Un algoritmo para gobernarlos a todos

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Cuando empecé el Grado en Periodismo, recuerdo que uno de los profesores más reputados de la carrera nos reprendió por no leer prensa escrita. El discurso, en la línea de «¿¡Cómo pretendéis ser periodistas, si ni siquiera leéis los periódicos en papel!?», no carecía de razón, y estoy segura de que nos hizo sentir avergonzados a muchos de nosotros.

También en ese mismo curso, otro profesor prácticamente nos obligó a abrirnos Twitter para su asignatura.

Nos encontrábamos en 2010, año en que se daba esta dicotomía de estar dejando de lado los medios tradicionales sin haber entrado de lleno todavía en los digitales. Twitter empezaba a colarse en las universidades y en las redacciones como herramienta experimental, aunque su uso entre la población española todavía era modesto.

Al mismo tiempo, la prensa tradicional vivía ya una caída sostenida: las ventas en papel habían empezado a descender tras la crisis de 2008 y muchas cabeceras afrontaban recortes, despidos y reestructuraciones que obligaron a mirar urgentemente al formato digital.

Ese doble movimiento —usuarios migrando a redes y medios impelidos a digitalizarse por necesidad económica— creó un escenario híbrido y frágil: nacieron medios nativos digitales y se generalizó el uso de métricas de audiencia, a la vez que las salas de redacción se transformaban a golpe de improvisación y recorte, con notables consecuencias en la especialización y en la calidad informativa.

Han pasado 15 años desde aquello, y no puedo evitar preguntarme qué discurso dará ese primer profesor a día de hoy a sus estudiantes, o si el segundo profesor se sentirá orgulloso porque supo integrar las redes sociales en el currículum de su asignatura en una época temprana.

Una cosa está clara: la difusión y el consumo de información han cambiado drásticamente, pero quizás no tan para bien como esperábamos. ¿Es Twitter, ahora X, la fuente fiable de información que presumía aquel profesor? Coincidiremos en que no. Y lo mismo ocurre con el resto de redes sociales.

Por un lado, tenemos a personas talentosas que, de forma individual, logran alcanzar una calidad innegable en sus producciones informativas. Es el caso del youtuber Carles Tamayo, autor del sobrecogedor documental Cómo cazar a un monstruo, o de la periodista Sheila Hernández, la mano detrás de es.decirdiario.

Se trata de profesionales comprometidos con valores del periodismo tradicional, como la objetividad o la responsabilidad, que se toman en serio la labor que desempeñan en los medios digitales y hacen llegar a la sociedad piezas útiles a la vez que fomentan espacios de reflexión crítica.

Por otro lado, encontramos los homólogos digitales de los medios tradicionales, cuyas versiones de pago siguen incluyendo noticias, artículos y reportajes de calidad, pero que no están exentos de clickbait y contenido facilón.

Por último, en medio de ambos, existe una cantidad obscena de pseudo-medios de desinformación y figuras públicas que influyen de forma perniciosa en una gran parte de la población, y, entre ella, en los jóvenes. Según un estudio publicado el pasado noviembre por Save The Children, un 60,2% de los y las adolescentes utiliza las redes sociales como medio preferente para acceder a la información.

Ante esta situación de divulgación descontrolada y dudosa, ¿qué podemos hacer los jóvenes —millenials, zetas— que trabajamos en comunicación y que, además, comunicamos para otros jóvenes?

Creo que la respuesta pasa por asumir que, aunque no podamos detener la avalancha de bulos y titulares tramposos, sí podemos contrarrestarlos. ¿Cómo? Reivindicando el periodismo como un servicio público, incluso en redes sociales; seleccionando con cuidado las fuentes que amplificamos; y apostando por formatos que no solo informen, sino que también eduquen y fortalezcan el pensamiento crítico. Porque, si no lo hacemos nosotros, lo harán otros: los que viven de la mentira, del sensacionalismo y del ruido.

No se trata de añorar el papel ni de romantizar la prensa de antaño, sino de recuperar lo que funcionaba de ella —el rigor, la veracidad, la responsabilidad— y adaptarlo al presente. Si quienes trabajamos en comunicación bajamos la guardia y no nos adaptamos éticamente a los nuevos formatos, la desinformación nos ganará terreno. Y, si algo hemos aprendido, es que informar bien es la mejor garantía para construir una sociedad justa.