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El narco no se combate con funerales

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Metida de pata para la historia. Mueren dos guardia civiles mientras persiguen una narcolancha y a la candidata socialista a la Junta de Andalucía María Jesús Montero no se le ocurrió nada mejor que calificarlo de «accidente laboral». Es como cuando Rommel propuso un avance flexible sobre la retaguardia tras la derrota en El Alamein. Metáforas hay para todo, pero a veces sobran. Pero eso no fue lo peor, eso vino luego: la Santa Compaña salió en procesión para reclamar más medios para luchar contra el narco, una medida que, en eficacia, está a la altura de apuntarte a Tinder para encontrar a alguien medio normal.

Los hechos son los que son. En 2018 entró en funcionamiento el Plan Especial de Seguridad del Campo de Gibraltar, que ha permitido, desde entonces, realizar más de 47.800 operaciones en las que se han intervenido 2.200 toneladas de droga (hachís, sobre todo). Estos son los datos oficiales —los he sacado de Europa Press—. No parece que se pueda hablar de éxito: sale a unos 5 gramos por operación. Y más guarismos. En Huelva, el tráfico de drogas ha aumentado un 5,7%, cifra que asciende a 6,8% en Cádiz, aunque a nivel autonómico ha habido un ligero descenso (2,7%), mientras que el blanqueo de capitales se ha duplicado en los últimos dos años. No parece un gran éxito.

La ensalada de números no tiene más finalidad que la de engañar a la señora y al caballero. Lo importante es que, mientras más medios ponga el Estado para luchar contra el narco, más medios pondrá el narco para luchar contra el Estado. Punto. Por eso, desde que empezó la guerra contra las drogas en el siglo XIX, no consta que ningún gobierno —los que se suponen que son los buenos— haya ganado una sola partida. En España, el mayor éxito fue cuando los yonquis se dieron cuenta de que era más barato fumarse un chino que meterse un pico, y pasaron de atracar cajas de ahorros a vender kleenex en los semáforos. Ganamos en tranquilidad, eso sí, y los chavales dejaron de salir a la calle con miedo a que les robaran las Air Jordan.

Esto último es la clave. No lo de las Air Jordan, sino que las adicciones —que es lo que hace que las drogas sean un problema— son un problema sanitario y, más o menos, se puede torear. Así se hace con el alcoholismo, el tabaquismo o la ludopatía. Pero la prohibición del uso de drogas —que son muy malas— le añade una nueva dimensión, la jurídica y/o policial. Esto es la clave que ha hecho que las adicciones se conviertan en un negocio milmillonario. Y esto último es la única explicación de que se mantenga una aproximación al problema que solo contribuya a empeorarlo: porque hay mucho dinero en juego y los narcotraficantes, no seamos ingenuos, no son los únicos que mojan el churro. Estos, además, se arriesgan a acabar tiroteados o en la cárcel, y tienen serios problemas para conciliar la vida familiar y profesional. No es oro todo lo que reluce.

En la saga que está sacando Lucas Marco sobre la enésima trama de narcos en el Puerto de València hay una conversación la mar de simpática. Dos abnegados traficantes, como buenos autónomos, lamentan lo mal que está todo. Cada vez es más barato, «es para flipar», dijo uno refiriéndose a la cocaína. Si es más barato, recordemos, no es porque haya menos napias dispuestas a darse una alegría (entre 2003 y 2024 las cifras son bastante estables, según el Ministerio de Sanidad), sino porque cada vez hay más. Y eso que cada vez hay más medios para perseguirla, recordemos. Parece una contradicción, pero no lo es. Es la esencia del negocio.

En otra de las conversaciones de la banda, Josafat M., Kamal, presunto capo, dejaba meridianamente claro otra de las aristas de la lucha contra el narco: «tenemos un sistema mediante el cual controlamos a todas las unidades de vigilancia policial». Esto no significa que todos los policías estén en el ajo, sino que, con alguno en nómina, se controla a todos los demás. Otra de las razones, por cierto, por las que la lucha contra el narco está condenada al fracaso. Siempre habrá un uniformado que se va a vender como si fuera un periodista, pero en caro. Ya lo decía Karl Polanyi, cuando el beneficio es del 1.000%, el capital no le teme ni al patíbulo.

Tras la muerte de los dos agentes en Huelva, salieron en tromba los sindicatos policiales —parte del problema— para repetir el mantra del «más medios». En todos los países del mundo el gasto en luchar contra el narco ha ido creciendo y las leyes se han hecho más duras, pero la situación es cada vez peor. O mejor. Depende de si lo que se pretende es acabar con el narco o subvencionarlo, que ya es complicado saberlo.

Lo que es curioso, por usar un latiguillo más falso que un jurado sorprendido de Tu cara me suena, es que a ninguno de esos sindicatos de policías y guardias civiles que han salido en tromba, una vez más, a defender lo indefendible, se les ha ocurrido pedir medidas para luchar contra la corrupción en sus filas. Y no lo digo porque la mayoría sean corruptos, insisto, sino porque los corruptos son una minoría, pero con mucho poder. Por supuesto, tampoco piden que se invierta más en luchar en la prevención y tratamiento de las adicciones, planes de empleo para la zona, campañas de información… Esa parte de la solución no parece preocuparles en exceso. O maduran y dejan de creerse que Miami Vice era un documental, o van a seguir enterrando a más compañeros. Es triste, pero es así.