El trasero ideológico de Burt Lancaster
La película El nadador (The Swimmer, 1968), protagonizada por Burt Lancaster y dirigida por Frank Perry y Sydney Pollack, ha sido discutida por sus defectos narrativos, pero se ha convertido en lo que se acostumbra a denominar una obra de culto. Hace poco la estaba viendo en televisión en su versión doblada al español, cuando me sorprendió que en un determinado momento los actores hablan en inglés y aparecen subtítulos en la pantalla. En películas que fueron dobladas durante la dictadura, eso suele ser indicativo de que la escena fue cortada por la censura franquista y repuesta con sonido original en la copia que se exhibe actualmente. La razón está clara: el protagonista, Ned Merrill, encarnado por Lancaster, recorre el valle donde vive, en Connecticut, nadando de piscina en piscina hasta su casa. Cuando llega al chalet de una pareja nudista, prescinde del bañador, si bien la cámara no muestra ni a él ni a sus anfitriones de cuerpo entero. Sin embargo, cuando se marcha se ve a la pareja de espaldas sentada en el jardín y a Burt Lancaster por detrás desnudo. La censura de Franco dejó pasar la exhibición de cuerpo atlético con traje de baño ajustado que hace el actor durante todo el film, pero debió de considerar que la imagen del trasero de tan importante celebridad era excesiva para la rígida moral del nacionalcatolicismo.
Es solo un ejemplo entre miles de lo que suponía la censura, que, sumada a la falta de democracia, construía una realidad ficticia. El régimen de Franco había ejercido una cruel represión durante la posguerra, con decenas de miles de fusilados, en un ánimo genocida de eliminar a todos aquellos que, aun mínimamente, habían colaborado con la República. La derrota de las potencias del Eje en 1945 hizo que se atenuara la represión, pero el negro manto de silencio sobre esta fue un elemento más de alteración de la realidad. Es curioso que, en el intento de borrar la apariencia fascista del régimen, Franco llegó a practicar lo que podríamos llamar autocensura. El propio dictador había escrito, bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade, el argumento de una película dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y titulada Raza (1941). Es un panegírico de la sublevación militar y su triunfo en la Guerra Civil. En 1950, con el pretexto de una resincronización de la banda sonora, se hizo una profunda revisión de la cinta. Se suprimieron secuencias enteras en las que había saludos brazo en alto y también las alusiones a Falange Española y la masonería. La contundencia del título se atenuó al rebautizar la película como Espíritu de una raza. Las copias de la versión original fueron destruidas. No obstante, en 1995 se localizó en la Cinemateca de Berlín una copia completa en buen estado de la primera versión, procedente de los archivos de la UFA que habían quedado en la Alemania del Este. La Filmoteca Española publicó un DVD con las dos versiones.
En todo esto hace pensar la polémica generada por la Junta de Castilla y León, cuya Consejería de Cultura, en manos de Vox, supedita las ayudas a la creación audiovisual a que “no haya contenido ideológico”. Ese pretendido grado cero de la ideología, parafraseando a Roland Barthes, es sencillamente una estúpida falacia. Toda creación artística contiene ideología. Y, por supuesto, también y en grado sumo quienes se erigen en paladines de la ausencia de ella, porque perseguir el pluralismo ideológico implica tener una ideología intolerante y antidemocrática.
En el discurso fundacional de Falange Española, en 1933, José Antonio Primo de Rivera proclamaba que su movimiento no era “de izquierdas ni de derechas”. Esta máxima fue utilizada por el franquismo al arrogarse la posesión de la verdad política por encima de unos y otros. En esa línea de superación de los bandos está el libro del ministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora El crepúsculo de las ideologías, de 1965, en que denuesta la democracia liberal y defiende el régimen de Franco y lo que este denominó “democracia orgánica” como superadora de las divisiones ideológicas. Era la España en blanco y negro, en la que un dictador, que entraba bajo palio en las iglesias católicas, alzaba el espantajo de lo que llamaba “el fantasma de los partidos” y su censura prohibía libros y películas. En otras, como El nadador, aplicaba la tijera a un trasero tan probablemente ideológico como el de Burt Lancaster.
Quienes ahora esgrimen la ideología de los otros para censurar también propugnan la prohibición de partidos con ideas distintas a las suyas, como los independentistas. En la España de Franco no había posibilidad de crítica alguna. Incluso las monedas de curso legal no se limitaban a incluir la cara del dictador; llevaban la inscripción: “Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios”. Dice Paul Preston que algunos decían con ironía: “Por una gracia de Dios”. En nuestra mano está que no se repita este tipo de gracias.