El historiador de El Rastro que subsistió vendiendo allí su libro cuenta por qué acumula 300 años de éxito en Madrid
Pasado San Isidro y a pocas fechas de que empiecen las fiestas de verano, podemos decir sin temor a equivocarnos que lo castizo está de moda. Pero, ¿qué es lo castizo? La respuesta daría para un artículo aún más largo que este que comienza aquí, pero un vistazo a Instagram nos haría sospechar que algo de explotación distorsionada de la memoria de las clases populares madrileñas hay en la moda.
Grupo Taller de Historia Social —una un equipo de investigación de la Universidad Autónoma de Madrid centrado en la historia del mundo del trabajo, las clases populares y el conflicto social en la España Moderna— e investigadores de la Universidad Complutense han juntado fuerzas para hablar de las clases populares con la propiedad que otorga la investigación histórica.
La iniciativa ha tomado la forma de unas jornadas divididas en dos días y dos espacios de honda raigambre popular. La primera de las sesiones se desarrolló en el Centro Cultural La Corrala (gestionado por la Universidad Autónoma de Madrid) este viernes 29 de mayo. La segunda, tendrá lugar en el Ateneo La Maliciosa el próximo 11 de junio.
“La intención es intentar ver la parte más desmitificadora de estos barrios, que están siempre muy vinculados con un cierto toque casticista, y darle un sentido más histórico y real a las personas que los habitaban”, explica José Antolín Nieto, historiador de la Autónoma con el que hemos hablado de El Rastro, sobre cuya historia guía un paseo en el contexto de las jornadas.
Nieto habla con el poso de quien ha escrito tres volúmenes sobre las vivencias del mercado, de quien se ha criado entre el bullicio de los puestos de la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo y de quien ha vendido su libro (I, II y III), hecho después de cientos de horas en archivos, los domingos por la mañana en El Rastro.
SOMOS MADRID: Ahora está de moda el tema de lo castizo, una cosa muy estética…
JOSÉ NIETO: Claro, nosotros lo que queríamos, a través sobre todo de nuestras investigaciones, es darle una imagen real a la sociología de los barrios. En ese sentido, la intervención de Victoria López-Barahona en las jornadas es interesante porque ha rescatado una fuente que no se conocía mucho sobre una parte del barrio de Lavapiés, en concreto el barrio de las Niñas de la Paz.
Tendemos a pensar que todo comienza en una fecha determinada y de una manera que se conoce con exactitud, pero no es exactamente así según cuentas en el primero de tus libros
Efectivamente, el comercio surge de manera paulatina. El Rastro nace alrededor del matadero, donde comienza a haber una proliferación de vendedores con tiendas y, al mismo tiempo, de vendedores que son de ambulancia pura y dura, es decir, que con su cuerpo van transportando la mercancía. Madrid crece mucho a partir de la llegada de la Corte a Madrid en 1561, el matadero lo hace con la ciudad y el barrio crece alrededor suyo. Se asientan zapateros, curtidores, guarnicioneros, gente que manufacturaba con tendones cuerdas de guitarra… luego llegan al Cerrillo del Rastro (hoy Vara del Rey) otra serie de oficios y se empiezan a vender productos no relacionados con el matadero, esencialmente la ropa usada en el siglo XVIII.
Hay fechas que sí sabemos. En 1751, por ejemplo, encontramos la primera referencia de una venta en domingos a través de una redada hecha por los alguaciles a tres vendedoras ambulantes. Son denunciadas por el gremio de prenderos (tratantes de ropa usada). El mercado crece y hay que regularlo, los primeros permisos son de 1811.
Luego, a lo largo del XIX el mercado va creciendo en importancia
En la historia del siglo XIX va permeada en torno a dos elementos: la persistencia del mercado diario y la aparición de los bazares.
Empecemos por lo primero
Hoy hemos perdido el mercado diario, que dura hasta 1984. Antes, existían el vendedor ambulante y el vendedor al que el Ayuntamiento ponía una estructura. Eso lo puedes ver incluso en películas del siglo XX como en Mi tío Jacinto. Ese mercado diario era una realidad prácticamente desde el año 1730 en la zona del Cerrillo y en las calles aledañas.
Y los bazares aparecen a mediados de siglo, ¿verdad?
Son la reutilización de tenerías antiguas y en algunos casos de casas de vecindad. Solamente conocemos un bazar de nuevo cuño, de construcción exclusiva para la venta ambulante, que es el bazar del Federal, que estaba en la otra parte de la Ronda de Toledo. Los bazares facilitaban a una parte de los vendedores un resguardo ante las inclemencias del clima, el espacio físico para poder exponer su mercancía, almacén y unos servicios públicos que el Ayuntamiento nunca ha proporcionado: los urinarios.
Mucha gente dice que habían desaparecido en los años 60, pero yo he visto bazares todavía a finales de siglo. Mi padre ha estado almacenando género hasta bien entrado los ochenta en bazar. En la derivación del bazar del Federal y en otro que no era al cien por cien un bazar, pero en el que había gente que vendía dentro, que era en la corrala Cambalache. La derribaron hace dos días, como quien dice. Te diría yo creo que había otro bazar que ha estado hasta bien entrados en los años 90, incluso a principios del 2000 —lo que pasa es que la gente no la considera un bazar—, el propio Centro Cultural La Corrala de la Autónoma, donde organizamos las jornadas.
El tercer libro de tu trilogía lo comienzas en 1936, ¿cómo fue la existencia de El Rastro durante la guerra?
Tardé mucho en escribir la tercera parte del libro de El Rastro porque quería encontrar información verosímil de su existencia durante la guerra. Pude hacerlo por una fuente que hasta la fecha no tenía una fácil consulta, la Biblioteca Digital de la Biblioteca Nacional.
Encontré ahí una entrevista a dos vendedores de uno de los bazares, en concreto del Bazar del Médico. En el Rastro hay incluso restos de la guerra, cayó un obús en uno de los bazares y hay fotografías de la Puerta de Toledo con trincheras. Ellos dicen que a pesar de todo hubo Rastro. De hecho, afirman que estaban colaborando con el Gobierno republicano y mandando repuestos de coche al Ejército.
Bueno, en definitiva, hay Rastro durante la guerra. Hay asociaciones de vendedores que me pidieron la información porque en la época de la pandemia el Ayuntamiento de Madrid cerró el rastro durante siete meses. Me decían, “si no se ha cerrado ni durante la guerra”. Consideraban que era un sitio seguro, al aire libre. En algún momento los centros comerciales estaban abiertos y El Rastro no.
¿Qué pasó después de la guerra?
Las cosas del Ejército republicano, desde armamento hasta material de automóviles, acaban en El Rastro. Es curioso el tema de la Galería Bayón. A partir de los cuarenta comienza a haber otro tipo de venta: en las galerías. Son otro tipo de institución dentro de El Rastro que tiene como función fundamental, en gran parte, la venta de productos relacionados con las antigüedades. Pero las primigenias, como esta de los hermanos Bayón, tenían como punto de referencia el producto derivado de la incautación del Ejército republicano. Ellos tienen contacto con el Ejército, que les va pasando el material. Y se hacen de oro.
Luego está el tema del estraperlo. La gente vende todo lo que puede, con situaciones muy vinculadas con la ilegalidad. Una cantidad importante de productos básicos, comida en muchos casos. El Estado mira hacia otro lado porque sabe que la economía está desestructurada y la gente tiene que comer.
No sé si tienes tú constatado ahí un ámbito de resistencias cotidianas
Sí, yo creo que hay una línea de continuidad con las resistencias que hubo en el siglo XIX. Eso yo creo que lo refleja muy bien Ramón de Mesonero Romanos cuando dice que El Rastro es una zona díscola, muy rebelde, con gente que ha hecho que se convierta en una especie de isla dentro de la ciudad. De hecho, Mesonero Romanos habla de la necesidad de domesticarla y que metan en El Rastro un tipo de teatro específico para que sus habitantes vayan entendiendo cuál es la forma adecuada de comportarse en una sociedad burguesa.
Pienso que la venta en las galerías o a través del estraperlo son formas también de resistencias ante el sistema. Hay un elemento que a lo mejor es meramente simbólico, pero significativo. En Lavapiés, al lado de Cabestreros, se ha conservado una fuente de la Segunda República. ¿Cómo es posible esto? Primero, por la dejadez del propio Ayuntamiento y luego por la propia idiosincrasia del barrio.
El Partido Comunista intenta ya desde muy pronto hacer en El Rastro reparto de propaganda. Hay incluso una apropiación del espacio, aunque sea minoritaria, con intentos del Partido Comunista de asentarse dentro del barrio y dentro del mercado, haciendo rifas para recaudar fondos e instalando células del partido. También algunos de los anarquistas de Madrid que estaban resistiendo en el interior utilizaron el barrio y el mercado para hacer acciones políticas. Son evidentemente resistencias muy difíciles de localizar.
Y esto yo creo que vuelve a emerger un poco en los momentos de la Transición, con la eclosión contracultural y las razias de la extrema derecha
Ya eso lo he vivido en primera persona, aunque de una manera un tanto marginal. Durante los años 1978 y 1979 hubo unos periodos bastante duros. En la parte de Cascorro comenzaron a ponerse puestos políticos de izquierda o de grupos como la COPEL (Coordinadora de Presos en Lucha). Hay un documental del NO-DO que lo muestra, evidentemente con sesgo ideológico. Aparece cómo la gente se arremolina en torno a los puestos políticos, muchos de quienes están allí llevan megáfono y cuentan lo que había pasado en el ámbito de la movilización política de su sector. En la grabación se dice que no tienen apoyo de los vendedores, pero era mentira.
Esto sucede en el contexto de la reacción de los grupos de ultraderecha, sobre todo los Guerrilleros de Cristo Rey, que actuaban en connivencia con la policía. Iban con todo tipo de cadenas y pegaban a diestro y siniestro. A vendedores, compradores y a los miembros los tenderetes de propaganda política. La Policía siempre acudía como 15 minutos tarde a pesar de que había un coche de policía a 500 metros
Lo viví por las carreras que se organizaban desde Cascorro hacia abajo. Bajaban por la Ribera de Curtidores, pero también llegaban por las calles anexas y hasta el Campillo, donde yo vendía. Tenía 10 años, 12 como mucho, y durante cuatro o cinco semanas recuerdo estar con las típicas lecheras de los grises al lado de nuestros puestos. Estábamos atemorizados y fue bastante dramático.
Ya que estás contándonos estas vivencias, ¿cómo es tu vinculación personal con El Rastro?
Comienza con un tío mío que era mecánico y debía de tener algún tipo de situación que le permitía vender piezas y recambios de coches. Probablemente, sacaba parte de los recambios de los talleres militares y vendía en el antiguo bulevar, que ahora es la Ronda de Toledo. Mi padre empezó a vender poco después. Era un manitas con la juguetería de madera, aunque luego empezó a vender herramientas. En los 70 mi hermano, que por desgracia ha fallecido recientemente, empezó a vender sellos porque hubo una exposición universal de Filatelia en Madrid en el año 75, y él aprovechó la afición que mi padre tenía a los sellos (también él vendió sellos y monedas después de herramientas). Mi madre fue vendedora, primero de novelas y después de artículos de mercería y de ropa de crío. La tradición familiar empezó en 1957 y terminó hace dos días.
La vinculación de tus libros sobre El Rastro es bien material…
Yo soy hijo de la crisis económica de principios de los 2000. Al principio, tuve una experiencia muy positiva en mi ámbito de investigación, me concedieron unas cuantas becas y un contrato predoctoral. Cuando acabé la tesis en 1999 me concedieron un contrato postdoctoral, pero en el curso 2001-2002 se acabó. Esperanza Aguirre se cargó la política educativa de becas universitarias.
Yo había dejado El Rastro sobre 1998 para terminar la tesis y tuve que volver al mercado. Le dije a mi madre: “Mamá, la situación en la que estoy es complicada, tengo que volver para vender, pero tengo una idea, tengo información suficiente como para hacer un libro sobre la historia del mercado”. Mi madre me financió el libro y empecé a vender el primer volumen en el puesto. Luego, ya más liberado de presiones económicas, saqué el segundo y el tercero. Para mí El Rastro también ha sido un mecanismo de resistencia.
Inevitablemente, tengo que hacerte la pregunta más tópica ¿Cómo ves El Rastro hoy y en qué crees y que ha cambiado?
A menudo hay una visión pesimista, pero yo tengo una panorámica del mercado de 300 años. La palabra resiliencia no me gusta mucho, pero a lo mejor la podemos utilizar para el mercado.
A pesar de todas las podas que ha tenido, la desaparición de los bazares, de la venta de diario, de los intentos de traslado y cierre… se ha mantenido siempre en el mismo lugar, a diferencia de otros mercados europeos. Mercat dels Encants en Barcelona es muy interesante pero es un mercado extrarradio y al mismo tiempo un mercado que se ha trasladado muchísimas veces del lugar. Feira da Ladra, en Lisboa, o el mercado de Las Pulgas, en París, son mercados que tienen sus características propias, pero son relativamente más recientes que El Rastro.
Tiene una cantidad ingente de enemigos, eso sí. Por ejemplo, los grandes almacenes —que abren también los domingos— los supermercados grandes, y el gran enemigo de El Rastro, Internet y la compra por Wallapop. Sin embargo, sigue estando ahí.
Probablemente, hay productos que estén estandarizados, sí, pero eso también pertenece a una lógica del rastro aunque mucha gente no lo vea. Ya en 1820 había una producción de zapatos nuevos exclusiva para El Rastro. La estandarización estaba presente mucho tiempo atrás. No sé si es que soy demasiado optimista, pero creo con un poco de difusión y con más de apoyo institucional, cosa que nunca ha tenido, El Rastro puede subsistir. Yo creo que lo de El Rastro es cíclico.
Pero imagino que la gentrificación lo estará afectando
Ahí es donde está cambiando un poco más, porque hay una gentrificación importante del barrio y los nuevos residentes no lo comprendan al cien por cien, como los de hace 40 años. No entienden los ruidos a primera hora de la mañana de un domingo. Antes, una parte importante de los vecinos que tenían alguna propiedad en los bajos de los edificios los alquilaban a los vendedores para la mercancía, nosotros le hemos llamado siempre a eso encierres. Ese tipo de cosas, unidas a que el ayuntamiento en determinado momento dejó un poco de la mano de Dios la limpieza —ahora parece ser que eso se ha hecho de una manera bastante eficaz— crea ciertos problemas.
A mí me duele, por ejemplo, que cuando desaparece el Bazar del Médico lo que se edifica sea un Burger King. Te quedas como diciendo, hostia, esto ya no es mi barrio, no es mi mercado.

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