Medios responsables frente al negacionismo machista

0

El negacionista de la violencia de género Juan Soto Ivars se ha paseado estos días por el ecosistema mediático valencianos para promocionar su libro. Hemos visto su pose, la estética del gesto desafiante y la teatralización de una supuesta rebeldía intelectual.  Cómo intenta convertir ese negacionismo en un producto cool.  Todo ello ha sido posible gracias a unos medios de comunicación que han dado relieve y aura de provocación a un discurso reaccionario que minimiza la violencia machista, contribuyendo a normalizar que se señale y desconfíe de las víctimas.

Desde el punto de vista jurídico, la violencia de género no es una percepción subjetiva ni una cuestión ideológica. En España existe un marco legal que la reconoce como una violencia estructural y un problema de Estado, obligando a proteger a las víctimas y prevenirla. Nuestras leyes obligan a los poderes públicos a proteger a las víctimas, prevenir la violencia y evitar la victimización secundaria. La Ley Orgánica 1/2004 estableció una respuesta integral frente a esta violencia, y el Estatuto de la Víctima del Delito refuerza el deber institucional de tratar a las mujeres con respeto, evitando que el sistema vuelva a dañarlas cuando acuden a denunciar o a pedir ayuda.

Resulta especialmente grave que un señor sin datos niegue ese marco jurídico y esa realidad social desde una plataforma mediática que le permite incurrir, además, en una frivolidad particularmente ofensiva al hablar de denuncias falsas como si fueran el centro del problema. La realidad es que no lo son. La Fiscalía General del Estado las sitúa en el 0,001%. 

En materia de violencia de género, las cifras oficiales importan porque hablan de una realidad persistente y estructural. No son un decorado retórico. Son mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas (1.350 desde 2003, muchas más de la cifra de asesinatos de la banda terrorista ETA, en la mitad de tiempo, por poner un dato referencial) menores huérfanos, hijos e hijas asesinadas por sus progenitores, denuncias, órdenes de protección, procedimientos judiciales y vidas rotas. 

Discutir políticas públicas exige rigor, no insinuaciones que forman parte de una estrategia conocida. Exageran las denuncias falsas, sugieren que el sistema protege más a las mujeres y presentan las respuestas institucionales como excesivas. Esto tiene consecuencias reales porque genera desconfianza, desincentiva las denuncias y refuerza la posición de los agresores.

El problema no es solo lo que se dice, sino el marco que se instala. El de que la violencia de género es un invento o una exageración. Así se invierte la carga sobre las víctimas y se blanquea la violencia. Mientras, muchas mujeres asesinadas nunca habían denunciado, y en lugar de exigir más protección, se cuestiona la propia ley.

Cuando se ofrece una tribuna a quien minimiza o deslegitima la violencia machista sin rebatir sus bulos, el periodismo no queda al margen. Al contrario, contribuye a un entorno hostil para las mujeres. Por lo visto es necesario recordar que la violencia de género no se combate con poses ni opiniones sin fundamento, sino con datos, derechos y un compromiso claro con las víctimas. El periodismo debería ampliar el conocimiento, no embellecer el retroceso democrático que supone desproteger a las víctimas de la violencia machista. Protegerlas es una responsabilidad social. Porque nos están matando y nos queremos vivas. Para lograrlo, necesitamos medios responsables frente al negacionismo machista.