, pero hoy se encuentra a punto de graduarse en mecatrónica, en pleno proceso de regularización y tomando té con menta junto a sus nuevos compañeros de piso. Todo jóvenes que, como él, se han visto obligados a dejar sus hogares para subsistir y que, en el transcurso entre dejar una vida y empezar otra, han vivido migraciones traumáticas. En algunos casos, hasta han tenido que dormir en la calle antes de volver a encontrar un techo.
Midu vive con una quincena de personas en una amplia casa del barrio de Vallcarca. Una casa que tiene un nombre: Es una BACstation, un recurso residencial gestionado por BarcelonaActua. Además de esta, tienen otras dos y acogen a un total de 55 personas. Esta entidad lleva años trabajando con migrantes en situación de vulnerabilidad, pero no fue hasta 2020 cuando iniciaron el proyecto de viviendas.
“Nosotros estábamos calentitos en casa, pasando el confinamiento, y ellos vivían en la calle. Todo lo que habíamos trabajado para que pudieran regularizar su situación y encontrar trabajo se estaba perdiendo”, cuenta Laia Serrano, directora de BarcelonaActua. Al principio, consiguieron movilizar a 25 familias para que acogieran a jóvenes. Luego, viendo que la demanda era alta, hablaron con el Ayuntamiento, que les cedió tres hostales que estaban vacíos debido a la pandemia.
“Vimos que aquel era el camino”, sigue Serrano. Así que juntaron recursos y acabaron alquilando tres casas –van camino de la cuarta– para dar un techo a estos jóvenes. “Por mucho trabajo que se haga para integrar a la gente, el sinhogarismo es muy duro. Siempre hay un momento de inflexión en el que alguien que duerme en la calle pasa al lado oscuro. El objetivo es actuar antes”, añade.
Midu estuvo en esa cuerda floja. Cuando llegó a Barcelona, pudo costearse un hostal, pero el dinero de sus anteriores trabajos se fue acabando. “Dejé de poder pagar. Buscaba trabajo, pero también qué comer, dónde dormir... Fueron días difíciles”, explica, lacónico. Viendo que cubrir sus necesidades básicas le estaba costando más de lo esperado, empezó a investigar quién podía ayudarle. Y así dio con BarcelonaActua, que le ofreció entrar en uno de sus pisos.
Los requisitos son pocos: ser migrante, tener más de 18 años, estar empadronado, dispuesto a trabajar y, detalle no menor, a aprender catalán. El joven argelino los cumplía todos y se mudó a principios de marzo.
En este tiempo, ha vuelto a estudiar y se está preparando el examen final de un Grado Superior que dejó a medias antes de migrar. También se ha matriculado en la escuela de idiomas para iniciarse en el catalán y perfeccionar un castellano más que decente. “Es muy importante hablar las lenguas de aquí, todas las que haya, porque es una manera de conocer el sitio en el que me quiero quedar”, dice Midu, que habla seis idiomas. Él es un ejemplo que demuestra la cifra de que el 70% de jóvenes migrantes se han incorporado al mercado de trabajo.
Sortear el racismo inmobiliario
Las viviendas de BarcelonaActua tienen grandes espacios comunes en los que los habitantes pueden pasar el rato, tanto entre ellos como con la amplia red de voluntarios que tiene la entidad. “La clave de la integración es la socialización”, remarca Serrano. Cuentan con parejas lingüísticas, profesores de repaso y gente que, simplemente, va a pasar el rato con ellos y les acompaña a conocer la ciudad. “Hemos creado un equipo de fútbol y también tenemos un grupo para ir al teatro”, cuenta Midu, que se declara amante de las actividades culturales.
La idea es que estos jóvenes, después de lo que han pasado, tengan una vida lo más normal posible y, aunque estén lejos de sus familias, puedan contar con una red de apoyo. Todo ello teniendo en cuenta que el objetivo último es su plena integración en Catalunya. Y eso pasa, necesariamente, por encontrar un trabajo. Con la actual falta de mano de obra, desde la entidad reconocen que no es difícil que los chicos consigan un sueldo; lo que sí es más complicado es que sea un empleo con contrato.
“Hay mucho racismo y muchas empresas que se aprovechan de la vulnerabilidad de estas personas”, aseguran desde BarcelonaActua. Por ello, han establecido convenios con diversas compañías locales para emplear a los jóvenes que tienen acogidos. Una de ellas es la cadena de supermercados Veritas, que en el último año ha dado trabajo a 13 usuarios de esta entidad. “Lo mejor es que les tienen de cara al público, con lo que ellos pueden practicar idiomas y, además, se hace un trabajo de concienciación antirracista con los clientes”, explica Serrano.
Zakaria es uno de esos trabajadores. Él se emancipó de BarcelonaActua en enero y todavía conserva el trabajo en el supermercado, un empleo que compagina con sus estudios en la Escuela de Instaladores de Barcelona. Este marroquí de 24 años arribó a las Canarias cuando apenas había cumplido los 18 y se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja cuando presume de su primer “trabajo legal”.
Él pudo evitar vivir en la calle porque encontró una entidad canaria que le ofreció un techo y le abrió las puertas a una escuela en la que empezó a estudiar diseño gráfico mientras trabajaba de lo que le saliera. Siempre sin contrato. Estuvo dos años en esa situación, hasta que decidió probar suerte en otro sitio. Así llego a la capital catalana, no sin antes haber contactado previamente con BarcelonaActua.
“No somos estrictos con los requisitos; simplemente pedimos que tengan ganas de trabajar e integrarse”, explican desde la entidad. Y tienen bastante lista de espera. A pesar de que hay mucha gente que llama a sus puertas, nunca dejan que nadie se vaya de sus pisos hasta que ha conseguido un permiso de trabajo y un nuevo contrato de alquiler. “¿De qué serviría todo el trabajo que hemos hecho si, de un día para otro, les echamos a la calle y se quedan sin techo?”, se pregunta Serrano.
Ese proceso puede tardar más o menos, dependiendo de la persona y la suerte que tenga. El permiso de trabajo no suele ser un problema teniendo en cuenta que tienen con un empleo casi asegurado. El problema, cuentan, es encontrar un alquiler por su cuenta. “Ni te imaginas la de racismo que hay”, se lamenta Zakaria. Él ha sufrido en sus propias carnes el desprecio de parte de la sociedad catalana; ha tenido que aguantar identificaciones policiales por el color de su piel y también ha visto cómo le negaban un alquiler por llamarse como se llama.
El racismo inmobiliario, lacra que en España es practicada por el 99% de agencias, según un informe de Provivienda, es bien conocido por Zakaria. Él entró en el piso de BarcelonaActua en 2022, sin estudios acabados, trabajo o permiso de residencia. Cuatro años después, ya había conseguido todo eso y se había cerciorado de que Catalunya es el lugar en el que se quiere quedar. Pero cuando le tocó emanciparse, todo fueron puertas cerradas. “No lo entendía, se suponía que lo había hecho todo bien”, cuenta el joven.
Esta es una realidad que se repite constantemente entre los usuarios de la entidad. Por eso, y conscientes de que no pueden tenerlos eternamente bajo su ala, pero tampoco pueden echarlos a los leones, desde Barcelona Actúa han alargado un poco su acompañamiento. Ellos mismos han alquilado dos pisos con cuatro plazas cada uno, para aquellos jóvenes a los que les cueste más independizarse.
“No es ningún regalo”, advierte Serrano. Quienes acceden a este recurso tienen trabajo, por lo que pagan su parte de alquiler y los gastos. “Es simplemente una manera de darles algo más de tiempo”, cuenta la directora de la entidad, que alerta de que, si bien hace años el gran escollo para la integración de los migrantes era acceder al mercado laboral, ahora es la vivienda.
“Es muy difícil irte de tu casa sin saber a dónde vas o qué va a pasar”, se lamenta Midu. Para él, el camino acaba de empezar y para Zakaria se empieza a enderezar. “Yo he sacrificado mucho, ha sido largo y duro, pero ahora, por fin, soy feliz”, dice. Se pasó más de tres años sin poder ver a su madre. “Estudié y trabajé cada día, hasta obtener el permiso y estar seguro de que, si me iba, me dejarían volver a entrar en España”, dice este joven marroquí que, durante el tiempo que duró el proceso de su regularización rezaba para que nadie de su familia enfermara.
Finalmente, eso no pasó. Hace poco, pudo volver a Marruecos y ver a su madre. Cuando lo cuenta, su mirada se ilumina, igual que la de Midu cuando le escucha hablar. A pesar de que no comparten origen, sus historias tienen mucho en común. Y, aunque se llevan casi cinco años, el más joven de ellos actúa de mentor: “Tienes que darlo todo. Tener disciplina y buscar las cosas buenas. No te concentres en el mal ambiente. Esto será una montaña rusa, pero tú intenta buscar una línea recta y llegarás al final. Te lo prometo”.