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Nacho Cotino, o cuando la peor opción es la mejor

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Entre este titular “Nacho Cotino y Màbel Martí, apuestas de À Punt para el nuevo magacín vespertino Va de bo” y el de “la Corporació Audiovisual de la Comunitat Valenciana designa a Nacho Cotino como director de À Punt Ràdio” apenas han pasado cuatro meses, de los que, al periodista, solo le han durado el (de) prime time tres. Es el tiempo que le costó al ínclito hundir la franja horaria en la que se emitía su programa. Cotino es muy majo —no lo he tratado mucho, pero fuimos vecinos muchos años— y no pongo en duda su valía como periodista deportivo, ni siquiera como gestor de equipos, pero si le encargaron el programa no fue por sus méritos profesionales, sino porque hacía falta un palanganero para convertir Va de bo en un ariete contra el Gobierno… de Sánchez. Como eso lo hacen mejor de la M-30 hacia dentro, la catástrofe estaba asegurada.

Con su currículo, que lo tiene, no me meto. Pero tampoco hace falta saber kung-fú para intuir cuál ha sido el mérito que más ha valorado Paco Aura —este sí que tiene un currículo como para llamar al Equipo A— para, tras un complicado concurso público del que nadie en su sano juicio podía sospechar que se sabía el resultado antes de convocarlo, elegir a Cotino. Hay que reconocer que lo menos cumple el requisito lingüístico que marca el PP: no hablar valenciano.

Y ese mérito es el vídeo que subió a redes sociales en 2023 pidiendo el voto para el Partido Popular. Con esos mimbres, quién mejor para hacer un cesto que incluya “la definición de la línea editorial de la emisora”, que es de al fondo a la derecha, como los cuartos de baño. Por lo visto, eso se hará “conforme a los valores del servicio público: pluralidad, veracidad, diversidad y proximidad”. Te tienes que reír y lo tienes que pagar. Vía impuestos, que ahora van a volver a rebajar para que los que más tienen paguen menos y, por arte de magia, nos venga bien a todos.

Y es que el trato privilegiado a Cotino —hay quien asegura que, cuando le quitaron el programa, alardeaba de que sabía que le iban a dar acomodo en otros lares— contrasta con el desprecio al resto de trabajadores. Para empezar, su cargo (unos 50.000 lereles al año) y otro también de nueva creación, como es el de Gestión Operativa o algo así (mientras más pomposo el nombre, más inútil), no forman parte de la Relación de Puestos de Trabajo (RPT) de la empresa. De una puntada te libras del control sindical y dejas todo al albur de los que mandan.

Pero, para añadir insulto a la herida, la plaza de director de la radio cayó de las negociaciones con los trabajadores: no se le veía ningún sentido. Pero había que rescatarla. Se decidió cuando la dirección se dio cuenta de que, con las elecciones a año y medio vista, hacía falta gente de solvencia a la hora de controlar a una redacción que demostró durante la DANA que, con cuatro perras y mucha profesionalidad, era la plantilla que los ciudadanos nos merecemos de una televisión pública. Eso ahora no vale. Lo de la profesionalidad, me refiero, que hay que vigilarla de cerca. Sobre todo desde el fiasco de la censura de la manifestación contra Mazón de octubre. Se ve que Josep Magranell (jefe de informativos) va de simpaticón desde que sabe que la redacción prefería no tener que padecerle. Pero eso es ahora. Si se tienen que comer cuatro manifestaciones más para seguir comiendo caliente, se las comerán y pagarán las patatas de su bolsillo. El hoy secretario autonómico de Comunicación y ayer presidente de la Corporación Audiovisual, Vicente Ordaz, por lo menos tuvo la dignidad de salir huyendo.

El expresentador de Va de bo ha sido recolocado en cuestión de semanas tocando mare, mientras los trabajadores de la casa (los que trabajan y los que no) sueñan con que algún día se convoquen las oposiciones. Total, solo llevan esperando años —no tantos como el convenio, que ya suma ocho de retraso y lo que te rondaré, morena—, porque hay que hacer una nueva RPT y eso puede durar más que una legislatura sin pan. O décadas, teniendo en cuenta que hay cinco personas (con derecho a vacaciones, bajas…), cuatro hasta hace nada, para atender a 532 trabajadores. En la práctica, eso supone que hasta tramitar los trienios se retrasa (y hay que pagar atrasos).

Y, para añadir absurdo, a la plantilla ni siquiera le han devuelto las tasas de las oposiciones que se anunciaron y que no se van a celebrar. Eso sin contar los despidos (lingüistas, redactores digitales y lo que te rondaré, Cotino…). Bueno, y el pobre Toni Cantó, que como nadie veía su programa no molestaba a nadie. Pero me decepcionará que la presidenta y consejera delegada de la Corporación Audiovisual, Rosalía Mayor, no le apañe algo a su altura: la carta de ajuste, la despedida y cierre… ¡Será por plazas! En cambio, para mejorar el servicio no hay ni un euro y, mucho menos, voluntad. Por eso se quedó por el camino una propuesta de los trabajadores bastante sensata: amortizar once plazas que nadie ocupaba y convertirlas en diecisiete. Ni voluntad ni ganas. Prefieren una À Punt calladita, que está más mona, que una que funcione como debería hacerlo un servicio público.

Es normal, no nos engañemos. Ahora que se han igualado los derechos de los profesores de Religión con los de los que enseñan cosas de verdad (sin tocar el privilegio de los que nombre el Arzobispado), que anuncian un nuevo recorte fiscal para los que más tienen y que —milagro— va a beneficiar sobre todo a los que no cotizan, que el problema de la vivienda pasa por dar más ventajas a los empresarios… para eso no hacen falta periodistas liderando una redacción en una televisión pública, lo que hace falta son palmeros que se cuiden de que se cumplen las órdenes que llegan de arriba. Que no somos tontos, que nos conocemos el paño.