Los 32 años más convulsos del siglo XX y “la eliminación del otro” a través de la colección Castañé
Los números redondos raramente son buenos banderines de la ciencia histórica y solo el tiempo fijará cuándo ingresamos realmente en el siglo XXI. Nos ha costado –nos cuesta– desprendernos del XX, una centena marcada por el avance sin precedente de la ciencia, la entronización de la cultura popular… y la sombra permanente de la guerra total. Estos días se puede ver en la Residencia de Estudiantes –es imperativo salir del centro alguna vez– Intolerancia. España en una Europa convulsa.1914-1945, que ayuda a acercarse de una forma muy física a las primeras décadas del siglo.
La muestra está construida sobre la parte de la Colección José María Castañé, que custodia –y que ha digitalizado– la Residencia de Estudiantes. Castañé (1938) es un empresario y financiero conocido también como gran coleccionista de la cultura política y material del siglo XX (ha sido vocal del Real Patronato del Museo del Prado). Intentó donar su ingente colección al Estado, pero, ante la negativa de este, una parte importante acabó en la universidad de Harvard y otra en la Residencia de Estudiantes.
La materia prima –publicaciones, manuscritos, carteles, dibujos, etc.– era espectacular, pero había que darle sentido y sacarle lustre. La misión se ha conseguido con magníficos extractos de los textos fuente, ampliación de imágenes de las publicaciones, inclusión discreta de audiovisuales y, sobre todo, un orden muy meditado. Tuvimos la fortuna de ver el resultado con Miguel Ángel Martorell, catedrático de Historia Social y Pensamiento Político en la UNED, que ha comisariado la exposición.
El hilo conductor parte de la guerra del 14, “me gusta hablar de Gran Guerra, solo fue la primera cuando empezamos a numerarlas, después de la segunda”, advierte el comisario de la muestra. Después de la guerra total, cuya intensidad podríamos ejemplificar en los 11 meses de frente de trincheras en Verdún, el mundo occidental no volvió a ser el mismo. Según la tesis de la muestra –pues las exposiciones también tienen opiniones y propuestas– ese mundo nuevo, de lenguaje brutalizado, parirá la revolución y el fascismo como reacción a esta, que acabará impregnando todo de su nacionalismo y del intento de expulsión del enemigo interior.
Martorell señala con pesar la imagen de un diploma deportivo alemán en el que aparece una joven deportista llamada Ruth Päshler. “Es de 1934. Ruth es un nombre judío y ella aún podía competir, pero al año siguiente se promulgaron las Leyes de Núremberg”, explica el historiador, que ha tratado sin éxito de recuperar el rastro de la joven y saber cuál fue su destino.
Después de una presentación del siglo–ya se sabe, el corto siglo XX de Hobsbawm– Intolerancia avanza en su segunda sala hacia el golpe de Estado Franquista y la revolución. Martorell nos guía por los objetos de la estancia y se detiene ante una serie de dibujos sobre la revolución catalana salida de la mano del anarquista José Luis Rey Vila SIM, y en su contraparte falangista, firmada Carlos Sáenz de Tejada. Los primeros, de gesto expresivo, actuales, son todo curva. “Movimiento”, destaca Martorell. Los segundos, de factura hierática, similar a la que se llevaba en los medios alemanes de la época (aunque beben también del cómic más temprano, advierte el comisario), están compuestos a base de rectas. “Reflejan una sociedad de orden”, añade el historiador.
No es de extrañar que en la Historia de la cruzada española, de donde proviene la obra del falangista, se incluyeran algunos de los dibujos de SIM como ejemplo de la antiespaña, el enemigo interior que estará muy presente en el resto de la exposición a partir de este momento. “La idea de una comunidad nacional homogénea conlleva, necesariamente, la eliminación del otro”, explica el historiador durante nuestra visita.
Y de esa manera entramos en una tercera sala en la que se enseña la España franquista inserta en el panorama del fascismo internacional. “No sé si esto lo tiene ni siquiera la Biblioteca Nacional”, explica Martorell señalando una serie de folletos que reproducen los discursos de Hitler en español. La colección abunda en la presencia de lo nazi y lo fascista en la España de la primera posguerra: naipes, banderines o ilustraciones que hermanaban las banderas del Reich, la italiana, la del protectorado de Marruecos y la portuguesa; la película de Heinrich Himmler visitando España, el autógrafo de Hitler a un divisionario español… en contrapartida, también encontramos publicaciones de aquellos países ocupándose del hermano español.
La cuarta parte de la muestra entra de lleno en la represión y se abre con los espacios de reclusión al otro lado de los Pirineos. “Esta fotografía muestra la marcha hacia los campos desde la parte española de la frontera, se ve cómo se burlan de ellos”, dice con desazón Martorell señalando una de las imágenes de campos como Barcarés o Argelés prendidos de las paredes.
El discurso se amplía a Mathausen y al anticomunismo imperante, que no se refiere en este contexto al odio al comunista sino al rechazo a todo lo que no cabe en la idea de los vencedores sobre lo que es ser español. Para subrayarlo, nuestro anfitrión fija la atención en una pequeña pintura que representa a unas milicianas “como brujas en un aquelarre” y que, avisa, es la visión sobre todas las mujeres republicanas y de las que, en general, se atrevieron a ocupar el espacio público y alzar la voz.
La exposición se cierra con una muestra de fondos de la Residencia de Estudiantes sobre su propia represión, la de los maestros o los intelectuales. Un cuarto propio que da sentido al espacio expositivo dentro de la narrativa armada. “Este es el real espacio de la tolerancia”, dice con rotundidad el comisario.
Después de su acceso a las riendas de la enseñanza, la Iglesia Católica no perdonaría que la Institución Libre de Enseñanza llevara décadas birlándoles el monopolio educativo e introduciendo el ideario laico en las aulas. En la muestra está el papel de la intervención de la sede –en Martínez Campos– por parte de Falange. “El auditórium quiso derribarse para construir encima la iglesia del Espíritu Santo pero el arquitecto, Miguel Fisac, convenció a Franco de que se podía mantener una parte y el frente del templo es el que tenía el anterior edificio”, explica el investigador señalando lo retorcido de una política de dominación simbólica nada inocente.
Merece la pena, por último, prestar atención a los dibujos de Álvaro Delgado, que ilustraban el libro de poemas Pueblo cautivo de Eugenio de Nora, editado clandestinamente en 1946 por una reconstruida FUE (Federación Universitaria Escolar). Un acto de resistencia en lo más duro de la represión que llevó a Cuelgamuros a compañeros como Nicolás Sánchez Albornoz y a otros al exilio, pero que permite acabar con un hálito de esperanza el camino de sufrimiento delineado por las últimas postas de la exposición. Un recorrido que se expresa bien en la cita de Fernández de los Ríos hablando ante las Cortes Españolas en el exilio: Europa, dijo, no había estado a la altura porque no había comprendido «las dimensiones históricas del drama español“.

0