De repente, te encuentras a tu ex
Hasta para los más extremos resulta difícil reaccionar. Las cejas de Zapatero no dejan ver nada más, casi ni pensar en otra cosa. Todo mira a Madrid mientras la Comunitat Valenciana arde bajito. No con llamas épicas, sino con ese fuego lento que termina deformándolo todo. El incendio de las grandes marchas y paros en defensa de la educación pública o los ecos y conclusiones de las elecciones andaluzas parecen debates sectoriales al lado de la enmienda a la totalidad que supone la imputación del ex presidente. Más allá de lo que apunta el auto, de los casos de lawfare vividos en los últimos tiempos o de lo que acabe decidiendo la justicia, el asombro ante el hecho y sus circunstancias lo opaca casi todo. De repente, la actualidad valenciana desaparece debajo de una montaña de titulares nacionales. El PSPV queda afónico. Compromís pierde el equilibrio. Y el PPCV, que lleva meses encerrado en sus propias guerras internas subterráneas, encuentra una bombona de oxígeno inesperada con fecha de caducidad.
La política es estado de ánimo. Y el del socialismo valenciano era ya bastante delicado antes de que la Audiencia Nacional llamara a la puerta del expresidente. El caso Ábalos había dejado heridas abiertas y a algunos todavía no les había dado tiempo a recolocarse cuando ha llegado otro golpe desde un juzgado. El último gran referente moral y sentimental, señalado y convertido en munición política inmediata. En el PSPV casi todos son, de una forma u otra, hijos políticos de Zapatero. Unos por admiración sincera y otros porque en la política valenciana, durante años, presumir de cercanía con él era casi un requisito. El problema no es únicamente jurídico, es emocional. Cuando cae un símbolo, cae también parte de la seguridad de quienes construyeron su discurso alrededor de él. Y Diana Morant lo sabe. En estos primeros momentos de aturdimiento, hablar más de jueces que de la política, de lawfare o conectar a Zapatero con Mónica Oltra y Begoña Gómez denota miedo y dolor ante el golpe recibido. No hay reacción buena en un caso como este. Hasta el punto de que, con condena o sin ella, en el auto se leen comportamientos que incomodan a cualquiera que se acerque al socialismo. Es aquello que Joan Baldoví, en su intento por marcar distancias inmediatamente, ha descrito como “feo”. Tan doméstico como destructivo. Compromís sabe perfectamente que no puede permitirse abrazar sin matices la defensa socialista de Zapatero. Primero, porque lleva años construyendo el relato de la honestidad frente al bipartidismo clásico. Y segundo, porque bastante tiene ya con lo suyo.
La izquierda valenciana sigue en la cruel paradoja: un alto grado de descontento social susceptible de transformarse en votos progresistas que los partidos parecen incapaces de capitalizar. No suman pese a que las calles se llenan de camisetas verdes por la educación pública, crece el malestar juvenil por el precio de la vivienda y la precariedad se instala como paisaje generacional. Mientras la única figura que todavía conserva capacidad emocional de movilización a la izquierda del PSPV sigue siendo Mónica Oltra, en su partido están a diez minutos de hacer un gran acto sin ella. Están a un suspiro de diluir la ilusión en las peleas de siempre, entre las maniobras internas, las inseguridades y las pequeñas guerras de aparato que han ido erosionando precisamente aquello que hacía fuerte al espacio valencianista: la sensación de autenticidad. Las liturgias clásicas de partido y los cálculos orgánicos van camino de romper el futuro.
En este escenario, solo hay una persona que desde su tren no mira por la ventanilla. Tiene un billete que quizás sea a ninguna parte pero está decidido a hacer el viaje completo. Francisco Camps no para de gritar, aunque le sigan recordando que en su partido se ocupa butaca en el vagón del silencio. Con la tranquilidad que deberían aportar Zapatero y los triunfos reiterados en las autonómicas, en el PP se han sentado a mirar. Los populares valencianos asisten al espectáculo con una mezcla de alivio y desconcierto. No se atreven a dar la espalda a sus compañeros. Saben que el peor no es el que va de cara, son el resto. Lo gobiernan prácticamente todo y, aun así, transmiten inseguridad. Feijóo nunca ha confiado del todo en Juanfran Pérez Llorca. Y la sombra de Camps se ha convertido en un problema más serio de lo que imaginaban. La imagen del expresident preparando su regreso al principio parecía una extravagancia simpática, una sobremesa eterna de militantes nostálgicos. Ahora ya no. Camps tiene avales, estructura, actos llenos y un lema que resume perfectamente su estrategia: “Mayoría absoluta 2027”. Parece una mezcla entre un eslogan electoral y el título de un documental sobre una civilización perdida. Mientras tanto, otros dirigentes, como Catalá o Mompó, solo hablan en voz baja, ante el ghosting de Génova a Llorca, que pide refrendo congresual y efectivo y nadie le contesta en el chat. Ante eso, posponer el cónclave valenciano es una desautorización implícita sangrante y una oportunidad para que Camps deje la provisionalidad del hotel y se haga fuerte desde su sede.
Pérez Llorca gobierna como quien administra una comunidad de propietarios complicada. Camps habla como el que todavía cree que puede cambiar el rumbo de la historia valenciana. Y en tiempos de desafección, incluso la nostalgia puede parecer liderazgo, por extravagante que parezca. Se siente El Cid pero su caballo nunca llegará a un congreso mientras Feijóo lidere el PP, porque eso abriría el partido en canal. Otro expresidente que condiciona el día a día de su partido. Bipartidismo con problemas entre un bosque de ombligos. Mucho ex para tan poco futuro.