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Un siglo de sombra wagneriana

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Un siglo separa las fechas de dos de la obras incluidas en el programa que la Orquesta Gürzenich de Colonia, dirigida por su titular Andrés Orozco-Estrada (Medellín, 1977), ofreció el pasado 20 de mayo en el Palau de la Música de València. Abría el programa la obertura de la ópera Der fliegende Holländer (El holandés errante) de Richard Wagner, estrenada en Dresde en 1843. A continuación, la escena final de Capriccio, ópera en un acto de Richard Strauss, estrenada en Múnich en 1843. En la segunda parte, una gran sinfonía, la Primera de Mahler, conocida como Titán, sobrenombre debido al propio Mahler, que luego decidió retirarlo, con escasa eficacia, ya que la inercia histórica hace que no se deje de utilizar. Esta obra, de las más frecuentadas de Mahler, junto con la Cuarta, fue estrenada en 1889 en Budapest, fecha a mitad de camino entre las correspondientes a las otras dos del programa. 

El Holandés errante es la primera de las tres obras escénicas que Wagner denominó óperas románticas. Capriccio, la última de las óperas de Strauss. Tanto este como Mahler, con producciones musicales de carácter muy distinto, tienen en común la influencia wagneriana, pese a que las óperas de Strauss son marcadamente diferentes de las de Wagner y a que Mahler, con una importante producción sinfónica, jamás escribió óperas. El concierto recorría un siglo de sombra musical wagneriana y se cerraba con una composición fuera de programa, la número 9, Nimrod, de las Variaciones Enigma del inglés Edward Elgar, estrenada en 1899, 10 años después de la Primera de Mahler. Si bien Elgar no se puede considerar wagneriano, tampoco está exento de influencia de Wagner.

El concierto se celebró, además, a los cinco días de la muerte de la soprano británica Felicity Lott, poco después de anunciar públicamente que padecía una enfermedad incurable. Aunque programada mucho antes, la escena final de Capriccio fue un homenaje a esta elegantísima cantante, magnífica intérprete de esa obra, de los Cuatro últimos Lieder y de El caballero de la rosa de Strauss. La grabación que tiene en DVD de esta ópera dirigida por Carlos Kleiber (DGG, 1994) es unánimemente considerada como de referencia.

El director de orquesta Felix Mottl decía que, allí por donde se abra la partitura de El holandés errante, el viento salta a la cara. Esa sensación supo transmitir Orozco-Estrada, con una interpretación intensa de la obertura, desde que el tema del Holandés surge poderoso en las trompas sobre el trémolo de las cuerdas, sin duda uno de los arranques operísticos más afortunados de la historia de la música.

El viento se calmó para la interpretación de la escena final de Capriccio, obra de extrema finura, con texto del director de orquesta Clemens Krauss. Está basada en un libreto del abad Giovanni Battista Casti, Prima la musica e poi le parole,sobre el que Antonio Salieri compuso una ópera en el siglo XVIII. Strauss se evade de la angustiosa situación bélica de Alemania en plena II Guerra Mundial con una obra en que la Condesa protagonista reflexiona en la Francia dieciochesca sobre la primacía de poesía o música en las obras escénicas, representadas por dos jóvenes caballeros. La obra acaba sin que la dama acabe decidiéndose por ninguno de los dos, ya que poesía y música son indisociables. 

La orquesta ofreció una bella y cuidada versión con la dirección siempre precisa de Oroz-co-Estrada y muy bien cantada por la soprano bávara Christiane Karg (Feuchtwangen, 198), con adecuada expresión. El algún momento tuvo que esforzarse para hacerse oír por encima del sonido orquestal.

El centro de gravedad del concierto fue una intensa Primera de Mahler, que se abre con la misteriosa nota la en siete octavas en las cuerdas durante 61 compases que Theodor W. Adorno definió como “suspensión”. Los siseos sofocaron un conato de aplauso tras el primer tiempo. El director se volvió al público para decir que no le molestaban los aplausos, pero que, cuanto más aplaudiera el público, más se alargaría el concierto. En el segundo movimiento, un animado Ländler, la orquesta tocó con impresionante y animada perfección, siguiendo a un director que bailaba al ritmo de la música. Hubo silencio antes de que se iniciara el tercero con el lamentoso tema de la canción Frère Jacques en modo menor. No hubo pausa antes del triunfal finale Stürmisch bewegt (Tormentosamente movido), en el que la orquesta tocó de manera verdaderamente fogosa, con un director que no dejaba de subrayar la música con sus movimientos corporales. Cuando esta obra se estrenó en Viena en 1890 el crítico Eduard Hanslick, recalcitrante antiwagneriano ridiculizado en Los maestros cantores en el personaje de Beckmesser, hizo una crítica muy adversa en la que escribió, con referencia a Mahler y él mismo: “Uno de los dos debe estar loco y no soy yo”. Por fortuna, la posteridad le quitado la razón. Las notas de Elgar en el bis tocado con fina delicadeza por los músicos de Colonia evocaban de nuevo con nostalgia el recuerdo de Felicity Lott.