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Japonismo, el antecedente de lo otaku en lo salones nobles, teatros populares y tiendas en el Madrid del siglo XIX

Ueno Kiyomizu yori Shinobazu no chôbô [Panorama del lago Shinobazu desde el templo Kiyomizu, en Ueno]. De 1894

Luis de la Cruz

1 de marzo de 2026 22:23 h

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La semana pasada se celebró en Madrid la Japan Weekend, una cita anual que habla de la buena salud de la influencia de la cultura del país asiático en España. La feria de anime y manga se une a otras parecidas que salpican el calendario, a una nómina cada vez mayor de tiendas especializadas y a la popularización de los antaño escasos viajes turísticos al país. Japón no es una moda, sino un interés asentado en un sector no desdeñable de la población. Hablamos hoy de cuando algo parecido sucedió en nuestro país y en Madrid cuando, durante el siglo XIX y las primeras décadas del, XX la cultura japonesa fue también objeto de curiosidad. Anidó en los gustos de las élites madrileñas, permeó en sus nacientes instituciones culturales y se derramó al comercio y el ocio popular.

El interés por el Asia Oriental en nuestro país se remonta al siglo XVIII, con manifestaciones vinculadas a la decoración de los palacios reales, como el Salón de Porcelana del Palacio Real o la Sala China del Palacio de Aranjuez. Se ha llamado la chinoiserie a una visión fantástica y poco realista de oriente, algo parecido a lo que Edward Said llamaría después, centrándose más en la visión del mundo árabe, orientalismo.

Pero lo que se ha denominado propiamente japonismo –primero corriente artística y luego más general– entra en España por donde lo hacían la mayoría de las modas internacionales: a través de París y, por su cercanía a Europa, por Barcelona. Es en esta ciudad donde se produce en 1888 una exposición universal cuyo pabellón japonés, el único de un país asiático, fue uno de los más exitosos; auténtica puerta de entrada para manufacturas y piezas artísticas procedentes de Japón (especial atención mereció la casa tradicional japonesa hecha en madera de ciprés hinoki trasportada allí desde Yokohama). En Madrid ya se había producido la Exposición de Objetos de China y Japón de 1871, patrocinada por el Ministerio de Ultramar.

Abanicos, biombos, cojines de seda o grabados en madera (Ukiyo-e) fueron algunos de los elementos más apreciados de lo japonés en nuestro país. La fascinación por el Ukiyo-e, en concreto, se extiende hasta nuestros días y tiene su exponente más claro en la conversión pop de la famosa ola de Hokusai.

La alta sociedad acogió, como antes había sucedido en otras grandes ciudades europeas, el gusto japonés, creándose espacios suntuarios como el Salón Oriental del palacio de Santoña (1876) o el gabinete japonés de Cánovas del Castillo. Pero la decoración “a la japonesa” llegó también a lugares abiertos al público, como el restaurante L'Hardy o el salón japonés del Teatro Alcázar, donde los artistas salían a saludar al público vestidos con kimonos, según contaba Ramón Gómez de la Serna.

Teatro Salón Japón, en la calle de Alcalá

El arte japonés encontraría acomodo en los estudios de algunos de los artistas más relevantes de la sociedad madrileña de la época, como el del cordobés Julio Romero de Torres, que pintaría su Geishas en Kimono en 1898 por encargo del Casino Militar de la Gran Vía. O Joaquín Sorolla, en cuya casa-museo aún se custodia una máscara de teatro Noo que fue propiedad del artista. En el capítulo de los literatos cabe mencionar que, probablemente, lo japonés tendría presencia en las tertulias que se producían el salón de Emilia Pardo Bazán, gran aficionada al tema. Sin embargo, la influencia más directa fue seguramente la de Enrique Gómez Carrillo, que publicó en 1912 El Japón heroico y galante.

El furor por lo asiático, en general, y por la cultura japonesa en concreto, vestía mucho y pronto llegaron también las primeras piezas al Museo Arqueológico, recientemente creado, como una armadura de samurái completa– que costó 1.000 pesetas–, cajas barnizadas con laca urushi, porcelana de Satsuma y una larga nómina de objetos, a menudo donados por cónsules españoles en Japón y viajeros de posibles.

Cada vez era más frecuente encontrar objetos artísticos y decorativos japoneses en nuestra ciudad. Se abrieron tiendas especializadas o que, al menos, trabajaban el género, como La japonesa, Sobrinos de Martínez-Moreno, Sucesores de Pallares Aza y Artículos de Japón. Tiendas donde encontraban acomodo las japonerías (objetos estéticos) como la tienda de Arnaiz en la calle de Postas, descrita por Benito Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta, donde se vendían pañuelos bordados y marfiles labrados. El quitasol japonés se convirtió también, a finales del XIX y principios del XX, en un accesorio para las clases altas en sus visitas a los balnearios y las playas. Decaería unas décadas después, cuando se puso de moda ponerse moreno en vez de conservar la palidez.

Pinturas murales del salón japonés del madrileño palacio de Santoña

Lo japonés también colonizaría la cultura de masas y sus manifestaciones más frívolas. En la calle de Alcalá estuvo a principios del XX el Salón Teatro Japonés, donde reinaban el music-hall y el cuplé entre motivos decorativos de inspiración japonesa. El 20 de noviembre de 1907 se presentó en el Teatro Real de Madrid la ópera Madama Butterfly de Giacomo Puccini, de tema japonés, dando idea de cómo este universo estético había calado ya en capas significativas de la sociedad.

El ciclo se cerraría antes de la guerra con la primera gran exposición de estampas japonesas en España, celebrada en el Museo Nacional de Arte Moderno en 1936, con 338 piezas que abarcaban desde el siglo XVII hasta el XX. El Museo del Prado adquirió a su finalización 20 estampas representativas que son la piedra fundacional de su colección de arte japonés.

Las relaciones internacionales jugaron un papel tan importante como los intercambios comerciales a la hora de entender el acercamiento de la cultura japonesa y la española. En 1868 se había firmado en Kanagawa el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre ambos países. En Japón se iniciaba la Revolución Meiji, que buscaba modernizar el país y abrirlo al exterior tras años de aislamiento, mientras que España estaba inmersa en la Revolución Gloriosa –Isabel II había sido depuesta del trono solo dos meses antes de la firma–. De vuelta a la realidad monárquica, las relaciones diplomáticas continuarían: Alfonso XII recibió en el Palacio de Madrid al cónsul Kagenori Ueno y en 1883 el príncipe Taruhito Arisugawanomiya visitaría Madrid.

Traducción de Millán Astray

La fascinación por lo japonés abandonó el mundo de lo meramente estético con la victoria militar en la guerra ruso-japonesa (1904-1905). El catalizador del creciente interés entre los militares españoles fue la publicación de la obra de Nitobe Inazo, Bushido: El alma de Japón. Nitobe, un académico que escribió originalmente en inglés para explicar su cultura a Occidente, presentaba el Bushido –un código ético samurái– no como una reliquia histórica, sino como el sistema moral que permitía a Japón modernizarse sin perder su identidad nacional. No fueron pocos los que, agarrados al sentido del honor, asimilaron al samurái con la figura hispana del caballero, y encontraron en el texto una vía tradicional a la modernidad y el naionalismo.

La atracción espiritual noventayochista encontró eco en el debate entre Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu. Mientras que el primero lo desdeñó, Maeztu quedó prendado por el bushido, llegando a afirmar que cada soldado japonés era una mezcla mística de San Francisco de Asís y Hernán Cortés. Es así como la imagen especular y deformada de la tradición japonesa se incorporaba al debate sobre la identidad española después de 1898. Este itinerario sería recogido por José Millán Astray, que trataría de mezclar en el espíritu de la Legión Española, los viejos Tercios de Flandes, la Legión Extranjera francesa y el Bushido.

La política internacional seguiría marcando la relación de la sociedad española con la imagen de lo japonés en las siguientes décadas. En los años treinta la izquierda lo vincularía, tras la invasión de la Manchuria, con el imperialismo, mientras que el país atraía a los sectores conservadores y, más tarde, a los franquistas, que verían en Japón un baluarte del anticomunismo. Aunque no es objeto de este artículo, diremos que la imagen de Japón caería en desgracia después de la matanza de Manila en 1945. El Franquismo utilizó los crímenes cometidos contra la colonia española y el asalto al consulado español para intentar alejarse de sus antiguos aliados del Eje y capear los nuevos vientos de la política internacional después de la Segunda Guerra Mundial. La nueva narrativa azuzó el espantajo racista del peligro amarillo y lo oriental pasó a ocupar un lugar distante en la cultura española hasta que, muchos años después, las manifestaciones más contemporáneas de Japón llegaran de nuevo en un envoltorio globalizado, ¿para quedarse?

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