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La escuela de adultos que resiste 51 años en el Barrio del Pilar con voluntariado, autogestión y autonomía política

Clase Graduado escolar en 1985

Luis de la Cruz

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Un edificio bajo en la calle Betanzos, del Barrio del Pilar, llama la atención al paseante por sus muros adornados. Rodeándolo, encontramos personajes de Ibáñez aludiendo al problema de la vivienda en Madrid o a las prohibiciones del espacio público. Sobre la puerta, se lee: “Un niño, un profesor, un libro y una pluma pueden cambiar el mundo. La educación es la única solución”. La frase de Malala – activista paquistaní por la educación femenina– da la bienvenida a la Escuela Popular de Adultos del Barrio del Pilar, un proyecto autogestionado muy asentado en la barriada.

Según la lógica de las agendas periodísticas, debíamos haber escrito este artículo el año pasado, cuando se cumplieron cincuenta años de existencia de la escuela, pero hemos esperado a los cincuenta y uno para celebrar que el camino hacia el siglo sigue adelante. Quedamos con Dimas y Paco en la puerta y conversamos, con un café, alrededor de una mesa. Ambos lucen canas y entusiasmo. Paco entró en la escuela en el año 81 como alumno de Graduado Escolar. Luego estudiaría historia y seguiría vinculado al proyecto. Dimas, que fue profesor suyo de arte, también lleva desde aquellos años participando en el colectivo.

En BOE del 11 de julio de 1973 apareció una Orden que suprimía “la totalidad de las escuelas especiales para la alfabetización de adultos”, una norma que pretendía, ilusoriamente, que España ya no tenía problemas de analfabetismo. En distintos barrios de Madrid surgieron durante los estertores del franquismo, hacia 1974 y 1975, distintas escuelas populares impulsadas por profesores, alumnos y vecinos. En Prosperidad –La Prospe–, Oporto, Carabanchel, o el Barrio del Pilar. “El fenómeno surge porque en ese momento no existía prácticamente educación para adultos y, en cambio, había una demanda importante de personas que querían salir del analfabetismo o tener a una titulación de estudios primarios que les facilitara acceder al mercado laboral.”, explican Paco y Dimas.

Cada grupo de voluntarios y de alumnos se buscó la vida como pudo para alojar sus improvisadas aulas, impulsadas por las ganas de avanzar y los vientos de corrientes pedagógicas renovadoras. “Había muchas referencias culturales a la educación popular de Freire”, explica Paco.

Escuela en los años 90

En el Barrio del Pilar comenzaron en la parroquia de Luján, que daba cobijo al movimiento vecinal del barrio. Coexistían allí la educación de adultos (el Aula Cultural) y otra aventura autogestionada de matiz cultural (denominada Centro Cultural), que organizaba cine-fórum, veladas de flamenco y otras actividades para el barrio. “En alguna foto de las manifestaciones de los setenta contra la construcción de La Vaguada aparece una pancarta con esa denominación de Aula Cultural”, explican. Cuando trasladan al cura, se van a Santa María del Val, que aún está enfrente de La Vaguada, donde ya disponen de un par de espacios. 

“Pero después de la legalización de los partidos el cura de la parroquia, Julián Sanabria, llamó a una persona de Centro Cultural y a otra de Aula Cultural para decirles que ya no necesitaban la cobertura de la iglesia”. Aunque el Centro Cultural se disuelve entonces –mucha gente se centró en sus partidos u organizaciones en aquella época– el Aula Cultural se traslada a un piso de la Plaza de Verín pagado por profesores y alumnos. “Allí tienen más espacio y aun así la demanda es tan grande que se queda pequeño, así que empiezan a buscar alternativas”, explican ambos.

En 1978 se decidió en una asamblea, con el apoyo de todos los agentes vecinales, utilizar el local -vacío desde hace años- de las antiguas oficinas de Banús, el constructor franquista que edificó el Barrio del Pilar. Hasta hoy.

Fragmento de uno de lo murales que adornan actualmente la fachada del edificio

“En ese momento yo estaba en el Ateneo Libertario Ferrer y Guardia, en el mismo Barrio del Pilar”, explica Dimas. La presencia de personas procedentes de diferentes sensibilidades políticas del arco izquierdo y colectivos ciudadanos hizo que la escuela fuera un nodo político de primer orden en el barrio. “Cuando se reunía la comisión de fiestas se hacía en la escuela; cuando el barrio estuvo cercado policialmente quince días en tiempos de Barrionuevo –en el contexto del secuestro de Diego Prado y Colón de Carvajal por parte de ETA– la gente se reunía aquí, y todo lo importante que sucedía pasaba en este lugar”, explica Paco.

En el nuevo edificio encuentran sitio la escuela de adultos y otra infantil, que no duraría mucho tiempo. “Aquí ya teníamos tres aulas, que equipamos poco a poco, con lo que íbamos trayendo unos y otros”. Paralelamente, comienza la coordinación con el resto de escuelas hermanas, que en los ochenta se formaliza en la Federación de Escuelas Populares de Madrid. “La actividad de todas descansaba sobre tres patas –dice Paco–, el voluntariado, la autogestión asamblearia y la autonomía política. La independencia ha costado mucho, pero se consiguió, la militancia era con la escuela y los partidos asumieron que no podían tener protagonismo”, explican ambos.

La actividad de la escuela popular de la calle Betanzos se asentaba sobre bases muy terrenales. “La gente necesitaba la titulación de graduado escolar, igual había cincuenta o sesenta apuntados cada curso. Y, al margen, estaba la clase de alfabetización, formada sobre todo por mujeres y mayores, que ha durado hasta 2010”, remarcan. Los exámenes para el graduado se llevaban a cabo en los centros de EPA (Educación Permanente de Adultos, antecedentes de los actuales CEPA). En el caso de los vecinos del Barrio del Pilar, en el de Fuencarral. “Al principio dependían de la Diputación y los directores solían ser falangistas”, rememoran.

Posteriormente, se modernizaron y pasaron a la Comunidad de Madrid. “Quienes estaban en el centro EPA de Fuencarral eran gente muy válida y se consiguió que nos consideraran como una especie de centro adscrito”, cuentan. Desde entonces, ellos daban clase y examinaban; y desde el EPA daban carácter oficial a la titulación de los alumnos.

En el año 2018

Siempre conectadas con el entorno, en las escuelas populares llevaban a cabo también actividades fuera de programa. Cursos de teatro, baile, exposiciones –“el gran espejo que hay en la escuela son los restos de las clases de baile”, incide Dimas–; vinieron a dar conferencias figuras como José Luis López Aranguren, Agustín García Calvo o Fernando Savater“, recuerdan.

Señalan que algunos de los que dieron clases hoy son investigadores y profesores en centros de reconocido prestigio y hablan con orgullo del nivel pedagógico de la experiencia. “En 1983 empezamos a hacer un trabajo que utilizaba la ciudad como recurso didáctico, incluidas visitas por Madrid, que entonces no se estilaban. En los dos cursos de graduado escolar se trabajaban Madrid y el barrio, era bastante pionero y hasta hicimos una maqueta del barrio. Con ello, se integraban las enseñanzas de geografía, historia y arte en el proyecto. Un poco después, llegamos a integrar la enseñanza de la historia y las ciencias”, detallan mientras llegan recuerdos atropellados a la cabeza.

Esas primeras indagaciones acerca de la historia de la ciudad son el germen del Grupo de Historia Urbana del Barrio del Pilar, una actividad nacida en el seno de la escuela en la que ambos participan, y que los ha llevado a organizar numerosas exposiciones en las bibliotecas del barrio, a publicar una ingente documentación histórica y un libro con la editorial La Librería. Dimas y Paco son actores y cronistas de la historia del barrio.

El nivel pedagógico se mantuvo hasta que el graduado escolar terminó hacia el año 2000 con el cambio de ley educativa y la generalización de los centros públicos para personas adultas. Para ello, fue muy importante la mencionada coordinación entre las diferentes escuelas de barrio. “Durante años se montaba una escuela de verano. A una de ellas trajimos al propio Paulo Freire y metimos a mil personas en un local de Ciudad Lineal”, explica Paco, que ha sido el último presidente de la coordinadora.

Se terminó el graduado escolar, pero siguió la alfabetización y surgieron otras necesidades, como la capacitación informática o el español para extranjeros. Con el cambio de milenio, hubo un cambio generacional –llegaron los jóvenes del Centro Social La Piluka– y continuaron los cursos: de electricidad, gimnasia, Tai-Chi…“ con la filosofía de siempre”, recalcan.

La Escuela Popular de Adultos del Barrio del Pilar son ya cincuenta años de historia. Las cuotas, que pagan profesores y alumnos, continúan en los cinco euros desde hace muchos años. Actualmente, se siguen llevando a cabo actividades y, sobre todo, exposiciones temporales.

En los años 90 se popularizó el lema “La Prospe resiste”, que ponía letras a la campaña de lucha por no desaparecer de la Escuela Popular del Barrio de Prosperidad, que mantiene una magnífica relación con la del Barrio del Pilar. Aquella batalla se ganó: la Consejería de Educación de la Comu­nidad de Madrid cedió por 50 años el local de la calle Luis Cabrera, donde se ubica desde 2001. En el caso de la Escuela Popular de Adultos del Barrio del Pilar podríamos decir que, de forma más silenciosa, ha caminado ininterrumpidamente hacia adelante, cambiando el uso de lo que fue sede del constructor franquista de la barriada por una casa de todos, adaptándose a los tiempos. Que sea por mucho tiempo.

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