¡Dios salve a los periodistas!

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En Ciudad de México observé hace unos años, como si fueran unos confesionarios de madera situados junto a un mercado de la capital azteca, como unos escribanos redactaban cartas (también rellenaban formularios) para aquellos a los que su analfabetismo les impedía hacerlo. Esta especie de limpiabotas, que sacaban lustre a los sentimientos más íntimos, elaboraban por un módico precio inspiradas declaraciones de amor, sentidas misivas a sus hijos emigrados a los Estados Unidos que hacía siglos que no veían o mandaban recuerdos a los vecinos del pueblo del que salieron a la fuerza para apretujarse en una infravivienda de los suburbios de aquella megalópolis.

En la actualidad, por estos lares asolados por el microvirus, un jefe de gabinete de un capitoste de campanillas tiene a su mano a un periodista de cabecera, normalmente mal pagado, al que le vuelca en un folio en blanco una idea fuerza (expresión sumamente pedante) de la que vivirán durante toda una semana como mínimo una docena de tertulianos, en su mayoría banales y redundantes. El negocio periodístico, toda una maldición bíblica, está en quiebra, como también muchos otros sectores económicos con el agua al cuello. La situación es crítica. Esta industria de la conciencia ha desertados de los últimos complejos que le quedaban y se ha entregado sin condiciones a manos del mejor postor, sin remilgos; se han rendido a la evidencia económica. Yo pago, tú escribes; yo pongo la pasta, tú intoxicas. Cada vez más nuestra capacidad de asombro disminuye: hay portadas infames, hay titulares rebuscados que le dan impunemente la vuelta al calcetín de la realidad.

Los ingresos publicitarios han menguado tanto que en la radio escuchamos promociones del programa que viene a continuación o de las excelencias de seguir la jornada futbolística del fin de semana en dicha cadena. Como premio de consolación, de tanto en tanto aparece milagrosamente algún que otro anuncio de pago de alarmas contra okupas indeseables, de una casa de apuestas online o de algún seguro de coches. Los periódicos van escasos de anuncios: les salvan algunas campañas institucionales o alguna junta general ordinaria de una gran compañía energética. Alguna portada de la inocente y virginal Ayuso, en plan aparición celestial a los mortales en la cueva de su despacho, podría incluso estar pagada a tocateja con el dinero destinado a los rastreadores de los contagios de su Comunidad. Ella tiene los fondos públicos del Madrid opulento; los otros, a su vez, responden con fuego cruzado de mortero desde el BOE, que aunque no lleve fotos ni publicidad, es también una poderosa arma para doblegar a medios de comunicación hostiles de la derecha rancia. Y así, en medio de ambas trincheras, se sitúan los precarios periodistas a pecho descubierto sin saber muy bien para quién trabajan, ni por cuánto tiempo. Son carne de cañón. Están expuestos a todo tipo de fuego amigo o enemigo. Para sobrevivir han de tragar con una nota de prensa capciosa e interesada. 

- Director, ¿voy a la calle a ver que ocurre?

- ¡Estás loco! Siéntate y repasa los correos o llama a un jefe de prensa cualquiera.

El solomillo de los anuncios de los digitales se los devora con una asombrosa voracidad Twitter o Facebook, que son del mismo dueño. El trabajo de un plumilla mal pagado equivale a toda una fortuna en votos; un reportaje amable escrito por un periodista -que no le alcanza para el alquiler del piso- le servirá a un político para superar unas primarias de oro; una mentira piadosa envuelta entre los pliegues de una columna de opinión correrá como la pólvora de boca en boca hasta que alcance su objetivo bélico: que un obrero raso reniegue de sus creencias o que, como en un truco de magia, lo conviertan en un fan de la ultraderecha, esa que veta en el Parlamento que se le cobren impuestos a Google con los que pagar al maestro de su hijo o el tratamiento de una cuñada con cáncer. Con sueldos ridículos se inmolan al dictado de unos medios que han perdido ya sus últimos escrúpulos.

Ahora, los periódicos están cerrando a cal y canto sus ediciones digitales para intentar conseguir algún ingreso extra con las suscripciones que les evite la bancarrota inmediata. Ana Patricia Botín y sus congéneres financieros se frotan las manos. Nunca estuvo tan barata la carne de periodista. La voz de su amo. Esperemos al menos que Trump no reedite mandato porque ese tiparraco no se corta nada insultando a los plumillas díscolos.

La cosa pinta negra, como la tinta de los periódicos de papel que ya no se leen. ¡Que Dios nos pille confesados! 

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Publicado el
19 de octubre de 2020 - 12:26 h

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