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Poner la inteligencia artificial en órbita: la carrera espacial oculta tras Artemisa II

La Luna en fase de creciente, junto a la nave espacial Orion.

Carlos del Castillo

8 de abril de 2026 22:59 h

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Cuatro astronautas han viajado esta semana alrededor de la Luna por primera vez en más de medio siglo. La NASA ha organizado el viaje más largo de la historia del ser humano, ha captado las primeras imágenes de la Tierra desde la cara oculta del satélite y reactivado la ilusión por la exploración espacial del siglo XXI. Sin embargo, esta carrera es muy distinta a la que EEUU ganó en los años 70.

“Construiremos bases científicas, conduciremos vehículos exploradores, haremos radioastronomía, fundaremos empresas, impulsaremos nuestra industria, inspiraremos; pero, en última instancia, siempre elegiremos la Tierra”, pronunció la astronauta Christina Koch justo tras aparecer “zona de silencio”, la parte del viaje en la que la cápsula queda incomunicada detrás del satélite.

El discurso cuidadosamente escogido de Koch para este momento histórico evoca la nostalgia de la exploración del cosmos pero señala una parte de ese cambio. La nueva carrera espacial tiene un componente privado clave. La NASA vuelve al satélite para explotar sus recursos y la misión Artemisa II es el primer paso de una nueva arquitectura industrial y comercial que llegará en los próximos años de la mano de nuevos magnates espaciales.

La cápsula Orión que protagoniza este viaje será, con casi con toda probabilidad, una de las últimas fabricadas por la agencia espacial estadounidense siguiendo los métodos tradicionales. A partir de ahora, el diseño de las próximas generaciones de naves correrá a cargo de empresas privadas en un modelo en el que la NASA entrará como cliente, pero no será la dueña del proyecto ni tendrá control directo en sus requisitos técnicos.

La cápsula Orion, en el espacio profundo durante su viaje a la Luna

Así ocurrirá con los módulos de alunizaje, cuyo desarrollo ya ha sido adjudicado a empresas como SpaceX (Elon Musk) o Blue Origin (Jeff Bezos). El primero se pondrá a prueba en la misión Artemisa III, prevista para 2027. La NASA defiende que este nuevo paradigma, conocido como New Space, permitirá abaratar costes y acelerar los desarrollos. Frente al modelo público tradicional, dominado por la aversión al fallo, la nueva industria bebe de las lógicas de Silicon Valley: asume errores como parte del proceso.

El cambio no es a futuro, sino que está sucediendo ya. La inmensa inversión de SpaceX para desarrollar cohetes reutilizables que disminuyan el coste por lanzamiento (y su mayor tolerancia a perder vehículos), las constelaciones de minisatélites baratos de producir y la extensión de los servicios espaciales mucho más allá de los estados son las primeras pruebas de ello. La seguridad y el paso firme de la exploración espacial clásica se ven sustituidos por la velocidad y la disrupción propias del sector tecnológico.

Fotografía cedida por la NASA que muestra una ilustración del módulo de aterrizaje Blue Moon de Blue Origin (i) y el módulo de aterrizaje Starship de SpaceX (d) en la superficie lunar.

Sin embargo, la economía lunar y la producción de vehículos espaciales son solo la superficie del naciente sector del New Space. El verdadero negocio que las empresas espaciales están presentando a los fondos de capital riesgo, y por el que han conseguido inversiones de unos 150.000 millones de dólares en la última década según datos de Space Capital, no es convertirse en gestoras de la logística y la minería espacial. Ese es solo el primer paso. La carrera espacial oculta que se está desarrollando ahora trata de construir una nueva infraestructura de poder en el espacio y conectarla con la última gran revolución tecnológica terrestre: la inteligencia artificial.

La infraestructura invisible del poder orbital

El espacio se está convirtiendo en una extensión del sistema nervioso de la Tierra. Las finanzas globales se rigen por los relojes atómicos a bordo de los sistemas globales de navegación por satélite, de los que depende desde el comercio internacional de alta frecuencia hasta sacar dinero, explican los investigadores Clémence Poirier y Sébastien Moranta, del Instituto Europeo de Política Espacial. El transporte marítimo, la aviación y la logística terrestre que abastece los supermercados se basan en la misma red para no colapsar, mientras que prácticamente todas las operaciones militares modernas necesitan respaldo satelital.

“Aunque los sistemas espaciales aún no se hayan definido como infraestructuras críticas, sin duda desempeñan un papel fundamental en la prosperidad y la seguridad de las economías y sociedades modernas, y sirven de apoyo a otras infraestructuras críticas”, explican ambos investigadores en la Elgar Encyclopedia of Space Policy and Governance.

La red espacial es muy eficiente, pero eso la ha convertido en un “punto único de fallo”. Es el cruce de caminos moderno. Quien lo controle, obtiene un gran poder de influencia sobre la economía y la seguridad planetaria. Hasta ahora ese poder estaba en manos de los Estados. Pero eso está cambiando con el desarrollo del New Space.

FOTO ARCHIVO. Los satélites Starlink son visibles en el cielo cerca de Salgotarjan, Hungría.

El mejor ejemplo hasta la fecha de ese trasvase de poder se dio en 2022. Entonces Elon Musk decidió unilateralmente frustrar un contraataque ucraniano contra la flota rusa en Crimea. Ante la petición de Kiev para activar la cobertura de su constelación Starlink en la zona y guiar drones submarinos hacia sus objetivos, el magnate se negó y desconectó el servicio por temor a una escalada nuclear.

El curso de la guerra, las vidas de millones de personas y la seguridad internacional quedaron marcadas por la agenda personal de un solo empresario. “Hubo una solicitud urgente de las autoridades gubernamentales para activar Starlink hasta Sebastopol”, publicó Musk en X, su red social, citando la mayor ciudad portuaria de Crimea. “La intención evidente era hundir la mayor parte de la flota rusa anclada allí. Si hubiera accedido a su petición, SpaceX habría sido explícitamente cómplice de un importante acto de guerra y de una escalada del conflicto”, justificó.

Por qué llevar la inteligencia artificial al espacio

Mientras la industria del New Space multiplica la cantidad de datos que llegan desde la órbita, en la superficie una nueva tecnología ha transformado la capacidad de analizarlos e interpretarlos en tiempo real. La convergencia entre la inteligencia artificial y la privatización del cosmos es, para sus impulsores, la mayor oportunidad económica de la historia.

“Estamos hablando de la mayor oportunidad de mercado de la historia, billones de dólares al año en inversión de capital (CapEx). Mi mejor estimación es que, en un plazo de entre cinco y diez años, al menos la mitad de toda la nueva capacidad de computación se desplegará en el espacio por motivos energéticos”, dice Philip Johnston, fundador y CEO de Starcloud, una startup fundada en 2024 que acaba de recibir 170 millones de dólares para desarrollar centros de datos en el espacio.

Estamos hablando de la mayor oportunidad de mercado de la historia, billones de dólares al año en inversión de capital

Philip Johnston fundador y CEO de Starcloud

“Tan pronto como Starship [el cohete pesado de SpaceX] vuele con frecuencia, será más barato construir centros de datos en el espacio”, insiste Johnston, de 39 años. Hasta ahora, un satélite funcionaba de forma similar a un espejo: captaba una imagen o una señal y la enviaba a la Tierra para ser procesada. El problema es que la multiplicación de satélites y telescopios en órbita ha saturado la capacidad de las antenas terrestres para recibirlos y transmitirlos.

La propuesta de Starcloud (así como de otras 20 o 30 startups, de las que una decena están en fase avanzada) es saltarse ese último paso. Convertir esos espejos en centros de datos, desplegando infraestructura de computación en órbita alimentada por paneles solares. De esta forma, en lugar de bajar un archivo gigantesco para que sea analizado en la Tierra, sería el propio satélite el que analizaría la imagen en tiempo real y enviaría una alerta de unos pocos bytes si detecta algo relevante. El proceso podría ahorrar horas en transmisiones.

El modelo Qwen3 completó múltiples experimentos, en los que se transmitieron preguntas desde la Tierra al satélite, se procesaron a bordo y los resultados se enviaron de vuelta a las estaciones terrestres, todo ello en tan solo dos minutos

El Diario del Pueblo periódico oficial del Partido Comunista Chino

SpaceX puso en órbita el primer satélite de Starcloud con chips de Nvidia el pasado noviembre. Microsoft y Amazon ya tienen en marcha proyectos similares. Pero la más avanzada, según sus anuncios oficiales, es China: en enero de este año la empresa Adaspace Technology consiguió subir el modelo Qwen-3 de Alibaba a un satélite en condiciones de misión real.

“En la prueba, el modelo Qwen3 completó múltiples experimentos, en los que se transmitieron preguntas desde la Tierra al satélite, se procesaron a bordo y los resultados se enviaron de vuelta a las estaciones terrestres, todo ello en tan solo dos minutos”, explicó El Diario del Pueblo, el periódico oficial del Partido Comunista de China.

Sin normas para las IA militar espacial

Tanto China como las startups estadounidenses promocionan estos avances como nuevas formas de desarrollar ciudades inteligentes, detectar catástrofes medioambientales antes de que sucedan o telemedicina. La realidad es que una de sus primeras aplicaciones está siendo la militar: satélites con IA que detectan tropas enemigas, tanques o misiles en tiempo real y envían alertas instantáneas para disparar contra ellos, sin esperar a que los datos lleguen a la Tierra.

La carrera de la IA entre Washington y Pekín y el aumento de la tensión internacional hace que todas estas tecnologías nazcan, en realidad, con la etiqueta de “doble uso” (civil y militar). Un factor que desdibuja las fronteras de lo que constituye un arma espacial, complicando su regulación y aumentando el riesgo de que sean atacadas en caso de conflicto, ha alertado el Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme (UNIDIR) en su último informe.

Aunque la inteligencia artificial puede mejorar las operaciones espaciales, también pueden ser reutilizadas y explotadas para aplicaciones disruptivas u hostiles

Naciones Unidas

“Aunque las aplicaciones cuánticas y de inteligencia artificial pueden mejorar las operaciones espaciales, también pueden ser reutilizadas y explotadas para aplicaciones disruptivas u hostiles”, destaca: “Los sistemas avanzados de IA podrían aumentar indirectamente las amenazas relacionadas con el espacio si se utilizan para automatizar ciberataques, secuestrar interfaces o explotar datos de código abierto”.

Esa situación, unida al hecho de que las principales potencias espaciales son también potencias nucleares, hace que Naciones Unidas alerte de que la integración de la IA en los sistemas de mando incremente el riesgo de errores de cálculo o de una escalada militar involuntaria. “La incertidumbre sobre las capacidades tecnológicas emergentes puede alimentar la desconfianza e iniciar una carrera armamentística en el espacio”.

El UNIDIR, una institución autónoma dentro del marco de la ONU cuyo propósito fundamental es realizar investigaciones independientes sobre el control de armas y la proliferación de armamento, advierte que el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre (1967) no tiene en cuenta la toma de decisiones de manera autónoma, lo que complica aún más la situación.

Captura de vídeo de la NASA donde aparecen los astronautas Reid Wiseman (i), Jeremy Hansen (c), y Christina Koch, mostrando los alimentos que consumen a bordo de la nave Orion de la misión lunar Artemis II.

Con todo, el organismo subraya que las startups y los actores comerciales no pueden escudarse en el desconocimiento de las leyes ni en la naturaleza de doble uso de sus productos. En última instancia, advierte el instituto, la viabilidad a largo plazo del mercado espacial depende de que no se convierta en un caos bélico incontrolable. Por ello, les recuerda sus obligaciones de “conocer quiénes son sus clientes” y para qué utilizan sus productos. A los Estados, les pide que no descuiden el control de sus propias empresas.

El ser humano se lanza de nuevo al espacio, pero con unas capacidades inimaginables en su primera carrera hacia la Luna. Si una inteligencia artificial privada toma una decisión errónea sobre una infraestructura crítica desde el espacio, ¿bajo qué ley se juzga ese error? ¿Quién audita los sesgos de un algoritmo que envía alertas a la Tierra a 500 kilómetros de altura? ¿Pensaba Christina Koch en estos dilemas cuando citó a las empresas que protagonizaran la nueva conquista del espacio?

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